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#SeráLey

El debate que se llevó a cabo en el senado argentino este ocho de agosto ocupó un lugar preponderante en otras partes del mundo al mismo tiempo.

Mujeres argentinas de todas las edades y condiciones sociales se apropiaron de las calles, los espacios en medios de comunicación y redes sociales, y encontraron sororidad en otras tantas latitudes y contextos. En aquel país las mujeres tienen su historia de lucha, desde el inicio de los encuentros de mujeres que inició en 1988, y este 2018 su organización llegó al congreso para colocar un tema fundamental de la agenda feminista: la legalización del aborto.

También se organizaron opositores a este movimiento. Los grupos religiosos jugaron un papel determinante en el debate, y la moral cristiana fue retomada en más de una ocasión por senadores en contra durante sus intervenciones. La despenalización o legalización del aborto es un tema que toca las fibras más sensibles de la sociedad en países como los nuestros, donde la laicidad del estado se pone en entredicho cuando vemos a burócratas, legisladores y presidentes gobernando con la mano sobre la biblia, y no sobre la Constitución.

En la discusión de la cámara baja argentina, la diputada Gabriela Cerruti pronunció un discurso que, como otros, quedará en la memoria de toda una generación de mujeres que luchamos no sólo por la legalización del aborto, sino por gobiernos más justos e incluyentes. Destaco el fragmento que me conmovió, y que va más allá de posturas privadas sobre la decisión individual de las mujeres que deciden abortar, y se centra en la representación democrática a la que funcionarios y funcionarias se comprometen:

“A mí no me votaron por mis convicciones personales (…) A mí me votaron para representar un momento histórico. Yo no tengo íntimas convicciones cuando estoy acá adentro. Mis convicciones son políticas, son públicas. Como legisladores, la única obligación que tenemos es la de ser capaces de representar el sujeto que mejor exprese el mayor punto de conciencia colectiva de la comunidad en un momento. Y ese mayor punto de conciencia colectiva de la comunidad argentina hoy, ese sujeto está allá afuera, en la calle, tiene un pañuelo verde, es feminista y es joven. No nos quedemos afuera de ese momento.”

Las argentinas llevaron la discusión al terreno de la salud pública, que es lo que compete al estado, y no a la moral, que corresponde al ámbito de lo privado. Legalizar, tenemos claro, no significa promover o alentar, sino permitir condiciones para que quienes ya han decidido ese camino puedan transitarlo sin el riesgo inminente que supone la clandestinidad. En éste como en otros temas, “la clandestinidad tiene la marca del dinero y el sello de la desigualdad”. Quienes tienen el poder de comprar bienes y servicios de calidad (legales o no), corren exponencialmente menos riesgos que quienes no.

Valdría la pena también revisar el mapa sobre leyes de aborto en el mundo. Coinciden, casi totalmente, con los mapas de pobreza, desigualdad y corrupción que han diseñado organismos internacionales. En el mapa se clasifican con color verde a los países que cuentan con legislación del aborto “sin restricciones” y corresponde mayormente a países del hemisferio norte -los más “desarrollados” y con base en los cuales construimos nuestros modelos aspiracionales- para luego encontrar amarillos y rojos del lado de los centro y suramericanos, africanos, países de Asia con gobiernos religiosos fundamentalistas, y claro, el Vaticano.

Infografía; El Universal

Mientras esta ola verde llega a México de la mano de colectivos feministas, y probablemente el nuevo gobierno federal, sería importante apoyar la construcción de espacios para dialogar y debatir sobre este tema en todas las esferas públicas y privadas de la sociedad.

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