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La nota roja

El pueblo mexicano -dijo Carlos Pellicer- tiene 2 obsesiones: El gusto por la muerte y el amor por las flores”.

 

Escribo entonces: “Cada día, antes de que venga la euforia, espero quieta los pocos largos minutos de gloria. Pero está ahí, como de costumbre ̶ activada y activa ̶ .Para decirme una vez más, que es hora de levantarme. Esa alarma me alarma, me advierte del sobresalto y del revés de lo inesperado. Me da un segundo aviso, me resisto, pero debo estar. Caminar en la calle, manejar un coche, tomar un taxi o viajar en autobús. Repasar la silueta de una ciudad con todo y cada uno de los rostros anónimos que somos. Entre la línea extraordinaria de un cielo radiante o de una noche brillante, está la hostilidad apresurada, la cacofonía de un tráfico o la inquietud de unas sigilosas carreteras. La abrumadora sensación de riesgo de terminar en un caos. De ese temor a las conductas, de ese peligro de las respuestas.

Acabamos llegando. Llegando a donde nos esperan.

Cuando no llegamos, tal vez, me digo… la posibilidad está… tan real, tan incierta”.

Los puntos oscuros que salpican la sangre, ya no son noticia que valga la pena atender. La llamada mueve morbos, la nota roja le basta ahora la compasión para sentirse útil. La fuente informativa policiaca está en peligro de morir de autocensura, desteñida y debilitada. Lo cree el reportero, el redactor entiende que no consigue la libertad de escribir o publicar cierta información. Una expresión puede ser el remitente de ataques y difamaciones. Los muertos son muchos. Cubrir la fuente determina un trámite de hechos y no de hallazgos. Es mejor decir, que advertir situaciones mucho más fuertes. Lo son, los enfrentamientos entre diversos grupos armados, cadáveres cercenados, ejecutados y balaceras.

Este es el precio que pagamos por el culto a las organizaciones.

Y si lo llevo a contexto, criminal y asesino, como muertos y difuntos juzga a lo mismo. No lo es. En términos de muerte o de violencia, nada es lo que parece. Ni los motivos, ni los caídos.

Tan frágil es la nota roja, como frágil es el trabajo de los periodistas o reporteros. Cada una de las agresiones que se cometen en contra de ellos, los ha llevado a cuestionarse, y hacer de su oficio una labor más que imposible.

Atrás, muy atrás, lejos, quedó mirar de reojo una portada grotesca a todo color. Titulares que jugaban de humor negro con la imagen llena de saña y crueldad. Tabloides de tirajes sorprendentes para un consumo emocional casi de autoconciencia, casi de reconocimiento cultural.

Hoy son memoria: “Alarma”, “Basta”, “Metro” y tantos otros que les venía de agua la censura y las reprendas de la SEGOB.

Atrás, muy atrás, lejos, quedaron los bandidos vestidos de capos. Leyendas jaladas del fuelle del acordeón en las comparsas de los corridos. Conmocionarse de los terribles sucesos y de todas las ficciones que heredaron: Alias la “mataviejitas”, el “mochaorejas”, el “poeta caníbal” y el fenómeno del “chupacabras”. Todo aquello se ve en la actualidad, como una pistola de juguete.

La prensa, amarillista o no de la nota roja palidece, hoy por hoy debe ser un poco culta, no sensacional para saberse dirigir. Ya no se dice crimen pasional, ahora es feminicidio. Adjetivos de uso popular, son condenados al escrutinio de las recomendaciones universales. Homofobia, discriminación, prostitución y demás, son parte de los temas de revisión del glosario. Digo, ¡para sabernos educar!

Yo, en cambio, sólo traduzco. Porque ola de violencia, es algo así como un verso mortal. Alerta de género, es abuso de poder y orfandad. Mecanismos de protección, es no ponerse de acuerdo. Combate al crimen organizado por mandos policiacos, es corrupción y dinero a manos llenas. Ejército Nacional para salvaguardar la paz nacional, es derrota.

El dolor que es inaudito, se machaca entre palabra y palabra. De tanto que acontece, resulta inevitable no escribir. Cuanto más adentro nos sumergimos, más encontramos. Así, tan entero, sin cortapisas, el crudo de la sinfonía que toca uno por uno los actos de violencia. Del total de las migajas de pistas regadas por todos lados.

De usted nota roja, le debemos cosas buenas. Sentir que no somos ajenos, que de locos algo tenemos y del espíritu humano muy poco sabemos. Le rinden homenaje grandes autores. Y de ellos, muchos lectores.

Dijera Juan Rulfo: “Si llegamos hasta aquí, fue gracias a Revueltas”. José Revueltas.

 

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