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Torreón vestido de seda, Torreón se queda

Empezó con un “por sus merititos calzones, aceleraron la destrucción; sin diálogo” por parte de Jorge Torres Bernal, agente de marketing político, quien ha tenido participación en distintas protestas de la región con cierta influencia, en una transmisión en vivo de Facebook. Ese día, el 9 de marzo de 2017, fue el día de la emoción. Me desperté. Quise formar parte de. Y lo hice. Sentía que el gobierno hacía algo totalmente imponente ante una sociedad que no tenía voz. Que nos quitaban parte elemental de la región: el famoso “Torreón” o “Torreoncito”,  lo estaban removiendo.

El proyecto del Metrobús Laguna se había dado a conocer desde mayo del 2016, con todo y que una de las estaciones principales sería la terminal Nazas, ubicada en la plaza cívica del Torreoncito. Pero no se había comentado nada sobre quitar el monumento.

Por eso, ese día manifesté mi inconformidad ante el atroz acto de la autoridad. Si de por sí Torreón (y la Comarca Lagunera) es joven y tiene pocos íconos (aunque muy bien identificados, diría yo), no podía ser posible que el gentil, aunque descuidado, mayordomo que nos recibe al venir del estado de Durango fuese removido, porque, a pesar de que tenía una noción de que sería trasladado a otra parte, la iconicidad de tal monumento se iba a perder, ya que el lugar también es importante del ícono, no solo la torre.

Además, escuchaba comentarios de los expertos sobre lo que se perdía. Mencionaban que los pilares no se estaban removiendo en su totalidad, sino que estaban siendo cortados, por lo cual su valor ya no sería el mismo. Eso hizo que me molestara aún más.

Después, leía la contestación de Carlos Castañón, historiador muy reconocido en la región, a Ángel Carrillo, periodista muy reconocido en la región, sobre la importancia de manifestarse y del valor de la pieza. En este texto, Castañón menciona ejemplos en donde la ciudadanía se ha unido a protestar y la autoridad ha rectificado.

Más tarde, escuchaba la entrevista que Marcela Pámanes, locutora de GREM, le hacía a José Francisco Aguilar Moreno, delegado del INAH Coahuila. Para José, la pieza fue removida correctamente, y además no considera que El Torreón legalmente cumpla con los requisitos para ser considerado un monumento histórico.

Pero este es precisamente el problema. En una democracia los requisitos de un patrimonio no deben ser impuestos por alguien. El patrimonio es patrimonio porque la ciudadanía (que se supone es la que manda en la democracia) así lo considera. Pero tampoco creo que la autoridad haya obrado mal, en este caso específicamente. Solo en este caso específicamente, porque tanto ésta como muchas obras, no las considero muy necesarias, más bien fresas. Hay otras cosas por atender.

Por lo tanto, considero este capítulo como un capítulo “justo a medias”. Los caminos no fueron del todo honrosos. Si bien, las autoridades en un principio fueron agresivas al acelerar la obra y quitar El Torreón sin un diálogo; pero ante la protesta, rectificaron y el 12 de marzo se supo que el protagonista de esta historia se reubicaría en donde pertenece. Un ícono, modificado quizás, o mejor dicho, invadido por la “modernidad” del actual gobierno, pero ícono. Ícono vestido de seda, ícono se queda.

En resumen, hay algunos aspectos por resolver: la autoridad debe ser menos grosera y aún más empática, (porque probablemente lo está siendo, y digo probablemente porque no sabemos si haya intereses de por medio ahora que se acercan las elecciones) en este caso fue democrática pero a la mala o a lo mejor interesada; y la ciudadanía debemos no sé si valorar estos actos pero sí hacer que nuestras manifestaciones sigan creciendo aún más en caso de ser necesarias, ya que se están reflejando RESULTADOS, no adecuados, pero sí efectivos.

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