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Colaboraciones

Un insulto sutil

Hablar de violencia de género contra las mujeres, de los ataques sexuales o no, ahora es tendencia y —tendencioso.

Señalar a las víctimas desde varias tribunas se ha vuelto una práctica frecuente y más todavía cuando la moral y las buenas costumbres no fueron en ellas prioridad de comportamiento; y qué decir de su estrato social, que suene alto o bajo para llevar consignas y hacerle eco cuando la relación demuestre ventajas con la opulencia o la desigualdad.

En un sentido irracional, saltan y revientan palabrotas que se hacen entre tantos comentarios chispeantes  y qué decir cuando las autoridades responsables omiten o aseveran condicionantes alejadas de la claridad o de la certeza esperada y requerida. Pero todo esto va más allá, cuando después de toda la revuelta en que se jadean los hechos concretos, situarse en una gran nube es una mera simulación. Esto no es novedad entre esa marea loca,  hacer de la realidad un manoseo donde abunda la indiscreción, el rumor, la indignación; donde los escenarios se hacen cada vez más turbios, impenetrables llegando a transformarse en todo y nada. En medio de eventos donde el asombro es necesario pero no lo es el daño colateral, las causas que las originan, menos aún las secuelas que prolongan, que marginan de adentro hacia afuera, de afuera hacia adentro. Primero de la víctima, de su familia  (afectada muchas veces casi a la par que ella); de su entorno, de la sociedad en su conjunto que limita y restringe el entendimiento bajo el inevitable marco cultural. Sin olvidar el daño irreversible cuando  le es arrebatada su vida. Bajo ese límite ya no hay reversa.

Así de grave es la utopía, la preocupación no está en la individualidad mas allá de su rol social, la realidad es en viceversa, preocupa más el rol social que el de la individualidad.

Cuando emites una opinión en desacuerdo de la mayoría, vas sin duda acercándote o bien alejándote de la primera, segunda, tercera versión y las que le sigan; entras al supuesto deseo de la veracidad. Con fundamentos, o bien con argumentos, experto o no de la materia, estás de ser un pollo frito para el careo de las circunstancias. Creer que tienes la razón, asumir que la tienes denota para el que te escucha una postura retadora, es decir, polarizada. Inmerso entre la guerra de especulaciones usualmente ocurren dos cosas y tiene que ver primero en si eres hombre o mujer, es decir, quién lo dice y lo reafirma. Y segundo lo que dices; y decir lo que piensas en estos asuntos  trae consecuencias. No parece agradar mucho. Si por algún momento se escapan los pensamientos, se distraen en voz alta, habrán dicho ya esas dos palabras que hoy rozan y raspan en la garganta y la conciencia histórica de todos nosotros. Habrán relacionado casi sin querer las dos conductas opuestas y sofocantes. Tu interlocutor además de quedarse pasmado casi tapándose la boca o boquiabierto te dirá que no es posible que seas toda una… f e m i n i s t a.

Acalorados por la situación en réplica dejas caer la frase siamesa.

          —Y tú eres un…  m a c h i s t a.

Sorprendidos, mirándose fijamente y un poco burlones.

         — ¿De verdad lo eres?

         —No, tú sí lo eres

         —¡Pero te ves muy femenina!

         —Y tú muy liberal.

La relación de hacer un acuerdo de no provocación viene de un momento a otro para después disiparse en un extenuante silencio…

¡Así las cosas!

Entre mujeres y ambas ideas ocurre muchas veces una respuesta similar. Agigantamos la razón para deformarla en prejuicio y después en perjuicio hacia ellas. Pero no, ¡es a nosotras mismas! Aquí no hay quite, olvidamos que ver de reojo al final de cuentas es ver, sólo que a medias. Ahí está el detalle de creer saber, de creer conocer a quien sabrá Dios las condiciones en qué invariablemente relatan sus andares hicieron de ella y de su vida un escaparate, una plastilina para moldearse según el criterio retador de cada quien.

