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Columna: Virajes Cercanos, de Jaime Muñoz Vargas

La sorpresa del segundo debate es que su saldo ha resultado prácticamente nulo. Si no fuera por las encuestas previamente diseñadas y los bots que ahora colocan a Meade como segundo lugar y hombre más capaz del sistema solar, todo indicaría que nada se movió luego del 20 de mayo. Si esto es verdad, se trata de una buena noticia sólo para el puntero, no así para los dos que lo siguen todavía de lejos (el Bronco se cuece aparte, en una zahúrda). Digo lo que digo porque estamos a cuarenta días de la jornada electoral y la disputa por el segundo lugar persiste en sus números sin que Pepe y Ricky, trabados ya como palitos con liga, dé su candidatura a torcer.

Los números no se movieron significativamente por tres razones: Meade, Anaya y López Obrador. En efecto, Meade salió al ruedo con su mismo esgrima técnico e inocuo, plano como el desierto de Mojave. Le echa ganas, no tropieza en sus alocuciones, arroja datos, hasta parece buena persona, pero tiene menos imán que un Godínez en horas extras. Además, carga como Pípila todo el pasado reciente de su jefe Peña Nieto, personaje cuyo gobierno está batiendo marcas en los rubros de violencia, corrupción e impunidad. En este sentido, la candidatura de Meade desafía toda lógica: clama por votos en el reino de la incredulidad y el rechazo.

Anaya salió casi igual que en el primer debate. “Habla bien” (así dicen muchos), se nota entrenado en cursos de oratoria comercial, no se descuadra, sonríe con pétrea afabilidad, se desplaza en el escenario como pastor evangélico, trata de tú y por su nombre a todos los interlocutores, termina justo a tiempo sus intervenciones, pero ahora cometió un error de cálculo: fue declarado ganador del primer debate en función de su agresividad contra AMLO, y ahora bajó el voltaje. Creo que vio una encrucijada: si agredía, iba a pasar como golpeador de tiempo completo, y si se tornaba más técnico, más Meade, quizá dejaría incólume al Peje. Eso ocurrió. Usó menos carteles, más propuestas abstractas y menos golpes, y los debates de la tele no están diseñados para el votante intelectualizado, sino para el que se deja guiar por la personalidad, por el tono, por “la química”. Los candidatos tienen encuentros con empresarios, con académicos, con comunicadores, así que los debates televisivos más bien sirven, aunque muchos quieran ver “propuestas”, para calzar bien el tacuche y ejercer el pugilismo retórico, lamentablemente.

Al contrario, AMLO ahora sí mostró los colmillos y fue mejor percibido, se reafirmó entre los suyos y quizá pueda hasta sumar. Lo cierto es que salió ileso, sigue en la punta y eso obligará pronto a un viraje de sus rivales.

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