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Murmullos de una mujer incompetente

Dar un repaso a las características tan particulares que nos definen no necesariamente debe ser un tema de género, mucho menos de una idea concisa. En realidad, la línea que divide todos los planteamientos sobre la mujer es tan difusa como inquietante.

Quizás la histeria femenina es uno de esos clichés que masticamos como idea cierta de nosotras. Quizás en ocasiones, bajo la lupa doméstica, se comprendería mejor.

Hay chistes que se quedan en el humor colectivo y sirven para reírnos sin piedad de nosotras mismas.

Como aquella señora que se quejaba de los pleitos constantes con su pareja. Entonces busca ayuda para remediar la situación. El profesional le recomienda:

─Tenga a la mano una bolsita de dulces o chocolates. Cada vez que haya una discusión, coma uno.

En la siguiente cita, maravillada le dice:

─ ¡Wow! dio resultado lo que me dijo. Pero dígame cuál es el secreto.

─Simple, mantiene la boca ocupada.

Qué malos. Así como chistes hay ensayos que identifican el comportamiento de las mujeres cuando omiten hablar. Hubo uno en especial que llamó mi atención. No recuerdo los datos específicos pero consistía en analizar a una cantidad de parejas con una relación afectiva y el tiempo que podían permanecer sentadas y en silencio viendo televisión.

Los resultados fueron que en un lapso menor de diez minutos las mujeres eran las que iniciaban la conversación con su pareja y la mayoría la enfocaban en ordenar los deberes domésticos, en cuestionar los afectos familiares, la planeación de los gastos, las decisiones sobre el futuro, hasta cómo bajar de peso.

El experimento puntualizaba que las mujeres continuamente se mantienen alertas, ocupadas en pensamientos o acciones que están sin concretar. Y de una necesidad de atención por los seres cercanos o importantes para ellas.

Hay algo más en todo esto, es cierto que mantener la boca cerrada no es precisamente nuestro mayor mérito. A eso le agregamos la furia que no siempre se traduce en un enojo explícito sino en la manera de mirar al mundo a través de nuestras interrogantes y dudas.

De una percepción tan fragmentada imposible de comprender a simple vista. El deber ajustado a las libertades con el deber ser ajustado a las contradicciones. Con esta ambivalencia es fácil perder la cordura.

Como responder preguntas cuando se asume el disgusto como algo negativo.

Sepan que la mujer insatisfecha que se no se calla o que se calla mucho tiene poco que ver con las hormonas y sí en la propia identidad.

A través de los tiempos la imagen de la mujer ha tomando varios caminos; pasando por la locura, la indiferencia y el menosprecio.

En la mitología eran representadas como figuras que expresaban el dolor, la vanidad y la ira. Seres enardecidas como la furiosa Hera, celosa y despiadada. Medea, la hechicera enloquecida. Medusa, vanidosa e insaciable, castigada con cabellos de serpientes gracias a la sabiduría o tal vez por la envidia de Atenea.

Leyendas tan tortuosas, crueles incluso compasivas. Llenas de simbología que todavía nos desconciertan. Porque la cólera expone a la mujer nociva e irascible terriblemente frágil alejada de la consciencia.

Durante el siglo XX, sobresale con destellos de fuerza y valor la mujer de la postguerra. Ícono impensable en las décadas anteriores, la mujer trabajadora fue una nueva interpretación de lo que hasta entonces habían sido los parámetros “aceptables” sobre lo femenino. La mirada de la igualdad parecía asomarse.

Sin embargo duró poco, la reacción cultural fue inmediata: los años cincuenta insistieron en recuperar ese rol primario de la mujer, en construir una imagen a la medida de las tradicionales aspiraciones y tópicos sobre la feminidad.

No obstante, la década de los sesenta y nuevos conflictos bélicos modificaron los patrones de conducta, brindaron a la mujer la oportunidad de ser escuchada.

El siglo XXI trajo consigo responsabilidades en la lucha por sus reivindicaciones. Para enfrentarse a la vieja imagen sobre quién podía ser y lo que podía aspirar.

En el mercado laboral competitivo, las mujeres como hace décadas siguen siendo observadas y más aún si se mueven entre el mundo de los hombres. De cierto modo ahora la mujer se considera muy madura para los arrebatos. La libertad económica ha establecido un nuevo estereotipo. El control de las emociones, la racionalización de los impulsos es aceptado, se ve bien, va bien en la igualdad de género. El dominio de sí misma es la garantía para una negociación exitosa. La cólera sigue produciendo desconfianza, aquella mujer que se disgusta es vulnerable, caprichosa, impredecible, poco confiable.

Hay un punto de quiebre, una distorsión cuando ellas muestran sus deseos más arraigados, semejantes a las diosas del Olimpo.

Algo tan ambiguo que es motivo de preocupación. Como una especie de defecto. Parece haber una grieta entre lo que se concibe como necesario y evidente en la mujer y algo más.

Quizás es uno de esos misterios imposibles de cuantificar. Tal vez es una reafirmación de sí misma y su constante histórica, de un tipo de mujer que se quiere dejar atrás para una evidente transformación en una figura cultural mucho más fuerte.

Al menos eso parece sugerir esa insistencia de todos. Algo que todavía no se acaba de entender.

 

Foto de portada de agustinart.com

 

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