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¿A poco no…? El muro de la indiferencia de la sociedad y los oídos sordos de las autoridades

¿A poco no preocupa mucho a la sociedad y ocupa poco a las autoridades el alto índice de violencia que se vive en el país? Aún se recuerda como la más macabra película de terror el caso de los tres estudiantes universitarios de cine asesinados en Guadalajara el pasado mes de marzo, un hecho en el que la realidad supera a la ficción y se suma a la preocupante situación por la que atraviesa un importante sector de la juventud mexicana, víctima de la violencia, como muchos otros que, sin deberla ni temerla, estuvieron en el lugar y el momento equivocados. La saña con la que fueron torturados y masacrados para luego disolver sus restos en ácido va más allá de la imaginación más perversa.

Estos tres estudiantes que fueron secuestrados por un grupo criminal al confundirlos con miembros de una banda rival, son otras víctimas más de la lucha entre cárteles cuya violencia ha provocado la desaparición de más de 34 mil personas en todo el país en la última década, según el Registro Nacional de Datos de Extraviados o Desaparecidas. De ellas, el 36% tenía menos de 29 años; es decir que 12 mil son niños, adolescentes y jóvenes. Cada uno representa una familia destrozada y una esperanza perdida.

El joven rapero Omar Palma, alias QBa, confesó haber ayudado a desaparecer y a disolver en ácido clorhídrico los cuerpos de los estudiantes. Esta es la otra cara de la moneda o el lado oscuro de una juventud sin valores ni ideales, sin amor al prójimo ni respeto a la vida. Uno de los videos de Omar, “Descanse en paz”, ilustra el cruento capítulo en el que ahora está envuelto: una sábana, sangre, un cadáver y un mensaje de despedida se muestran mientras él rapea. En otra de sus canciones confiesa: “El infierno me vio crecer”.

Ese mismo infierno que viven millones de jóvenes sumidos en la pobreza, la falta de oportunidades educativas y laborales y la incertidumbre hacia el futuro, trágicas víctimas de un sistema político y económico que no ha logrado atenuar la desigualdad social ni acortar la brecha entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tiene poco o nada. Y si la violencia e inseguridad son lamentables en cualquier caso, la condena se acentúa cuando las víctimas son jóvenes positivos que estudian y que trabajan por un México mejor.

Preocupa la pérdida de la capacidad de asombro de muchos mexicanos que se van acostumbrando a la escalada de violencia que azota al país. Ocupados en las vicisitudes y problemas cotidianos, dejan de prestar atención a conductas indignas que ya ven como normales, hasta que las viven en carne propia; pero ahí, la angustia y la desesperación se estrellan en el muro de la indiferencia de la sociedad y en los oídos sordos de las autoridades. ¿A poco no…?

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