investigación deuda, influencias y gastos sobre secretaría de inversión público productiva de Miguel RiquelmePortada Reportaje
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De niña fui cada domingo a la iglesia de mi colonia. Nací en el seno de una familia católica tradicional, con todos los valores morales y costumbres que implica: mi primera comunión fue un acontecimiento social, igual que mis XV años y mi boda, antes que un acto de reflexión espiritual.

Pero igual que en la escuela, mi escucha en la misa siempre fue atenta. Llegaba a casa a platicar sobre el sermón con mis papás, y duraba días dando vuelta a las lecciones aprendidas. Desde entonces, me formé en el cuestionamiento y no en los dogmas. A mi paso por la universidad, tomé una materia particularmente reveladora: Jesús de Nazareth, contexto histórico y social. La clase era impartida por un médico de profesión, estudioso de la biblia y la vida de Jesucristo en particular.

Aún el día de hoy me pregunto si Dios existe, rezo cuando siento que las fuerzas abandonan mi cuerpo, y siento un profundo respeto por quienes profesan cualquier creencia o religión, y por quienes se dicen ateos. En mi vida cotidiana, sin embargo, no profeso la religión que me enseñaron mis padres.

No comparto con la Iglesia (la institución, los edificios y sus líderes) la mayoría de sus posiciones humanas y sociales, ni históricas ni actualmente. Principalmente porque, desde mi criterio, no están fincadas en la vida, obra y enseñanzas de su Cristo. ¿Quién podría afirmar, por ejemplo, que la Inquisición haya sido Santa? Reconozco también las excepciones que he conocido en el camino: comunidades eclesiales que trabajan hombro con hombro con los más oprimidos (no para adoctrinarles, sino para acompañar sus procesos humanos); sacerdotes y religiosas con vocación y experiencia de años en un verdadero servicio.

Desde hace algunos años, sin embargo, he dejado de darle importancia a la pregunta de si Dios existe. En el centro de mi vida, de mis proyectos, decisiones, relaciones y opiniones, he decidido invitar a Jesús el hombre, el personaje de ficción para algunos, pero mi referente personal de ética y humanismo. Las causas de las que he formado parte, en acción o pensamientos, me atraparon porque en el fondo podía encontrar el discurso y la vocación de mi superhéroe favorito. No me imagino, por ello mismo, formando parte de una manifestación contra los migrantes, contra las mujeres, contra los homosexuales, contra los desprotegidos. Tampoco entiendo el silogismo que enarbolan cientos de cristianos en el mundo, al formar parte del odio que convoca a esas marchas.

Cuando estoy a punto de posicionarme frente a un tema nuevo, distinto, pongo en el centro de mi pensamiento el amor, la compasión y el servicio. ¿Mi opinión o acción están motivadas por amor? ¿Qué prejuicios operan en mí u otros que evitan una mirada compasiva? ¿De qué forma puedo ofrecer mi servicio? Y en cada fragmento nuevo que aprendo sobre la historia de la humanidad como la conocemos, si hago ese mismo ejercicio, lamento que las motivaciones de quienes que han afectado a millones de seres humanos sean tan lejanas a estos principios.

Ahora bien, que escribo este texto en un tono de invitación y no de evangelio, para que quienes lean mis palabras evalúen qué principios aceitan sus criterios. Pero ante momentos de crisis humanitarias (como las cientos que vivimos en estos tiempos) tal vez sea como lo ha dicho ayer una maestra de vida, compañera y hermana: ¿de qué sirven en este momento los cuestionamientos? La realidad demanda acciones, no más foros ni conferencias ni libros ni debates ni discernimiento. Que se sumen al servicio quienes sientan un llamado, y que los esfuerzos se concentren en ayudar a otros seres humanos. Ya no es momento para responder en redes sociales a la miseria de pensamiento, ni siquiera para denunciar a los corruptos y perversos. Que los mensajes de odio no ocupen ni un minuto de nuestro tiempo.

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