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Inteligencia emocional en la empresa: ¿Cómo llegar a ser jefe?

Te propongo un reto, imagina que eres la persona encargada de elegir el próximo director de tu propia empresa, de esa persona dependerá que todo mejore o empeore, para ello tenemos a los siguientes candidatos:

La persona A se destaca por su sagacidad, gran experiencia y nivel académico de maestría.

La persona B se destaca por sus habilidades de empatía, iniciativa, adaptabilidad y persuasión.

¿Quién será el mejor candidato para dicho puesto?

La respuesta vendrá más delante y es crucial que la conozcas si tienes planes de ascenso. Formas parte del departamento de RR HH o tienes una empresa. Por el momento te adelantaré dos palabras: inteligencia emocional.

Podemos decir que la inteligencia emocional es la capacidad de gestionar eficazmente nuestras emociones para lograr un óptimo desempeño con nosotros mismos y con las demás personas, esto a través de las competencias de la autogestión, la autoconciencia, la conciencia social y la gestión de las relaciones.

Y es aquí, donde nos podrían preguntar ¿y la inteligencia emocional qué relevancia tiene en las empresas? Yo diría MUCHÍSIMA. Comencemos mencionando el artículo “What makes a leader”, escrito por el psicólogo Daniel Goleman y publicado en la Harvard Business Review,  elegido como uno de los diez artículos de “lectura obligada” de sus páginas. Sobra decir que habla de la inteligencia emocional como la materia prima para poder crear un líder. Así mismo comparto que el libro “La inteligencia emocional” fue nombrado uno de los 25  más influyentes de gestión empresarial por la revista TIME. Ahora queda más claro la íntima relación que guarda la inteligencia emocional con las empresas.

Volviendo a la pregunta inicial, Goleman menciona en uno de sus libros que Robert Sternberg, psicólogo de la universidad de Yale, comparte la historia de dos estudiantes brillantes, Penn y Matt. Penn era un alumno brillante y creativo, de lo mejor que Yale podría ofrecer. El problema era que, como se sabía excepcional, tenía una “arrogancia increíble”, tal como lo expresó un profesor. Pese a su capacidad, ahuyentaba a la gente, sobre todo a quienes debían trabajar con él.

Sin embargo, leer su CV era algo impresionante. Cuando se graduó fue muy buscado, las principales organizaciones de su especialidad le ofrecieron entrevistarlo para algún puesto; siempre era el primero de los candidatos… al menos cuando se analizaban su CV, pero la arrogancia de Penn afloraba con demasiada claridad. Terminaron haciéndole un solo ofrecimiento de empleo en una empresa de segunda línea. Matt, otro estudiante de Yale, se desempeñaba en el mismo campo y no tenía la brillantez académica de Penn, pero era hábil con las relaciones interpersonales. Se hacía apreciar por todos los que trabajaban con él. De ocho entrevistas a las que asistió recibió 7 ofrecimientos de trabajo y llegó a triunfar en su especialidad, en cambio Penn fue despedido en su primer empleo al cabo de dos años. Penn carecía de lo que Matt poseía: inteligencia emocional.

Muchas familias han transmitido la idea que los estudios y las buenas calificaciones son la manera de triunfar en la vida, por ello quizás la idea de una persona con bastos estudios y experiencia nos pudiera parecer, de primera mano, la persona más indicada para ser un líder positivo dentro de una empresa y podría serlo, sin embargo, Goleman nos ha dejado claro que un líder resonante, más que estudios, experiencia e inclusive sagacidad, debe poseer habilidades como iniciativa, adaptabilidad, persuasión y empatía; habilidades blandas que comparte la gran mayoría de los líderes empresariales exitosos. En base a esto determinamos que el mejor candidato es la persona B.

Si quieres ser jefe, primero deberás ser líder y para ello las habilidades blandas son elementales.

Ahora ya sabes por dónde empezar.

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Me puedes contactar en mi correo personal: j.cabanas@lenguajecorporal.org

Comenta si te gustaría que hubiera más artículos sobre inteligencia emocional y lenguaje no verbal. No olvides, el valor de un día no se mide por cuánto cosechaste, sino por cuántas semillas sembraste.

 

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