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Carson McCullers, la cazadora solitaria y el problema del amor

Con este artículo pretendo iniciar una serie de perfiles de autores, poetas y narradores, que me han influido de manera personal, o bien, que considero injustamente olvidados por el público. Para esta primera entrada, inicio con mi favorita: Carson McCullers.

Nacida en Columbus, Georgia, en 1917, Lula Carson Smith creció en el ambiente rural del sur profundo norteamericano, entre clases de piano y el calor húmedo de las calles. Sus recuerdos de infancia y juventud aparecen de forma recurrente en su literatura, en la cual retrata a un pueblo conservador, dividido racialmente y donde las personas que no encajan, los misfits, terminan aislados en el alcoholismo. Al volverse mayor, Carson buscó refugió en Nueva York, pero, si bien sus historias cortas suceden en el norte, todas sus novelas vuelven ese deep south del que tanto huyó.

McCullers construyó una literatura en torno a personajes que sufren de un mal común: la soledad. Pero la soledad siempre es distinta en cada individuo. Y, en última instancia, los caudales por los que fluye los arrojan a mares igual de solitarios, donde la comunicación, incluso entre marginados, resulta imposible.

En El corazón es un cazador solitario (1940), su primera novela y, quizás, su trabajo más conocido, McCullers nos presenta una historia coral, en la que los protagonistas deambulan por el mismo pueblo del deep south norteamericano, todos ellos marcados por alguna rareza personal que los lleva a vivir en la marginalidad, en el dolor. Todos ellos comparten, además, un único amigo: un sordomudo, irónicamente llamado Singer, quien aseguran, es la única persona que los entiende.

Las posteriores Reflejos en un ojo dorado (1941), Un miembro de la boda (1946) y La balada del café triste (1951), continúan la exploración del aislamiento espiritual que inició en El corazón es un cazador solitario. Triángulos amorosos donde ninguno de los involucrados corresponde al amor del otro, protagonistas que luchan contra su homosexualidad en ambientes hostiles o niñas solitarias que buscan pertenecer a algo, a un “nosotros”. Estas son las historias que McCullers configuró durante su vida. Un reflejo, quizás, de sus propias circunstancias: Carson mujer, Carson bisexual, Carson enferma crónica, Carson alcohólica.

En todas sus novelas la relación entre el individuo y la sociedad queda bien definida: significa rechazo o, en el mejor de los casos, indiferencia. Sin embargo, el amor juega un papel igual de importante y dañino. No es, según Carson, una fuerza redentora para el individuo. Por el contrario, el amor se presenta como una nueva fuente incomprensión y dolor.

En el mundo hay amantes y amados, propone McCullers, nunca se puede ser ambas cosas.
Una visión afilada, pesimista.

Castigada por distintas enfermedades desde su juventud (la mitad de su cuerpo estaba paralizada desde que tenía treinta y un años), McCullers murió de un derrame cerebral a los cincuenta, en 1967. A mitad de la década de lucha por los derechos civiles, la revolución sexual y el comienzo del feminismo. Una mañana de septiembre el reloj sin manecillas dejó de contar sus horas. A nosotros nos quedaron sus libros, sus fotos de anciana prematura con ojos de niña triste. Nos queda, además, un mundo que sigue siendo terriblemente similar al mundo en el que ella vivió.

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