Pero ¿cómo hacer que lo que decimos, pensamos, hacemos y callamos armonice con la congruencia sin hacer ruido de las buenas, malas compañías y/o preferencias?

Hay un llamado de alerta de género porque la violencia se desata contra nosotras. Usar el término de oleada de violencia para mí es incorrecto, la hace figurar como un ente, una extrañeza sin rostro y nombre. Dejar claro que vivimos todos en alerta, la crisis de género la cargamos todos, hombres y mujeres.

La crisis de identidad abraza las pequeñas cosas, las particularidades, los mínimos detalles que poco a poco van marcando diferencias. Así encontramos ejemplos en la familia y la relación de cada uno de sus integrantes unidos o distantes, el trabajo, el ambiente laboral y sus exigencias. El cumplir las expectativas de una rutina con factores desgastantes limitan en tu contra y hacer el ajuste de lo correcto bajo estructuras incorrectas desencadenan conductas imprecisas. Los roles de vida son diferentes, diversos y obligatorios. No existe un lado confiable, los parámetros que dirigen nuestra economía, incluso aquellos que rigen el buen juicio, desatan emociones instintivas del hombre primitivo. Una combinación siniestra.

En el marco de la ley ¿han sido insuficientes los mecanismos de protección? Veamos, ¿estamos huérfanas, desprotegidas clasificadas bajo una alerta de violencia de género? ¿Y el decreto de los derechos humanos de las mujeres? Emitido, único en el mundo establecido en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (AVGM). ¿Se atiende, se aplica de forma segura? —No lo sé—.

Lo que sí sé es que bajo ese reglamento las acciones gubernamentales de emergencia se apoyan para enfrentar y erradicar la violencia feminicida y/o la existencia de un agravio comparado que impida el ejercicio pleno de los derechos humanos de las mujeres, en un territorio determinado (municipio o entidad federativa); la violencia contra las mujeres la pueden ejercer los individuos o la propia comunidad. (Artículo 22 de la Ley de Acceso).

Quiere decir que el objetivo de dicha Ley es garantizar la seguridad de mujeres y niñas, el cese de la violencia en su contra y/o eliminar las desigualdades producidas por una legislación o política pública que agravia sus derechos humanos. (Artículo 23 de la Ley de Acceso).

Exclusivamente ahora se ocupan sólo de los Derechos de las mujeres —así se ve—y es que se han difundido y transportado como un catálogo de recomendaciones a seguir. Para que nosotras y ellos entendamos mejor, “rapidito y facilito”; el formato natural de la época moderna aunque sea difícil de ejecutarse; eso sí, expresado e interpretado con un cierto “humanismo”  que no termino de comprender muy bien, algo así como “querer es poder, es nuestro derecho u obligación, respetemos, haga su parte”.

Sin embargo, cómo hacerlo bien si el contexto no lo hace posible; así que…

          —No queremos o no podemos—.

          — ¿Por qué? Porque no queda de otra.

Dirán algunos “los procesos deben provocarse”,   —dirán otros— “mejor esperarlos por sí mismos”. Queramos o no formamos parte de un sistema que pandea en diferentes direcciones, diseñado y ejercido por y para hombres. Adaptarlo al contenido de la igualdad de género en la inercia del “lleva y trae” logrará pocos resultados si no permea en la educación. Y me refiero no únicamente la que se instruye en los libros, sino aquella que se come, bebe y viste, que juega, que piensa, que platica, que reza y peca.

          —Mirar sin ver de más—.

¿Será esto posible? ¿O somos en la otredad sólo un manifiesto en defensa de la palabra y no de los hechos del día a día que nos acostumbran y definen en corresponsabilidad?

Desde la óptica transformadora pero igual perturbadora el machismo es y ha sido considerado uno de los factores obstaculizadores de las libertades de las mujeres, ¿acaso también lo es el feminismo?

