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Inteligencia emocional en la empresa: ¿Por qué el alumno de «10» no siempre es el mejor líder?

Comenzaré este artículo con una historia que quizás te recuerde a alguien, no pretendo universalizar a todos los “alumnos de 10”, pero es basada en hechos reales.

Érase una vez Toño, una persona que enfocó sus energías en ser el mejor en la educación formal, se llenó de conocimientos, realizó sus trabajos y tareas cabalmente y así cumplió con lo necesario para obtener una calificación elevada, esto porque los papás de Toño le decían que si quería ser alguien en la vida debía estudiar mucho, idea que sus maestros reforzaban. Toño se convirtió en “alumno de 10” y era reconocido por ello. Pasados los años, una vez que Toño se gradúa con excelente promedio, llega al campo laboral y se topa con la realidad que la mayoría de los conocimientos técnicos que aprendió por años tienen poca o nula aplicación, sin embargo, sólo es cuestión de aprender las nuevas técnicas para desempañarse en su nuevo puesto, que al ser de baja jerarquía, se requiere de mucho conocimiento técnico, cosa que no es problema. Toño sabe muy bien cómo dominar esas habilidades duras. Con el tiempo, Toño se destacó de entre sus compañeros y se le ofreció un ascenso, ahora Toño era jefe de su departamento. El departamento de RR HH estaba seguro que había tomado la mejor decisión. Con el paso de las semanas, Toño hace cambios aplicando con más rigidez el reglamento e implementado varios formatos para analizar información sobre lo que falla en su departamento. Toño quería que todos fueran igual de aplicados que él. Así logró hacer más productivo su departamento en unos meses, aunque Toño nunca se dio cuenta que el precio de dicha productividad fue la generación de mayor estrés entre los trabajadores, un ambiente laboral menos armónico, así como un  incrementó la rotación de personal.

Con el tiempo se abre la vacante de gerencia y dados los resultados que tenía Toño en cuestión de productividad, se determinó que fuese él quien ocupase dicho puesto. Con el tiempo, esa productividad que generó comienza a ir en picada, Toño no se explica qué sucede, por lo que comienza a ser más duro con los reglamentos, genera más formatos que llenar para los departamentos, exige metas de trabajo más elevadas, les pide una plática motivacional porque les ve desanimados, pero nada de esto funciona. Al final Toño es despedido y no sabe por qué, sólo sabe que muchos de sus compañeros de trabajo estaban felices de dicho despido. Esta historia no hubiera terminado así, si Toño y el personal de RR HH supieran que entre mayor es la jerarquía de puesto, mayor importancia toman las aptitudes emocionales, aptitudes que, en algunos casos, “alumnos  de menos de 10” desarrollan y por ello funcionan mejor en esos puestos.

Situaciones como esta, cuestan cientos de miles de pesos, pudiendo ser millones, a la empresa, como ya lo explicamos en el artículo “La rotación de personal, pérdidas millonarias y su relación con la inteligencia emocional”.

Claudio Fernández Aároz, un gran cazador de talentos en América latina, relata que la combinación de gran pericia y alto CI, elementos comunes en casos como el de Toño, suelen desembocar en desdén por el trabajo en equipo, arrogancia, fé en el poder de su cerebro, incapacidad de adaptarse a los cambios económicos de su región, entre otros factores que se pasan por alto, en resumen, baja inteligencia emocional.

Aun en pleno siglo XXI muchos departamentos de RR HH en diversas empresas, obvian en sus capacitaciones las habilidades blandas relacionadas con la inteligencia emocional (conciencia emocional, autoevaluación, autocontrol, iniciativa, liderazgo, etc.) para dar máxima prioridad a las habilidades duras (conocimientos técnicos para manejar un software, para operar una máquina, manipular instrumentos, etc.), el resultado: empleados tratados como máquinas, que al igual que éstas, funcionan mucho mejor en la producción, pero al momento de llegar a liderar personas, no dan los resultados deseados por falta de habilidades blandas.

A continuación mostramos el balance que tienen los puestos de las diversas jerarquías en la mayoría de las empresas, donde observamos que a mayor jerarquía, mayor exigencia de aptitudes y competencias emocionales.

Tanto las habilidades duras como las blandas son necesarias en nuestra vida, sólo hay que saber cuándo requerimos más de unas que de otras.

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