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Butacas rojas

EL RECINTO DE LAS MUSAS ROJAS

Quienes descubrieron el recinto de las musas rojas entenderán estas breves letras, ¿saben de quiénes escribo? De esos lectores, de esos soñadores, de esos escritores que aprendieron de la sabiduría del Maestro Saúl Rosales. El recinto, la Sala Elías Murra,  del Teatro Isauro Martínez, la cita, los sábados. La nostalgia me hace escribir ya que Saúl se despide del taller literario del TIM, pensé que el mundo volcaría años de cotidianidad, y que el Maestro siempre estaría ahí esperando por las letras. Ahora solo me queda la nostalgia y su amistad. Gracias, Saúl, gracias, maestro.

Esta prosa poética la escribí en el 2013 en homenaje al recinto de las musas rojas.

MUSAS ROJAS

El recinto se encuentra en penumbras, un hálito mágico perdura en esas cuatro paredes.  Dicen que murmullos se oyen por las noches sobre obras literarias que se pierden en el polvo del tiempo. Se enciende la luz, rebota en un conjunto de figuras dormidas,  unas butacas rojas alineadas como soldados comunistas prestos para la guerra. Los asientos  color sangre son testigos del talento de muchos y la ignorancia de pocos. Un escenario remata el ambiente teatral y solemne de ese rincón de la cultura.

Borges, Cortázar, García Márquez, Benedetti, Vargas Llosa, Joyce, ocupan un lugar protagonista, cómplices de la letra trepan por las paredes, se instalan, vagan e impregnan  su sabia onírica en esas intelectuales  butacas rojas.

Se espabilan las musas rojas susurrantes cuando los  aprendices literarios entran en la sala. La enseñanza del maestro evoca a los sabios griegos, hace que respiren sus ideas, que las palabras viajen como volutas de polvo, se desplacen por el habla sin aliento e inunden y logren  desbordar sus sedientas mentes.

Los nobeles escritores en temibles hojas en blanco derraman la existencia de lo cotidiano, desnudan lo etéreo, provocan la carne, retratan la alegría, el duelo, la añoranza. Y si tienen suerte por un momento, logran plasmar lo eterno.

Las voces humanas se alejan. Los espíritus literarios se despiden de nuevo. Quedan solas entonando su infinito parloteo literario, esperando que los escritores regresen a donde empieza la magia.

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