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Columnas

La generación de los quejosos

En una era de protesta general, hemos aprendido a reclamar por todo y a luchar por nada. Una sociedad resentida es densa, turbia y, por lo general, poco productiva. Entre más jóvenes somos, más pedimos que nos den; estamos creciendo con esta escuela de que las “cosas están mal” porque figuras externas a nosotros están actuando erróneamente, despojándonos de nuestros derechos, forzándonos a trabajar, a batallar, a sudar. Alguien nos insertó un chip en la cabeza que repite constante que “me – re – ce – mos”, que la vida ha sido injusta con nosotros, que las figuras de autoridad están siempre equivocadas, que el sistema no funciona, que la ciudadanía tiene que escucharme a mi, porque aunque soy muy chico yo sí sé cómo mejorar el mundo. No estoy diciendo que levantar la mano y la voz es un error, sino que para hacerlo debe recorrerse primero un camino en el que efectivamente se batalla, se trabaja y se suda mucho, solo así es que podemos entender el sitio donde estamos parados.

La semana pasada vi un video de una joven de 16 años que decidió dejar la preparatoria argumentando que el “sistema” no sirve para nada, decía además, que nuestras actividades no deben estar limitadas por la edad y que debemos empezar a hacer lo que queramos desde ahora. Querida Mars, para “hacer” tienes que tener sentido de responsabilidad, y cuando tienes dieciséis años, gran parte de esa responsabilidad se aprende en casa, y el resto, en la escuela.

Quien  diga que luchar por sus sueños es más fácil que estudiar o conseguir un trabajo, no está soñando de verdad, porque los sueños de vida no se alcanzan durmiendo, si no en un vaivén de emociones, de caminos, con momentos de desilusión terribles y otros en los que sientes tocar el cielo y cuando tu mano se rodea de nubes caes en lo más hondo del infierno.

No, no todo es fácil en la vida, no en la nuestra. Dejemos ya de homenajear a las personas que buscan ser famosos siendo idiotas, porque eso nos obliga a alcanzar el éxito de la misma forma. Seamos una sociedad que consume inteligencia, que consume trabajo, que consume amor.

Tenemos que empoderar nuestro trabajo, debemos sentirnos  recompensados, orgullosos, merecedores, por lo que somos, por lo que sabemos, por lo que hemos luchado, por lo que conseguimos. Marquemos la diferencia entre “generación de quejosos” y “generación de cambio”.

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