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La corrupción la hacemos (casi) todos

Cuando salíamos a jugar a la calle, no queríamos que el domingo terminara. Realmente disfrutábamos correr, gritar, saltar, jugar. Llegaba el momento de dormir y nuestros padres nos hablaban para regresar a casa y prepararnos para ir al día siguiente a la escuela. El mundo de los adultos poco nos importaba.

En la primaria Dr. Jonás E. Salk, todos los lunes teníamos que hacer honores a la bandera y realizar el juramento. Jurábamos «ser siempre fieles a los principios de libertad y justicia». Los lunes eran también días de ahorro. Los maestros, lista en mano, nos llamaban a cada uno para recoger el dinero de la semana. En una tarjeta amarilla, del Banco Serfín, anotaban la cantidad: veinte mil pesos (20 nuevos pesos); a veces eran más y a veces menos. Al final del año, nos entregaban el dinero ahorrado; no recuerdo si nos pagaban intereses por la cantidad ahorrada. Como en toda familia, el dinero a veces no alcanzaba para pagar los estudios, se tenía que buscar el modo y entrar a una «pitarra»: si era familiar, era sin «cero»; si era comercial, pagaba uno el «cero»: primer abono en beneficio para el «pitarrero». Y para casos urgentes, había que buscar a la prestamista, pagando intereses de agiotista.

En el barrio, existían las cooperativas, las «conasupos», para adquirir los productos básicos; en las misceláneas siempre se compraba más caro. Las tortillas se compraban con «tortibonos». Y si queríamos algo fresco y barato, nos íbamos a La Alianza. Todo el día por la calle pasaban los «aboneros», buscando a los deudores de muebles en barata. No faltaban los que vendían ropa a la carta, cargando en sus hombros ropa de temporada. Si alguien quería algo bueno, tenía que ir a la Fayuca de los martes en La Rosita y si se buscaba algo más sofisticado, en la Vicente Guerrero; mi mamá siempre quería comprar todo en Cimaco y a crédito.

En la secundaria y en la prepa, no había ahorro ni cooperativas. Estudié la prepa en el CBTIS 4 de Lerdo. En ese tiempo empecé a conocer la corrupción: maestros que hacían rifas y sorteos sin premio, botellas de vino para pasar exámenes y semestrales… Sin ningún descaro, te daban un talón de boletos: «rifas» para el maestro. Como leyenda urbana, se comentaba que también se pagaba con sexo. En la prepa era raro cuando se juraba a la bandera. Como estudiante del Tecnológico de la Laguna, la situación se volvía más compleja. Las planillas lo arreglaban todo, según se quería. Era todo una grilla, y en el barrio pasaba lo mismo. Los partidos políticos lo controlaban todo: ayudas económicas, despensas, material de construcción, luminarias, tortillas, leche, uniformes, etc.

La corrupción se volvió parte de la vida diaria. Casi todo se arreglaba a base de moches. En el negocio familiar se tenía que pagar por algo: desde el inspector de salubridad hasta el que verificaba las básculas. Este tipo de pagos se volvían parte del gasto del negocio. Todavía veo a los inspectores por el centro, cobrando sin decoro, con recibos sin folio ni recibo de causante (RFC). En el tiempo de vacaciones de verano, en un trabajo temporal, llegué a falsificar firmas y documentos para diversos trámites ante el gobierno.

Cuando aún no existía tanta piratería, si uno quería una canción la tenía que grabar de la estación de radio de moda desde una «casettera». La ropa apenas se empezaba a piratear. Los «chinos» todavía no invadían nuestra región. Recuerdo que el último disco pirata lo compré en el Zócalo de la Ciudad de México, era estudiante de filosofía en la Universidad Intercontinental (UIC). Nuestro maestro de Ética, Motenehuatzin, nos explicaba con gran elocuencia el origen de la corrupción. No había dimensionado el daño que nos hacía como nación.

Empecé a estudiar el fenómeno de la corrupción y sus consecuencias en la sociedad. Me di cuenta de cómo había contribuido con mis acciones al fomento de la corrupción; no ha sido fácil salir de ese lastre. Las prácticas corruptas están muy enquistadas en nuestra sociedad. Casi no hay acción de nuestra vida que no esté manchada por la corrupción. En la política ni se diga, la corrupción es su gasolina. En varias ocasiones, como representante legal de una asociación religiosa, he querido abrir una cuenta de cheques. Después de llevar todos los requisitos para tal propósito, no lo logré; ya en confianza, al preguntarle al gerente de una sucursal bancaria del porqué de la negativa, solo me comentó que las iglesias éramos sospechosas de lavado de dinero. Me cayó como balde de agua fría.

¿Cuánto daño hemos provocado los que nos llamamos cristianos con nuestras prácticas corruptas? ¿En qué momento nos dejamos llevar por la tranza y la corrupción? ¿Por qué nuestra patria tan amada es una de las más corruptas de los países de la OCDE? ¿Cuándo dejamos de ser fieles a la libertad y a la justicia que le jurábamos a nuestro lábaro patrio? Nunca vamos a crecer como sociedad si no luchamos en contra de la corrupción. Como ciudadanos evitemos las prácticas corruptas que promueven una sociedad cada vez más pobre e injusta. Hagamos saber a nuestras comunidades y gobiernos municipales, estatales y federales que estamos hartos de tanta corrupción. Luchemos unidos para que en nuestras familias y negocios lo evitemos a toda costa. ¡México nos necesita para vivir en la libertad y justicia! ¡Basta ya de tanta corrupción e impunidad!

Rafael López, pbro.

Director de Buena Nueva, periódico de la Diócesis de Torreón.

@rafalosi

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