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Colaboraciones

Un camuflaje distinto

“El problema con la derecha es que no necesita ningún ideal para gobernar mientras que la izquierda no puede gobernar sin ideales”.

José Saramago

Era una manera extraordinaria de comprender al país, al México valiente que parecía construirse solidario, congruente, a base de esfuerzo y de una profunda pertenencia.

Así pensaba cuando tenía diez años, lo tenía bastante claro; era el México vivo que se manifestaba entre las lecturas de la clase de historia. Odiaba cuando se interponían malos pensamientos en mi cabeza. Eso pasaba casi a diario y me desconcertaba, sobre todo cuando saltaban a mi paso los voceadores en los cruceros o los puestos de periódicos y revistas que anunciaban al México desastroso.

La primera vez que visité la Ciudad de Puebla, “Puebla de los Ángeles” dejó mi vista con gran azoro por la magnitud de sus iglesias. Aquel fulgor en los detalles tan precisos, los relieves repletos de estuco dorado que sobresalían de las paredes y pilares.

Esa brillantez me deslumbró.

—Con todo este oro bien pueden pagar la deuda externa y México sería libre. ¿Por qué no lo hace el presidente?

—Le dije a mi padre. No supe si atender el ruido de sus carcajadas o su respuesta que me dejó confundida—

—No todo lo que brilla es oro. Lo que es de Dios es de Dios.

—No entendí—.

Si la bondad del rey de los hombres era infinita, estaría satisfecho de ver a uno de sus tantos pueblos salir de la crisis.

Sabía que la palabra “crisis” era lo bastante mala para desquiciar a los gobiernos pero mucho más, a sus gobernados.

Yo creía en la visión que emerge en los libros, de héroes con patria y de villanos que la olvidan. Los libros hablaban de jerarquías, imperios conquistados y revoluciones. Esclavitud, ricos, pobres y del clero: misioneros y sacerdotes. Algunos entregados al oficio, otros, rebeldes insurrectos.

Había motivos, grandes motivos para obtener riquezas. Comerciar ya no era para unos cuantos sino para muchos. El nacimiento de la industria requería de mayor producción, mano de obra dispuesta y barata. El reparto de actividades era causa de la división del trabajo en fuerza física, habilidad y conocimiento. Resaltar el pensamiento y los ideales era indispensable ante los avances de las nuevas formas de vida. Las guerras y sus penurias rebelaban consecuencias que finiquitaban en grupos. Los movimientos sociales marcaban contextos de cambios radicales. La libertad de expresión se desataba.

Por primera vez me detuve en la importancia de la veracidad que se cuenta. Tal vez porque había crecido, mi edad ya me permitía olfatear las intenciones legítimas y simuladas. Estaban en las implicaciones de la educación, la que se debate en las aulas con libros de texto (que con ello empieza) que construyen nuevos escenarios donde la ideología es el puente con la opinión futura, revisada, reinterpretada. Todo un propósito de inducción educativa para la visión del país donde es imposible poner en duda la influencia de ideología sin estructura. Desde sutiles muestras de simpatía política y piedad religiosa hasta una inexcusable identificación de símbolos y modos aprobatorios de comportamiento.  Depósitos de esperanza o de cinismo donde en ello se afianza, se reproduce y se dignifica un liderazgo.

La Historia nos va llevando como expresión real de quiénes somos y del país que nace en consecuencia. Las naciones se forjan, se deshacen, resurgen o se fragmentan creando intereses para llegar a consumar, o bien, para ignorar compromisos o alianzas. Una perspectiva que fomenta los beneficios o perjuicios de adherir o separar un régimen clasificatorio de masas.

Es una técnica frecuente que todo sistema político, religioso o económico obedezca a una conclusión cultural… La idea me produce escalofríos.

Si mi atrevimiento llegara a las calles en busca de respuestas para saber de ideología la pregunta conveniente sería:

¿Cuál es su postura política? ¿Cómo?

Sí, me refiero a esa clase de ideología.

Habrá quien manifieste sobre creencias religiosas.

Habrá también quien interprete a su manera.

—De este.

—Y muestra los colores y las siglas de su playera—.

El leído, el que le sabe a esto ¡uff! No dudaría en responder y muy probablemente sea yo quien termine cuestionada, titubeante y con severas  dudas.

El marxista o el anarquista o socialdemócrata diría:

—De izquierda, la real.

¿Será?

— De derecha.

La que nació izquierda, o de centro o de ultra derecha.

Ahora vemos reaccionarios de ese lado al igual que del otro.

Denominarse como tal es parte de un protocolo con ajuste ideológico-discursivo. Tiene un camuflaje distinto.

Notemos en esto; va el moralista, el utilitario, el conservador y el escéptico. Cada uno está ligado a sus propias necesidades.

El primero políticamente poderoso, el segundo imperiosamente escalador social, económico, ruinoso y facilón de principios. El tercero sin definirse, propiamente un pasivo-agresivo mientras nada fluya en su contra y por último el cuarto, este es sólo pasivo, ni promueve causas ni intenta cambios, se limita ante cualquier coyuntura social sin embargo lo convierte en un conservador radical.

Tendrán un puñado de justificaciones personales por pasarse de mascara ética-política. Los observadores; intelectuales, académicos cuestionan las argucias del brinqueteo. También nosotros que no somos dueños del congreso que entendemos poco pero servimos mucho, desconfiamos de las artimañas. Las mujeres cuando generamos inquietudes de posturas políticas nos toman raro, aprovechadas como impulso, imagen, (el lado amable), mucha imagen del juego político de los hombres.

En los próximos días los ciudadanos seremos padrón electoral y experimento de comportamiento de medición de la insuficiencia teórica o seudopolítica de los representantes del voto, digo del pueblo, ellos y ellas deberían retomar o considerar sus bajos o altos estándares ideológicos para enfrentar lo que se viene.

La Historia llegará tarde nuevamente pero será puntual en documentar y será la mejor juez en determinar lo que pasó. Lo indique o no un libro de texto.

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