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La ciudad que no se mira a sí misma

Recuerdo con cierta vergüenza la primera vez que usé el transporte público. Digo con vergüenza por dos motivos: nunca lo he utilizado a conciencia en mi ciudad (lo habré utilizado, acaso, cuando era un niño de 7 años y mi familia no tenía coche) y por el triste espectáculo que di al usarlo. Éramos un grupo de 5 o 6 norteños y norteñas, tomándonos una foto, de pie, sonrientes frente al vagón abierto, incrédulos ante la otra ciudad que se hunde bajo las entrañas de Guadalajara. No era siquiera el DF, ni Nueva York, Londres ni lo pienses, no. Era sencillamente Guadalajara.

Hicimos el viaje en el tren ligero rumbo a ningún lado. Nuestro destino era precisamente la experiencia de viajar, la de los empujones, arrimones, olores, miradas y enfrenones. Paraba el tren en alguna estación y nosotros corríamos para pasarnos a otro vagón, esperando que otro de los nuestros (siempre otro) se quedara cuando el cierre de puertas se vuelve irreversible. Goodbye, you sucker!, y las risas. Jugábamos, también, columpiándonos en los tubos para molestia de todas las señoras.

Ahora, en retrospectiva, nos recuerdo con ternura y aprecio en nuestra estupidez cierta inocencia, (pues tendríamos 16 o 17 años) y también recuerdo uno de los motivos secretos (¿motivos verdaderos acaso?) de nuestro bobo viaje: el ser testigos de la belleza femenina en Jalisco. El ver a la gente, a la gente de a pie, el construir en nuestra memoria una idea (sí, incompleta y fugaz, pero nuestra a fin y al cabo) del fenotipo tapatío. Terminamos el viaje, caminamos un rato por las calles vacías de Guadalajara (era domingo) y nos miramos. Anda wey, sí ando viviendo en Guanatos, <3.

También pienso: si quisiera mostrarle a un alien el fenotipo lagunero ¿a dónde lo llevaría? La respuesta es relativamente sencilla: a un juego del Santos. Pero este espacio no es público, y además está segregado por la dualidad sol/sombra, que se antoja a metáfora del espacio urbano lagunero. Fraccionamiento tras fraccionamiento, muro contra muro, auto contra auto, auto contra autobús, todos contra el ciclista, La Laguna es una ciudad segregada que no se mira a sí misma.

Hace falta un espacio donde los laguneros nos miremos los unos a los otros. Un espacio público digno, sea este una banqueta amplia, segura y caminable, sea este un transporte eficiente, atractivo para sus usuarios, donde no existan pretextos clasistas para no utilizarlo. O un barrio con uso de suelo mixto, donde la gente pueda hacer sus vidas sin tener que romper su perímetro palpable para viajar largas distancias, cosificándose en el auto.

Uno puede conocer mucho de una sociedad por cómo trata sus banquetas: la banqueta es el espacio del individuo en la ciudad. La banqueta es el espacio del sujeto, tanto como la avenida es el espacio del objeto –el auto– por lo que cuando no hay un espacio pensado para el individuo en lo público se le anula como ciudadano.

El resultado es evidente: Torreón es un metahotel. Torreón es una ciudad sin ciudadanos, sólo huéspedes. Lo peligroso de esto es que una ciudad que no se ve a sí misma (que no se descubre en su alteridad, que no se mira en el espejo: mujer ante el espejo, Picasso dixit) es una ciudad endeble y sin cohesión. Una ciudad en la que puede entrar fácilmente la violencia y el olvido…

Y también una ciudad torpe, fea, aburrida y nada, pero para nada, sexy.

 

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