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El gran triunfo del sistema

Entre los memes, las imágenes, los chistes y las frases alentadoras que circulan en redes, me topé hace poco con una parábola de la clase media. El texto usaba a la figura de un rey, agobiado por conseguir más ingresos, y su asesor inexperto que le aconsejaba pedirles más dinero a sus amigos, los burgueses. El rey, igual que el reyecito de León Tolstoi, ya no completaba para los fastuosos bailes y sus demás excentricidades. Pero no podía aumentar la carga fiscal a sus amigos, porque él sabía bien que la burguesía ostentaba el verdadero poder de su reino: el económico. Si hacía algo para molestarlos, podrían derrocarlo y sustituirlo por otro, más a modo.

El consejero del cuento preguntaba al rey si entonces debería aumentar los impuestos a los más pobres trabajadores del reino. Su majestad le propina también una lección sobre el valor de la pobreza para la corona que él representa, diciéndole que no deben presionar de más a esa clase de personas, pues cuando se den cuenta de que son mayoría, y de que es su trabajo el que sostiene los lujos y las riquezas de la burguesía y la realeza, se podrían desatar revueltas sangrientas.

Para no hacer larga la historia, llegaban el rey y su consejero a la conclusión de que había que subir las contribuciones de la clase media. Aquellos que no son ricos ni pobres, pero que sueñan con llegar a ser lo primero y viven aterrados con que los alcance la pobreza.

La clase media tiene, hasta nuestros tiempos, sueños de grandeza. Ha crecido creyendo en el discurso de la superación: de la posibilidad que el sistema económico supuestamente ofrece, de alcanzar sus metas con la preparación suficiente, un esfuerzo sobrehumano, y un poco de suerte.

También representa, para todos los países del mundo, la base tributaria más significativa para mantener la operación del Estado, que en algunas naciones funciona de manera más o menos decente, y en otras, como ese reino lejano, de la manera más descarada se postra en palacios de abundancia y político desenfado.

Al clasemediero mexicano, por ejemplo, le importan poco las estadísticas sobre desempleo, desigualdad de ingreso, poquísima o nula movilidad social, etc. Consume, en mayor medida, libros sobre grandes hazañas de éxito e historias de superación personal. Le han convencido, y él se ha apropiado del mantra, de que todo lo puede lograr con la suficiente dosis de empeño.

También vive convencido de que la pobreza es un problema, por lo tanto, de actitud y malos hábitos, y no de estructuras o sistemas. Por esto, no abraza las causas obreras, campesinas o indígenas, pues siente que no lo representan. Está dispuesto a trabajar mil horas extras, sin pago adicional. Se ha aprendido cualquier cantidad de técnicas y leyes para atraer la abundancia, para mejorar en el amor, para poner al Universo a trabajar a su favor.

¡Este es el gran triunfo del Sistema! A la clase media se le ha enseñado (y se la ha creído) que quejarse se ve feo. Que exigir es de nacos. Que protestar es de pobres y desobligados. Los únicos desahogos socialmente aprobados para la clase media son la oración en las iglesias y las bebidas con alcohol.

Antes vivir endeudados, trabajar sin descanso para pagar a veinte años la ropita o el carro, que asumir que pertenecen a grupos vulnerados. ¿Feminismo? ¿Anticapitalismo? ¡Qué va! Los triunfadores no cejan en su intento por apartarse de los grupos “resentidos”, pues el poder de la mente y la fortaleza del espíritu están más allá de las tasas de víctimas o desempleados.

Afortunadamente para el rey de la historia que contaba, sólo debía lidiar con tres clases sociales y tres problemas económicos, o tributarios. Hoy la realidad es distinta, pues las líneas que dividen a las nuevas configuraciones de la escala social son cada vez más delgadas. La delgadez raya en el uso de un lenguaje adaptado por teóricos para evitar contar la realidad a los nuevos pobres: en las siete clases sociales del Siglo XXI descritas por Mike Savage, por ejemplo, no hay pobres, sino precarios; tampoco media baja, sino trabajadores emergentes.

Para cada grupo nuevo, se diseña un nuevo discurso, y se segmenta un nuevo mercado.

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