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La mejor herencia

Al llegar a casa…ya no estaba,  ya no llegaría más…la habitación de ambos le inundaba los ojos, ese rincón donde habían compartido risas,  alegrías y lágrimas, donde soñaron y lucharon juntos, ahora le ofrecía un sorpresivo legado.

Entre sus manos y su corazón encontró a detalle  cada parte que le había pertenecido, que fue suya, ahora se las entregaba una a una…

Le dejó tantas cosas, que sus manos apenas lograban sostener un poco de ellas, las demás…las demás vivían en su corazón.

Junto a la cama encontró un ramo lleno de sonrisas en complicidad,  sin importar la hora,  susurros al oído, de abrazos envueltos de carcajadas.

Se quedó con sus camisas impregnadas de buen humor, zapatos con pisadas de aventuras que ahora la llevarían a caminar sin miedo, sus pantalones de valentía, sabiendo que ahora su compañero de vida la guiaría con todas aquellas cosas que en su alma para siempre había dejado.

Le heredó grandes amigos, aquellos que en viejos tiempos rieron junto a él, amigos de corazones abiertos que habrían de tomar su mano paso a paso para acompañarla a caminar con fuerza y serenidad, aquellos amigos cristalinos, que dejaban ver la inmensa red que la detenía cuando parecía caer.

Descubrió tiempos hermosos, pero al abrir su cajón principal encontró simplicidad, amabilidad y un gran amor que ahora llevaba siempre consigo.

En su cartera había mucha fe en un futuro mejor y prometedor, había ahorrado mucha esperanza para que ella la usara en tiempos de oscuridad.

Su casa estaba impregnada del brillo de sus ojos y con sus prisas bien vividas porque su corazón sabía que aquí poco tiempo tenía y esa  fue la causa por la cual tanta entrega por ella siempre mostraba.

Ahora que se ha ido, le ha dejado la más grande herencia, el haber compartido su vida con ella, para poder así en su corazón y por el resto de su vida, dejar lo mejor de su presencia, su gran amor por la vida entera…

Entonces ella tomó sus regalos, firmó de recibido, con su rostro difuminado por el agua que parecía correr en ella, pero sonriendo al recibir su herencia, salió de su casa, agradeció en silencio, cerró la puerta, no sin antes llevarse la fotografía de ambos, para recordar que lo único que tenía que entregar a cambio era la promesa de que paso a paso, día a día, con aquella valía que tenía en sus manos, garantizaba sonreír y volver a ser plenamente feliz.

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