Más allá de una posición popular, de una expresión o un concepto que se ha condensado como un movimiento universal que aboga por los intereses populares, algunas veces viéndose mal, entrando a esa zona peligrosa donde sobreviven posturas o luchas políticas más o menos incómodas. Tal vez porque a través de los siglos, hayan mantenido oculta la vocación de un reservado poder apaciguado o reprimido. Sea también el instinto común de un matriarcado casi sublime pero desagradable que lleva con preocupación e interés la defensa de todo tipo de causas alrededor del mundo incluyendo, claro está, los Derechos de las mujeres. La respuesta se traduce en una mirada socarrona, un síntoma que viene como consecuencia de la idea, de la percepción banalizada e inútil, hueca; cuando el punto central es asegurarse que nadie sea discriminado por su género, por sus decisiones morales y sociales. Mucho menos cometer ataques y violaciones sexuales en su contra.                                                                                                                                                                                                                                        Ahora la promesa atrincherada en idealismo reclama locuras radicales, proclamas altaneras y prepotentes, frases de odio de grupos de jovencitas —y otras no tanto— disfrazadas de su propio cuerpo semidesnudo perturbadas más por los insultos que por una botella de alcohol. Retando a los cuatro vientos para autonombrarse feministas y gritar las buenas nuevas para y contra de ellos, de los hostigadores, de todos los hombres representantes de la bestia. ¡Ah, eso sí!  —cuestionados no son— si de ellos son las hijas, hermanas o madres, los transforman mágicamente en hombres razonables.

Enemigos son los otros; sojuzgar a los otros hasta la ofensa y hacer de su sexo una burla, una figurilla venida a menos. Es el discurso de las “feminazis”, de las “locas” que protestan en todas partes y que han hecho de este movimiento un delirio o una ocurrencia. Hay que decirlo, a nadie le gusta ser identificado o relacionado con un garabato de una osadía. ¿Quién quiere llamarse feminista en un mundo que asume la palabra misma como un insulto sutil? ¿Quién no huye de los perjuicios?

Pero en contraparte, ¿quién no se ve a sí misma radical cuando la persigue una red de mensajes basados en el acoso sexual, la intolerancia, la injusticia o la misoginia?

Cuando en nuestro país más de 30 millones de mujeres mayores de 15 años (según datos arrojados por el INEGI correspondiente al año 2016) sufren de algún tipo de violencia: emocional, física, sexual, económica-patrimonial o discriminación y sea Coahuila uno de los diez Estados con los mayores índices de actos cometidos en contra de ellas. ¿Suena complejo?  Lo es, y lo es aún más cuando das fe al rumor, al prejuicio y al cinismo. Dañas cuando ejerces presión cultural por encima de la necesidad perenne que tiene la mujer de cumplir cada una de las funciones que desempeña en la sociedad.

Es importante dejar a un lado el estigma y el protagonismo desquiciante  El ataque a la palabra obedece a estas dos posturas.

En decadencia o en evolución el feminismo debe aproximarse a los tiempos con ojos reflexivos, darle un nuevo enfoque a las políticas públicas en base a las medidas establecidas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la inclusión de la mujer en la toma de decisiones, para atender su derecho propio en correspondencia a esa identidad que se hereda por tradición y para dar su primer paso a la individualidad y no necesariamente a su identidad mítica y biológica de cumplir un proceso reproductivo.

Nadie puede olvidar lo que aprende, y yo aprendí muy joven que es necesario reivindicar el papel de la mujer en todos los estratos y visiones posibles. Mi madre, mis hermanas, a quienes nunca escuché llamarse a sí mismas feministas, simplemente creían en la justicia, simplemente se trataba de una toma de conciencia para asumir la responsabilidad sobre tus opiniones, —ideal sería hacer de esto una costumbre que sobrepase de generación en generación—.

Creer ampliamente en tus aspiraciones y necesidades más allá de lo que la familia, sociedad o gobierno tuviera en planes imponer. Dejar atrás la complicidad para no ser la excusa del comportamiento violento cuando todo falla.

 

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