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La renuncia a los principios para justificar los fines, por Juan Ceballos Azpe

¿A poco no es cierto que la clase política se acuerda de los ciudadanos sólo en tiempos electorales y después, dejan de existir en la esfera de sus prioridades?

En campaña los buscan, les prometen y pretenden hacerles creer que ellos son su motivación para servir y mejorar sus condiciones de vida. Pasadas las elecciones, los ganadores, en su mayoría, se dedican a servirse a sí mismos, los perdedores a obstruir la labor de gobernar y ambos a prepararse para los próximos comicios. Las promesas de campaña se olvidan y los ciudadanos dejan de tener valor… hasta la siguiente elección.

Hace casi un siglo, en 1919, Max Weber, sociólogo alemán, publicó en La política como vocación, los dos tipos de ética entre los políticos: la de convicción, que actúa bajo principios, y la de responsabilidad, que toma en cuenta las consecuencias de sus actos; sin embargo, nuestros políticos mexicanos no se ajustan a ninguna de las dos porque actúan en sentido contrario a lo que dicta la ética política: ’cumplir sus promesas; no tener dietas exageradas; no gastar fondos públicos en lujos; no favorecer a su partido o sus amigos; y no anteponer el interés privado al interés público’.

Sin distinción de siglas partidistas, la mayoría de los políticos manipula la ley a conveniencia y al reclamarles su falta de moral, se escudan bajo la consigna: es inmoral, pero no es ilegal. El filósofo alemán Emmanuel Kant planteaba que la moral y la política se excluían mutuamente: ‘quien desee conducirse con ética no debe dedicarse a la política y quien sí lo haga, debe enterrar sus principios en un pozo tapado’. En La divina comedia, Dante separó a dos tipos de ladrones: los que roban cosas y los que traicionan la fe de sus gobernados, que son los peores.

En México las convicciones se transan por conveniencias: el PAN, adalid de la derecha, nació en 1939 apoyando la dictadura de Franco y tomó a Hitler como ejemplo de valentía; es conservador y, por ende, antiliberal; antepone las convicciones católicas sobre los derechos de la mujer al aborto y de los homosexuales, pero no tiene empacho en aliarse al PRD, de izquierda, que sí defiende esos derechos. El PRI no es de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario, como diría Luis Echeverría. Se acomoda a los signos de los tiempos, por eso su vigencia en casi 90 años. Y Morena es ejemplo de pragmatismo oportunista: todos los tránsfugas tienen cabida.

Nuestra clase política hace suya la clásica frase del genial comediante Groucho Marx: Aquí están mis principios; si no le gustan, tengo otros. Así, mientras los principios ideológicos sean endebles y los fines de la clase gobernante sean el poder político y económico, el servirse en lugar de servir y la lealtad a las conveniencias partidistas en detrimento de las convicciones cívicas, los ciudadanos seguiremos siendo mudos e impotentes testigos de esta tragicomedia nacional, hasta que las grandes mayorías se decidan a romper el paradigma de los políticos que renuncian a los principios… para justificar los fines. ¿A poco no…?

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