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Colaboraciones

Los receptores de la inmediatez

En titulares fue la noticia de la tragedia del sismo, volcada en ironía como un juego perverso de coincidencias fue acumulando en su profundidad el drama humano; inaudito, espantoso.

Va tan sólo una semana y continúa  generando reacciones. La ocasión mediática y oportuna de la televisión permanece en vivo y en directo, transmitiendo y retransmitiendo.

Todavía—hay mucho qué decir—.

—Poco a poco se va caminando—,  lo sabemos porque todos lo dicen. Los medios electrónicos lo difunden, lo promueven.

El comunicador, entre tanto sigue buscando  —busca la nota—. Ofrece, recrea las imágenes, las historias, las palabras agudas y sordas; los gritos, los ruidos, los ladridos. Va por la calle toreando las figuras de asfalto. Va también, negociando en todo, con todos, correteando al que viene y el que no llega, el que pide precio y no autoría. Al que dice sí y resulta nada, al que dice no y guarda todo, el que no se deja y el que deja todo. El que dice mucho y el que nada dice.

A ese comunicador lo llamamos mercenario de las ruinas. El que hace de su oficio un método de supervivencia. Ajeno a ti y a mí, interesado en ti y en mí a través de eso, de lo que queda, de lo que hubo, del saldo que resta y también de la versión oficial.

Creemos, —le creemos—. Pero buscamos al otro, —cual otro— cuál de pocos.

No existe, —existe— tal vez en la pluma de un blog, del ciudadano común; un observador anónimo que estuvo cuando pudo a través de los dispositivos convertir un testimonio en un reto armado de un tweet de las aplicaciones como un arsenal. Confundido, impactado, asustado, compartiendo en la red una y otra vez todo lo que para sus ojos soportaban.

Fuimos nosotros también de pronto sorprendidos, cumplimos perfectamente con ser los receptores de la inmediatez. Fascinados por la inmensidad morbosa de la catástrofe, como si fuera una locación, un set cinematográfico. Nosotros, ocultos tras un monitor o un artefacto estuvimos devorando sin procesar una información que poco a poco y en extremo fue avasallando la realidad.

Lo sabemos muy bien —esto no se acaba, ni siquiera hasta que se acaba — a partir de la cimbrada de los suelos las noticias van a seguir crujiendo, los medios de comunicación no dejarán de hablar.

Pasarán ahora por todo lo ya se hizo y más no se puede hacer, de los que ya hicieron mucho y dejarán de hacerlo.

Quedarán los actos de las personas comunes que mostraron la solidaridad en su punto más alto, en ese punto álgido de sus sentimientos para conectar con los nuestros, para hacernos imaginar el anhelo más íntimo, de la espera lenta, que se muestra con fe a que todo regrese a la normalidad. A esa normalidad que trasciende en la rutina de la cual a veces renegamos.

Seguirán los empujes, los nudos, las transiciones que se inventan, que aparentan, que son necesarias para activar los planes emergentes, los fideicomisos amedrentados por todas y cada una de las reacciones de muchos, menos de los que perdieron todo.

También se harán más evidentes las fisuras políticas, o bien las alianzas partidarias, inmersos entre los dimes y diretes de la presión del 2018.

Para ser del momento —mejor, imposible — .

La cobertura arrastrarán violentamente las muchas y más variadas opiniones.  Oficialistas declaraciones que circularan como átomos absorbiendo las malas decisiones, las malas construcciones, evaluando los daños, presentando los costos, destinando los presupuestos. Acomodarlos, ajustarlos al cinturón que lleva el fondo de desastre o de los donativos que van con todo foto. — Repartir, repartirlo bien—.

Serán los trámites, los permisos —hoy revisados, hoy imprescindibles— entre las tantas firmas, hoy cobrando actualidad, hoy cobrando las pretensiones de fincar —responsabilidades— de todo aquel que hizo del fraude un sistema de vida.

Entonces el debate se hará público, las redes sociales serán los enormes vigilantes, conversaremos en los cafés; oficinas, escuelas, mercados, entre  los paseos y pasillos.

Los voceros institucionales convocarán a ruedas de prensa dirán que se está trabajando, vendrán otros, —solos o en grupo— a transparentar las declaraciones y ponerlas en entredicho.

Llegarán con prontitud las evidencias para confrontarse, para confundirnos, para poner en tela de juicio las versiones. Entre documentos, fotografías, videos, encabezados en “negrita” afirmando o desmintiendo.

Vendrán los intentos, nuevos proyectos técnicos. Desde la evaluación de los subsuelos hasta la planeación urbana.  Se crearán comités de vigilancia, haciendo recomendaciones de promesa a corto plazo en una mayor capacitación a los técnicos, más revisión a los contratos y concesiones, mejor supervisión de los inmuebles que están en riesgo para activar los protocolos de seguridad.

Y después bueno… después de todo esto, tal vez diremos que no fue suficiente.

Así entre la reconstrucción de las ciudades, del levantamiento de los escombros, de cada uno o de todos los edificios, viviendas y caminos. Debajo, muy abajo estarán en espera los damnificados —las principales víctimas— las familias seguirán esperando a que les regrese primero la mente, la certidumbre y la voluntad.

Aún conmocionados, agotados, dormirán con el sueño triste de saber que fueron en un principio —de un brevísimo tiempo— los protagonistas de la actualidad informativa. Lamentablemente pasaran a formarse a la fila de los olvidados. Siendo parte de los muchos que habitan y de las muchas situaciones que han quedado como referencia de injusticias.

Al paso de los años —ahora ellos— irán en busca de los medios de comunicación. Acudirán una y otra vez para ser escuchados, algunos decepcionados formaran algún frente común o bien adherirse a una asociación civil. Esporádicas y con baja audiencia harán movilizaciones para señalar furiosamente que no hubo seguimiento.

El rescate de los desaparecidos y su registro cambiaron constantemente y no les fueron informados. Mucho menos entregadas sus pertenencias, ni siquiera su identidad.

La ayuda internacional y nacional, las muchas despensas y víveres no les llegaron a tiempo. Que fueron abortados por la burocracia, que están tremendamente endeudados y exhaustos de cumplir varias chambas.

Habrán de señalar las deficiencias del sistema y justificarán detalladamente los atajos de sobrevivir para dejar las convicciones tiradas en las calles.

—Porque de ellos ya nadie se acuerda—.

Pero si, en cada año, cada 19 de septiembre habremos de prender una vela. Vendrán ahora sí, las cámaras y micrófonos, las entrevistas, los enojos, las estadísticas.

Conmemoraremos a las víctimas, enalteciendo los esfuerzos y la unidad del pueblo y la respuesta de las autoridades. Lo veremos nuevamente en vivo y en directo.

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