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Columnas

Escribir la historia con los pies

Camino, camino mucho. Ahora más que antes pero no tanto como cuando era estudiante. Camino, y no es precisamente porque no quiera gastar en gasolina; en realidad mi crisis financiera llegó mucho antes de la alza de precios y tuve que vender mi coche hace unos meses. Y como andar en taxi mañana y tarde era inviable para mi bolsillo, opté por cambiar mi domicilio más o menos cerca de mi trabajo. Diez y seis cuadras de ida y las mismas de vuelta. Las suficientes para probar diversas rutas entre calles y avenidas.

Cada día me topo con hombres que me molestan, me chistan, me chiflan, me dicen “piropos” –con suerte solamente eso–, o me siguen durante varias cuadras tratando de intimidarme. No es porque vista provocativamente, ni porque sea la más guapa, es solamente porque pueden hacerlo, porque saben que no les pasará nada, porque les da la gana.

Camino, camino mucho y no dejo de sentir temor ni un solo día, pero no dejo de hacerlo, porque me enoja bastante y porque ese enojo me hace volver a caminar cada vez, y porque sigo negándome a dejar de pasear en una ciudad que también me pertenece. Ahora que camino más he pensado –porque pensar es la mejor parte de caminar sola– en esta actividad, en la movilidad del peatón, en el trazo de la ciudad, en los cuerpos en movimiento en un espacio público, y en el ejercicio que es pensamiento y es resistencia a un mundo lleno de hombres que pueden caminar tranquilamente casi a cualquier hora.

En algunos de esos trayectos, he pensado también, en caminar acompañada, en cómo se siente, en los tipos de compañías, y en las caminatas colectivas. Pienso en las marchas en que participé en el 2016, más que nunca, en mi ciudad; también en las que seguí de cerca como noticia: por los desaparecidos, por la violencia de género, por los maestros, por el acoso, por las muertas, es decir, por más violencia de género…

Y como otras tantas ocasiones en que me voy obsesionando con un tema, me topé de pronto con un libro magnífico: Wanderlust. Una historia del caminar1, de la historiadora y activista Rebeca Solnit. No he terminado la lectura, y cada capítulo daría para varias notas como ésta o para inmensos tratados sobre la dicha de andar sobre nuestras extremidades inferiores, pero ahora viene a mi mente un apartado en especial que se llama “Ciudadanos de las calles: fiestas, procesiones y revoluciones”, y que habla en buena parte de lo que la caminata en comunidad ha significado en los movimientos sociales, de las que han hecho historia.

El fin de semana seguí las noticias sobre la #WomensMarch, y me resultan aún impresionantes las imágenes de cientos de miles de personas, en su mayoría mujeres, que caminaron, marcharon, para manifestarse frente al Capitolio en Washington, en defensa de sus derechos y también con consignas que mostraron preocupación por el medio ambiente, los inmigrantes, las comunidades homosexuales y otras. Mujeres enojadas por todo lo que representa una figura tan despótica y misógina como Trump. Personas preocupadas por sus hijos e hijas, por un nuevo presidente que cada que abre la boca deja clara una visión limitada y racista que, por supuesto, debe dar terror, por las implicaciones que conllevarán, de aquí en adelante, sus decisiones. A esta marcha convocada desde Facebook se unieron otras ciudades estadounidenses: Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Boston… y otras 600 marchas se solidarizaron en otros países, incluido México.

A mí el enojo puede darme el valor de caminar sola cada mañana, sin embargo, yo sola no puedo defenderme de todo. El enojo y la indignación de muchos, de muchas, en cambio, sí puede marcar diferencias. Y no es algo que acabe de descubrir, ni una cuestión hipotética y esperanzadora; la Historia está hecha de hombres y mujeres manifestándose en sus ciudades en diferentes épocas y con distintas peticiones.

Dice Rebeca Solnit que “éste es el más alto ideal democrático –que cada cual pueda participar en hacer su propia vida y la vida de la comunidad– y la calle es el mayor escenario de la democracia, el lugar donde la gente común puede hablar, no segregada por murallas, sin mediaciones de los poderosos. No es una coincidencia que medios y mediar tengan la misma raíz; la acción política directa en espacio público real puede que sea la única vía de involucrarse en una comunicación no mediada, a la vez que una manera de alcanzar a las audiencias de los medios, literalmente haciendo noticia”.

No es casual que las marchas estén aumentando e intensificándose alrededor del mundo. Quiero creer que es un avalancha que va tomando fuerza y ya no podrá parar. Quiero pensar que se trata de una consciencia colectiva que sabe de su fuerza cuando camina, que sabe que caminar juntxs demuestra físicamente una convicción política –más allá de nuestras diferencias–, que sabe que caminar juntxs es lenguaje vivo, y por supuesto, es mensaje que expresa que tenemos algo en común, que podemos reunirnos, ser críticos y que hay bastantes asuntos con los que no estamos de acuerdo.

En la #WomensMarch, Angela Davis dijo: “reconocemos que somos agentes colectivos de la Historia”, pero también dijo, –y no hay que olvidar quienes han convocado a estas últimas manifestaciones–: “esta es una marcha de mujeres y representa la promesa del feminismo en contra de los poderes perniciosos de la violencia estatal. Y un feminismo inclusivo e interseccional que nos invita a unirnos a resistir al racismo, a la islamofobia, al antisemitismo, a la misoginia y a la explotación capitalista”.

Ruth Castro

Escribe y edita libros. Licenciada en Lengua y Letras Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ha colaborado en revistas, suplementos y periódicos con artículos, reseñas, ensayos y textos de ficción. Ha impartido talleres y cursos de literatura en centros culturales, diplomados y en universidades privadas de la Comarca Lagunera. Fue Coordinadora Editorial en IMCE Torreón y en SEC Coahuila. Actualmente coordina la librería El Astillero y colabora en Amanuense Servicios Editoriales, ambos proyectos laguneros independientes.

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