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Sin poner mucha atención, sin asomarme siquiera en Google al vaticinio meteorológico, toda la semana oí hablar sobre el frío que nos caería el viernes 8. Supe que nevaría, pero en general no soy muy previsor en casos de clima ni me hago muchas ilusiones cuando se habla de nieve por acá. Es, para nosotros, un fenómeno tan esporádico que me ha tocado apenas un par de veces en la vida: el que todos recordamos, el del 12 de diciembre de 1997, y el de ayer, que fue espectacular.

Ya en la madrugada del viernes dormí algo incómodo por una gota recurrente que caía de alguna canaleta en el patio de mi casa (que no es particular, sino colectivo). A eso de las tres de la madrugada me asomé para comprobar si era cierto lo de la nieve. Y no, a lo mucho vi que las superficies tenían una cutícula de hielo, no esa hermosa felpa blanca que dejan las nevadas. Volví a la cama y el insomnio me mantuvo atento al sonido del exterior durante al menos una hora. Otra vez caí dormido hasta que a las 6:30 sonó el despertador. Ya no quise asomarme a la ventana: un vago temor de que no hubiera nada me obligó a esperar, a terminar de arreglarme y salir para ver si sí o si no.

A eso de las 7:30, ya con algo de luz, contemplé la calle: el panorama era espléndido, tanto que mi cuadra no parecía mi cuadra, sino una foto de almanaque de esos que todavía vemos en las fruterías. Me sentí canadiense al quitar con un pedazo de cartón la capa blanca acumulada en los vidrios de mi coche. Luego lo calenté bien y recogí a mi hija para llevarla a la escuela. Le dije que no era recomendable ir, pero arguyó que tenía exámenes. Yo quería ver su reacción: en el camino iba maravillada, no daba crédito a la belleza de la nueva escenografía urbana. Llegamos a la escuela, bajamos del coche y lo primero que hice fue tomar un puño de nieve y arrojárselo; ella me respondió. No pudimos resistir la tentación, jugar a esos disparos que sólo habíamos visto en las películas. La escuela estaba cerrada y regresamos a casa.

Antes de partir a mi trabajo nos hicimos unas fotos. Mi segunda hija, ya de vacaciones, también salió. Luego las aleccioné: arrópense bien y salgan a tomarse fotos aunque yo me vaya al trabajo, no dejen pasar esta oportunidad.

Un rato después me mandaron varias imágenes. Vi la sonrisa de mis hijas, su gusto de saber que-estaban-en-la-nieve. Luego vi en las redes sociales eso mismo o algo parecido en muchos de mis contactos laguneros.

La nevada de ayer nos hizo el día. Somos lagartijas del desierto, cómo no nos íbamos a emocionar con tanta blancura.

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