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Colaboraciones

Nos morimos tanto

“Lo que mata no es la muerte, sino la mala suerte”, por eso mejor decidimos morirnos todos los días. Nos hemos de morir de susto, de hambre, de amor,  de dolor, de risa, de sueño, de calor, de coraje y de vergüenza.

Al fin que para morir nacimos y aunque nadie quiere cargar al muerto no queda de otra cuando medimos las posibilidades que tenemos de autosuficiencia económica.

Basta que llegue el atore de dificultades para que el miedo no ande en burro. Entonces buscamos soluciones de tapa un pozo para destapar otro, y así nos la vamos llevando. Sin querer nos hicimos resilientes; es decir, agüantadores, para convencernos que somos inmunes a toda ¨idea genial¨ llamada hoy por hoy iniciativa o reforma. Que lejos de mejorar la calidad vida nos la complica.

En un país como México, de más de 120 millones de habitantes, la lógica socioeconómica marca la diferencia y se define actualmente como una «sociedad compleja, donde la riqueza determina quién eres» y donde «las posesiones se suman en un indicador de valor sustancial», crea la definitiva de, “si no tienes dónde caerte muerto” alimentar o retar la frustración de cada quién, que debe como pueda generar ingresos para vivir y si no,   —pues, se lo carga el payaso —.

Redefinamos en el siguiente texto como base de ejemplo reiterativo.

En un estudio sociológico realizado por la Secretaria de Economía (FUENTE PERIÓDICO REFORMA,  AÑO 2015),  muestra que existen seis clases sociales en México:

1.-  La clase «baja baja» constituida por los siguientes sectores de la población:

Los trabajadores temporales.

Los inmigrantes.

Los comerciantes informales.

Los desempleados.

La gente que vive de la asistencia social.

Representa el 35% de la población.

2.- Una segunda clase social es denominada «baja alta», es «la fuerza física de la sociedad», ya que realiza los trabajos más pesados y un sueldo mínimo a cambio. (Este sector lo ocupa el por 25% de la población).

3.- La tercera clase social, según el gobierno federal, sus ingresos «no son muy sustanciosos», pero «son estables». Y es definida como «media baja», ocupa el 20% de la población (22.4 millones de ciudadanos), integrada por:

Los oficinistas.

Los técnicos.

Los supervisores.

Los artesanos calificados.

4.- La cuarta clase social es «media alta», en la cual entra 14% de la población (15.7 millones de ciudadanos) la Secretaría de Economía incluye aquí a «la mayoría de los hombres de negocios», así como a los «profesionales», aunque únicamente a aquellos «que la ejercen con éxito».

5.- La quinta clase social reconocida por las autoridades mexicanas es la clase «alta baja», en la que encaja 5% de los habitantes del país, es decir, 5.6 millones de personas. Este estrato social está compuesto por «familias que son ricas de pocas generaciones atrás», pero cuyos «ingresos económicos son cuantiosos y muy estables».

6.- Por último, la sexta clase social  es la «alta alta», la cual se ubica en la punta de la pirámide económica, la componen las «antiguas familias ricas, que durante varias generaciones han sido prominentes». (Está integrada por 1% de la población).

 La conclusión más inmediata que viene al hablar de clases sociales, según la “pirámide de la desigualdad” es la referencia primero de saberse clasificado (y por obvios motivos sólo hay de dos para escoger), después calcular los alcances que se tiene para así lograr una sociedad más funcional y equilibrada. Sería tratar de empujar a los de abajo hacia arriba, para una mayor igualdad de crecimiento. Entonces les tocaría a los de abajo aprovechar al máximo las oportunidades que se generen para ellos, y una vez que avancen, hacer lo mismo por otros, como si  fuera un acto de reciclaje.

Así nos gustaría, ejercer de la vida productiva lo que queremos, en una óptima sinergia, todo ello en un deseo de justicia social… (No de a gratis le llaman la lucha de clases).

Pero, esto es, parte de la dimensión desconocida, del roce de hombros entre unos y otros, de la practicidad a simple vista que se manifiesta en levantarse y salir a trabajar. O si estás desempleado, ir en su búsqueda para encontrar la fuente de empleo que tanto ofertan en las páginas de  reclutamiento de personal, en la red o los clasificados a blanco y negro de los periódicos. Para confiar que esta vez, ahora sí será el bueno.

Olvidamos que, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, es Coahuila, en 2017, la entidad con la 3ª Tasa de Desocupación más alta de país.

“Ya ni llorar es bueno”, aquí me detengo, ¿para qué entonces estudiar?,  ¿para qué el esfuerzo? ¡Por qué fregados no nacimos en Suecia o en Finlandia!

Creer en serio que “merecer es la panacea de la abundancia”,  sería mejor merecer por cuestión de disciplina, de constancia, de talentos, de justicia, pero es tal vez de vanidad, de juegos maquinados, de influencias, o de buenos “business”.

Cavamos la tumba cuando el fin justifica nuestro andar y de esto se da a manos llenas.

Cómo permitirse avanzar sostenidamente si las condiciones te limitan a rangos, si como alternativa de ocupación es mejor vender hacer u ofrecer un servicio.

Importa tal vez que jóvenes recién egresados de universidades prefieran emigrar a otras entidades o bien, si tienen la posibilidad, hasta fuera del país.

En el año 2013 la percepción generalizada de los habitantes de Torreón era de irse por motivos de inseguridad. Ahora, la inseguridad no es tanto menoscabo como lo es el desempleo. Y es que, aparte de las oportunidades laborales que ya por sí mismas son escasas, una vez que ya tienes chamba, resulta que las condiciones no son las mejores.  Viene a bien decir que: “Lo que no mata te hace más fuerte” y tan fuerte somos que ya no la creímos y bajo este argumento, nuestro sistema de pensiones, las garantías de seguridad social y laboral, han sido duramente golpeadas.

Nos vamos consolidando en la pujante sociedad del salario mínimo. Donde cada vez acude el grosor expresado en términos nominales del PIB (Producto Interno Bruto), que suele emplearse a la hora de calcular ingresos per cápita. Que nada de esto realmente importa, y lo único que suena, es él bruto que vamos haciendo cada vez que suben los precios de los bienes y servicios. En otras palabras, producimos tanto, para un reparto de riquezas inexistente.

El PIB real, es el que debe mostrar los aspectos que inciden en el nivel de desarrollo. En ese sentido, a menudo se dice que esta magnitud no expresa bien la realidad en situaciones de desigualdad o descontento social, especialmente en situaciones en las que la economía de un país crece pero esta mejora macroeconómica no siempre se refleja en la calidad de vida del ciudadano ni en su poder adquisitivo.

Y bien, después de esto, —un breve ensayo del desánimo— al final de cuentas imaginamos ser inmortales. Y si no, basta decir que “hierba mala nunca muere”.

 

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