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Díganles que Dios los ama… a todos los homosexuales

El barrio parecía una privada, todos nos conocíamos, sabíamos perfectamente quién vivía en cada casa; a veces desconocíamos el nombre, pero el apodo nos distinguía según el oficio u origen: «Los mariachis», «los panaderos», «los carniceros», «los árabes», etc. Para distinguir a las personas, se mencionaba el genitivo o su oficio: «Mague la de Beto», «Juan el tamalero», «Chuy marchas».

La calle era nuestro lugar de encuentro. Por las tardes y noches, después del infernal calor, casi todos los vecinos salían a la banqueta a refrescarse un rato. Las señoras y jovencitas jugaban a la lotería; otro grupo más reducido, a la baraja. Los niños jugábamos con piedras, palos, llantas, carritos de baleros, balones de plástico, muñecas, trastecitos, etc. No había ningún centro recreativo cercano, la plaza de la Martínez Adame nos quedaba muy lejos.

Pero dentro de ese grupo de hombres y mujeres menores, había uno «especial». No sabíamos que eran homosexuales, solo les decíamos «jotos». Y «joto» era el que no se aventaba del techo de una casa a la arena que había en la calle para la construcción. «Joto» era el que lloraba porque se caía o no ganaba en el futbol. Y cuando alguien no se animaba a hacer algo arriesgado, simplemente le decíamos: «pinche joto». «Joto» era el que se juntaba solo con una persona del mismo sexo. Los homosexuales siempre nos ganaban: eran más rápidas(os), más entronas(es) para todo.

Ser homosexual en el barrio era un estigma, pero igual se aceptaba su forma de vestir y de hablar. En el Seminario pasaba lo mismo. A los homosexuales se les estigmatizaba, se les «echaba carrilla» (ahora le dicen bullying) hasta más no poder. A muchos los corrían por destaparse o descararse. En una ocasión, mi superior me prohibió hacer amistad con una persona homosexual. Algunos seminaristas homosexuales solo se despedían de la comunidad para hacer otro estilo de vida.

 Como estudiante de Teología en el Seminario de Monterrey, durante un año nos mandaron a un compañero y a mí a las periferias de la ciudad. Nos tocaba ir cada sábado a la colonia Gloria Mendiola, barrio pobre y conflictivo y que está ubicada en las faldas del Cerro Topo Chico. Llegábamos a una casa adaptada para personas terminales de VIH/Sida, se llamaba Casa Simón de Betania*. Allí también atendían a ancianas(os), hombres, mujeres y niñas(os) desplazadas(os), rechazadas(os), a los que nadie quería, ni la misma sociedad. La mayoría de los homosexuales venían de los penales regiomontanos, para «bien morir» abandonados.

La madre Ana, mujer sencilla y de amplia sonrisa, nos recibía cada sábado. El único consejo que nos dio fue: «Díganles que Dios los ama, porque quién sabe si los vean la próxima semana». Al principio me costó mucho acercarme a ellas(os). Dentro de mí había una lucha interna por tanto tiempo que los ofendí, tanto tiempo que me burlé de ellos, por ser yo un machín.

 Fue ella, Deyanira, quien me reconcilió con ellas(os) y me perdonó por tanta ofensa. Era mayor, muy arreglado, con sus batas de seda y sus uñas pintadas, siempre con la pierna cruzada y gestos muy afeminados. Me contó su historia, era prostituta del CERESO, tenía de pareja a los mejores presos. Me decía sin recato y sin miedo: «Yo fui de la alta sociedad de ese chiquero». «Padrecito, no crea que yo estaba así de jodida, yo andaba con los jóvenes más ricos de San Pedro (San Pedro Garza García, N.L.)», bromeaba desde sus adentros.

Murió Deyanira, llevándose sus historias y melancolías. Lo único que me consuela es que experimentó la misericordia y el inmenso amor que Dios le tenía. Así transcurrió todo el año, viendo morir a tantos hermanos, hombres y mujeres rechazados por ser «extraños». Al volver al Seminario, veía los mismos gestos y rechazos. Los seminaristas homosexuales eran los más creativos y entregados: música, florería, deporte, pintura, actuación, canto y teatro. Pero eran corridos por «maricones» de una institución donde tenía que haber santos «varones». Yo pienso que al ser tan rechazados, la creatividad les brotaba. Unos callaban, otros se refugiaban, otros desde su interior sufrían sin decir nada, para llegar a la tan anhelada ordenación sacerdotal.

Todavía en la actualidad se preguntan en la Iglesia si hay que aceptarlos o rechazarlos. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos? Si buscan a Dios de todo corazón, no hay por qué satanizarlos. A mí las personas homosexuales me han evangelizado, me han mostrado su aplomo al superar tanto rechazo. No entiendo a los que hablan de amor y misericordia y a la vuelta de la esquina andan formando frentes de rechazo. Deyanira me enseñó el perdón y el amor que se hace vida, cuando se recibe al Dios Vivo en el corazón.

 Rafael López, pbro.

Director de Buena Nueva, periódico de la Diócesis de Torreón.

Tuiter: @rafalosi

*Ahora esta casa tiene otra ubicación, para mayores informes visite: www.casasimondebetaniamina.org

 

 

 

 

 

 

 

 

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