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¿A poco no…? Partidos y democracia en crisis

¿A poco no es cierto que, lejos de disminuir, con el paso de los años, la desconfianza y la falta de credibilidad de la ciudadanía hacia los organismos políticos ha ido en ascenso por el daño que han causado a la sociedad, que con sus impuestos paga las generosas prerrogativas que reciben, pero que se ha visto traicionada por ellos? El chapulineo o migración de militantes entre partidos que se ha dado en el actual proceso electoral, es vergonzoso y patético, al revelar las mezquinas ambiciones de quienes buscan su permanencia en el erario.

También pone al desnudo el imperio de la codiciosa conveniencia partidista sobre la convicción ideológica y la abismal distancia existente entre la clase política y las necesidades de la comunidad a la que debería servir y que, por el contrario, se sirve de ella. Llama la atención que los aspirantes a la Presidencia enarbolan la bandera del combate a la corrupción; sin embargo, al menos a los tres candidatos punteros se les relaciona con hechos que contradicen el discurso.

Ellos representan a partidos que están al frente de los gobiernos de los tres niveles, que poco o nada han hecho para castigar corruptelas. Igual sucede con los organismos políticos representados en el Congreso de la Unión que no han logrado concretar el Sistema Nacional Anticorrupción, al retrasar los nombramientos del Fiscal Especial, los magistrados del Tribunal de Justicia Administrativa y el Fiscal General de la República; mientras que en varios de los congresos locales hay fiscales y consejeros anticorrupción señalados por ineptos e incapaces y subordinados al gobernador.

Además, varios de los aspirantes a legisladores son cartuchos quemados y políticos fracasados e improductivos o corruptos; la sociedad civil está ausente en las propuestas de prospectos. El excesivo gasto destinado a partidos, candidatos y autoridades electorales tendrá efectos nocivos al erario, tanto por los recursos destinados exprofeso en el presupuesto -mucho mayor al de las naciones del primer mundo y no se diga de las emergentes, pero cuya credibilidad es superior a la nuestra-, como por el dinero destinado a la compra de votos antes y durante la jornada electoral.

Resulta paradójico que cada año se gasta más en los partidos, pero cada vez representan a menos ciudadanos y aun así, éstos se sienten defraudados. Carentes de credibilidad, desprestigiados por su pragmatismo oportunista, por su pérdida de principios y por sus continuos errores, hoy los organismos políticos son víctimas de sus propias contradicciones y de su desprecio a la capacidad de análisis crítico del electorado. Todo ello viene a corroborar, una vez más, la aguda crisis por la que atraviesan los partidos y la democracia en este país nuestro. ¿A poco no…?

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