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La resistencia

Entre los trabajadores de la migración –me refiero a los que han sido colaboradores de albergues migrantes– hay una especie de consenso en cuanto al papel del territorio mexicano en el éxodo americano: México no es destino, es filtro. Hecho de montañas, desiertos, ríos, sol y, –evidentemente– mexicanos. Este territorio nuestro representa una verdadera odisea (pero en esta no hay regreso a Ítaca, sino solamente olvido, un desolador salto al abismo) para el centroamericano. Sólo los más aptos cruzan, el resto se quedan. ¿Y quiénes son los más aptos? Los más fuertes. Los que pudieron contra su hermano. En esta interpretación y ejecución fatal de una de las ideas de Darwin, México, en el fenómeno de la migración, es un campo de exterminio y de adoctrinamiento del capitalismo más salvaje.

¿Y no es esta, con la proporción guardada, la misma situación del mercado laboral? ¿No somos nosotros, futuros profesionistas, el objeto que cotizan las industrias? Nuestra fuerza de trabajo está puesta no en nuestra fuerza física, ni siquiera en nuestra fuerza mental, sino en nuestra relación con el privilegio. Además, contrario a lo que sucedió en la mayor parte del siglo pasado, en la que la subordinación sucedía exclusivamente durante las horas de trabajo (lo que significaba la separación de espacios) ahora la subordinación se ejerce sutilmente, de maneras más complejas y estables en el tiempo, puesto que con la tecnología la frontera entre espacio laboral y hogar es cada vez más difusa.

En cuanto al privilegio, aquellos que lo tienen buscan preservarlo ad infinitum, y se forman redes para preservarlo. El privilegio tiene sus componentes materiales y simbólicos: lo material se traduce en capacidad adquisitiva. Lo simbólico se traduce en la capacidad de ejercer poder sobre el otro. Precisamente estas redes de poder, bien constituidas y consolidadas entre aquellos que lo ejercen, son las que brindan estabilidad al paradigma actual. Ellos eligen a quien darle un pedazo del privilegio, a quienes invitar a comer a la mesa grande.

He ahí la creación de la fantasía a la que aspiramos todos, y que se inocula vía la publicidad y el consumo: Puedes comprar el privilegio. En una sociedad de consumo, la situación para el opresor es inmejorable. Si el consumir sólo es posible con moneda, yo seré el que otorgará la moneda, dicen los que generan el consumo. El esquema laboral, lejos de ir dirigido exclusivamente a los bolsillos de los empleados, está dirigido a la psique, a nuestros deseos.

No miramos la fotografía completa. Lejos de culpar los mecanismos que se ejercen sobre nosotros, nos culpamos entre nosotros. Prueba de ello es el ascenso de los populismos proteccionistas, el llamado efecto Trump, que nos han puesto los unos contra los otros. El enemigo es el otro, y nos desorganizamos, mientras que ellos se organizan para mantener el poder.

El capitalismo nos quiere solos y alienados para que busquemos cobijo dentro de su maquinaria de poder. Hay que ir con escepticismo frente a lo que nos ofrecen desde una posición de privilegio. Hay que saber leer los discursos, y deconstruir los significados, símbolos, ideas, instituciones y mecanismos que se relacionan con nosotros, y ver si no es más bien una invitación a enemistarme con los demás.

La posición verdaderamente revolucionaria hoy en día es buscar el bienestar del otro. La amistad es la manera de salir de la condición de explotación actual, dice el filósofo Franco Berardi. La amistad es un poco lo contrario al poder: se ejerce también, pero no hay dominación, sino conversación. El hombre está solo y cae, inevitablemente, en un vacío lleno de olvido. Eso quieren que sintamos. Pero la vida no es absurda: la vida, hoy día (es decir siempre), es resistencia, es la búsqueda de la libertad.

Ahí está la resistencia posmoderna: el buscar lazos entre disciplinas y entre personas para crear espacios seguros y perdurables que avancen frente a las alianzas de conveniencia, y por tanto, con fecha de caducidad, creadas por los opresores, para apropiarnos de las relaciones de poder torno a nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestra tierra: lo más importante que tenemos, lo único que tenemos.

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