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Dime cómo trabajas y te diré quién eres

Bien dicen que el poder más peligroso es el que manda pero no gobierna. Frente a la subordinación ajustamos todas las diferencias para confirmar al orate influyente, aprovechado o incompetente que ejerce un puesto, impuesto por otro igual de orangután.

¿Un trabajo define? Qué define. La mayoría de las veces lo clasificamos en el cómo, en función a la capacidad o talento pero también, por ineficiencia. Lamentablemente, el clima laboral en México, no es ciertamente positivo y esto se debe a tantas y tantas maniobras, arreglos, artimañas y claro, la competencia rapaz. Marcado por la agenda de intereses de un orden tan revuelto en el que el sistema se mueve a sus anchas.

Regular, igualar, motivar, son verbos que se achican ante la inoperancia de los que están al mando. Es muy desagradable comprobar que la meritocracia es un principio para hacer designaciones. Este espectro se extiende a muchos niveles, y a muchos sectores. Elegir bajo esa premisa es quizás el acto ─como decirlo─, sin escrúpulos, desprovisto de valores y falto de responsabilidad.

La risotada no tiene crianza en esos grupos cuando se cubren en la improvisación, el amiguismo, el nepotismo, o el padrinazgo. Es ahí donde se convierte en un emporio que derrama privilegios, porque el respaldo de tenerlo hace del respirar un suspiro.

Estamos tan acostumbrados a esa jauría, que aceptamos con normalidad todas sus disposiciones.

Fácilmente el sistema contamina y se llena de seguidores porque saben que a través del mérito y no de la capacidad conseguirán beneficios.

Los empleados, trabajadores, obreros, profesionales todos los que realizamos alguna actividad económica, estamos sujetos a esa permisiva.

Y de ahí entendemos porque se condicionan las vacantes, los sueldos y las contrataciones.

Responsable es el gremio público y privado, culpable es porque lo fomenta. Pero ante el menor conflicto son ellos quienes avientan las misivas con represalias a sus afiliados, para después seguir con las mismas prácticas.

No nos sorprende que algo triste ocurre, porque entre desigualdades salariales, jornadas exhaustivas, horarios inflexibles y prestaciones negociadas al secretismo, está el peligro de que cada vez encontramos a personas maltratadas, desmotivadas, frustradas, estresadas, o llenas de rabia en sus centros de trabajo. Ejerciendo sus funciones a distancia, desapegadas al compromiso y sin sentido.

El derecho al trabajo digno debe ser precisamente bajo condiciones favorables, en respeto a la integridad física y psicológica.

Cada vez son más las conductas violentas en el ámbito laboral ejercidas por un individuo o en grupo. La descalificación del desempeño, la discriminación, la asignación condicionada de tareas y la intimidación, son actos de injusticia que atentan contra los derechos fundamentales del ser humano. No hay justificación alguna para el abuso de autoridad, el maltrato y el acoso a los trabajadores.

Es preocupante cómo se confunde el poder con liderazgo y lo peor es cómo se ejerce.

La inteligencia, la equidad, la empatía y el respeto se quedan atrás para ocuparlo en desconocimiento, temor, frivolidad y burla.

No se puede razonar ni plantear acuerdos mientras haya intransigencia y la mayor estupidez es de los soberbios.

No es sencillo mantener buenos ambientes, no es fácil la disposición para generar equilibrio. Por supuesto que es una decisión personal pero es mejor en conjunto. Siempre que sean aplicados modelos equitativos donde transformen las necesidades en acciones para generar certeza, bienestar y aprendizaje.

El buen jefe está convencido de ello, tiene de su gente admiración, confianza y lealtad porque sabe que las personas son eso, personas.

Quien no lo cree así, búsquese máquinas.

 

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