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Un silencio aturdidor me detiene en el camino, algo ha cambiado radicalmente, la vida me ha puesto en un lugar desconocido y no esperado, mucho menos planeado. Mis manos se inundan de desconcierto y mis ojos de lágrimas, toco fondo. El tiempo se detiene y en mis oídos resuenan palabras que me recuerdan lo importante que es estar preparado para enfrentar la vida,  mi mente viaja teniendo presente que estoy en un mundo donde nos preparan para ser competentes en el ámbito profesional,  para tener como objetivo el confort y la satisfacción material, para ser reconocidos y talentosos, para cumplir sueños e ilusiones, sin tomar en cuenta que existen situaciones reales que se enfrentan con herramientas no visibles, donde requerimos de  fortaleza mental y espiritual para mirar cara a cara aquellas realidades que nos toman por sorpresa, así me viene a la mente la importancia de preparar a los niños para la vida, para la adaptarse a las diferentes y sorpresivas circunstancias , ya que son los seres vivos que tienen dicha cualidad quienes sobreviven ante la adversidad y las situaciones inesperadas.

 Cuando la realidad inesperada cambió mi vida, a la par, cual efecto dominó, cambió la realidad de las personas que me rodeaban. Un aprendizaje significativo se suscitó entre quienes aceptamos el reto, la vida no nos brinda lo que deseamos sino lo que necesitamos,  fue entonces cuando reconocí con mayor claridad que los niños mantienen una sensibilidad ajena al adulto, ellos “sienten” el corazón del otro, esa empatía que se ha esfumado en tiempos de individualismo y superficialidad, siendo ésta la que nos enseña a redescubrir la valía real de la vida.

Hay situaciones que no elegimos, y quizá hasta nos negamos a aceptar, pero me ha quedado claro que el amor, la empatía y actitud de servicio que los niños  experimentan es un don que debemos conservar al convertirnos en adultos.

En medio de un capitulo de vida diferente a lo planeado se puede culpar o decidir enfrentar, se puede aprender o dejar pasar la oportunidad; ningún reto es fácil, tomar del diario vivir, aquellas experiencias que nos ayudarán a adaptarnos a situaciones sorpresivas que nos recuerdan que la vida no es estática,  es efímera, que lo único seguro es que cambia constantemente y sin avisar, la vida es movimiento, en ocasiones de manera imperceptible y en otras esos movimientos repentinos nos sacuden el alma; incluso nos llegan a marcar de por vida.

Aprender a ver las sutiles señales que el día a día nos presenta para poder escalar cada obstáculo, vencer el miedo que nos paraliza,  convertirnos en observadores constantes para no caer en la trampa de la autocompasión, del dolor que enferma o simplemente, correr el riesgo de dar rienda suelta al ego que nos aleja de la empatía y de la esencia de amor que nos da al momento de nacer.

Hoy por hoy, al ver la sonrisa de un niño pequeño,  la picardía de la mirada de un niño mayor,  la seguridad con la que te toman de la mano y confían en quienes decimos guiarlos, me motiva a seguir caminando, a ver cada etapa de la vida, cómo un capitulo que se supera con entrega. Ahora comprendo la importancia de la observación y la reflexión, al tiempo que la vida misma me pregunta, ¿es  el adulto quién está listo para preparar para la vida a los niños?, o quizá, son ellos, quienes con puro amor nos enseñan con su sonrisa llena de empatía, ´ésa es la actitud que nos lleva a adaptarnos y a enfrentar con valentía la cambiante y dinámica vida.

 

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