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La violencia nuestra de cada día

Algunos laguneros piensan que la violencia empezó hace poco tiempo. Yo la he visto desde mis primeros años. Como lo dije en mi anterior colaboración, nací en la Calle Melodías, en una colonia al poniente de Torreón, en el famoso Cerro de la Cruz. La calle Melodías tenía música y diversión, pero diariamente la destruía la violencia sin razón.

Los «marihuanos» eran las personas que estaban en la esquina de Melodías y Av. Libertad. Se la «tronaban» con bastante ahínco, hasta llegar a «quemarle la cola al diablo», como ellos lo repetían. Pero también se la tronaban los albañiles, los panaderos y hasta uno que otro jugador del vado, en pleno juego de temporada se echaba su buen churro de marihuana. «Voltiése pa’llá, muchacho, no le vaya a gustar al rato», nos decía el Cheyenne, antes de lanzar su entrada estelar, los domingos por la mañana.

Nunca fumé marihuana, pero reconocía su olor cuando la quemaban. Los más fregados, no fumaban esa hierba tan sonada. Lo de ellos era el thinner o el chemo; con sus bolsas en las manos, andaban pero bien contentos. Los pleitos de las pandillas eran con frecuencia lo que irrumpía el tranquilo barrio de la Calle Melodías. Nunca faltaba el borracho golpeador, el que buscaba pleito o el que a todos se las hacía de cuento.

Tampoco faltaban las peleas entre nosotros los pubertos; los de arriba contra los de abajo, nos traíamos harto descontento. Los de arriba por pobres, los de abajo por ricos, total, que el pleito era canijo. Me acuerdo de una ocasión en la que duré varios días sin salir a la calle, le había quebrado al «Paco» un trompo de mezquite, en el mero hocico por bocón. ¡Y cómo olvidar a mis primos mayores! Nos cuidaban con gran empeño, al más grande de todos le decíamos «El Caballo», por fuerte y bravucón, él siempre nos defendía de cualquier aprovechado y abusón.

El más temido de aquellos tiempos era el tal «Güero Mocos», nunca supe cuál era su nombre verdadero. Tiraba sus piedras desde lo más alto del Cerro, ese era su territorio para el que buscaba pleito. Siempre llegaban las «perreras» para calmar a los violentos, eran camionetas con cabina cerrada, azul y blanco, con todos los cristales y torretas protegidas para resguardarse del ataque de las pandillas del momento.

Así crecimos, llenos de violencia y descontento, entre cantos, piedras y chemos. Yo no me había dado cuenta de que era violento hasta que en el Seminario me regañaron por hacerla de cuento. Descubrí que la violencia uno la lleva adentro. Muchos de los niños y jóvenes con los que crecí murieron por eso, unos inclusive mataban sin miramientos. Yo no me trago el cuento de que la violencia es de estos tiempos, porque yo la viví desde niño en aquel barrio polvoriento.

Un día por la tarde, el 20 de junio del 2014, me hablaron con mucha tristeza, que habían matado a dos de mis primos de un balazo en la cabeza. Sentí mucho dolor, mi estómago se revolvía de impotencia. Llegué a casa de mis tíos, en la Colonia Las Julietas, abracé al «Caballo», le di mis condolencias. Caminamos por la Calle Torreón rumbo a la iglesia; yo le pedía a Dios que se acabara tanta violencia.

La violencia genera más violencia, la muerte destruye la convivencia. Está en nosotros ser constructores de paz y ciudadanía, pues también de nuestro interior es donde nace la paz y la armonía. Sigamos trabajando para erradicar de nuestras vidas, y de nuestra ciudad, todo aquello que nuble nuestra alegría.

 Rafael López, pbro.

Director de Buena Nueva, periódico de la Diócesis de Torreón

@rafalosi

 *El autor de esta columna tiene 40 años: 20 años vivió en la Calle Melodías y 20 años los ha pasado dentro de la vida religiosa.

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