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Las playas de Cataluña

La primera vez que leí a Roberto Bolaño fue en el verano de 2011, en Torreón, en donde cursaba estudios de preparatoria a la edad de dieciséis años. El libro en cuestión era Los detectives salvajes. Yo ignoraba entonces que esa novela era parte de una supuesta trilogía mexicana (compuesta por El espíritu de ciencia ficción, novela de iniciación situada en la ciudad de México, 2666, novela sobre la maldad situada en el norte de México, así como Los detectives salvajes, evidentemente un thriller, situado tanto en la Ciudad de México como en el norte de México), pero esa ignorancia o ese vacío o esa dejadez bibliográfica, que sólo podía ser achacada a mi extrema juventud, no restó un ápice del deslumbramiento y de la admiración que me produjo la novela.

Después de esa novela quise leerlo todo. Simbolistas franceses. Poetas rusos. Novelistas americanos. El boom latinoamericano. Homero, Ovidio, Arquíloco. A esos poetas que arden como soles negros perdidos en el infinito. Y, por supuesto, quise leer más de Bolaño. Pero cuando leí el primer párrafo de Los detectives salvajes (He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así) él ya llevaba unos 8 años muerto.

 Seis años después, por un motivo u otro, me encontré en la posibilidad de ir a visitar a su fantasma, que imagino ahora habita en la bahía de Blanes, donde su esposa y sus hijos esparcieron sus cenizas.

 El tren estaba lleno de inmigrantes; en la inmediatez de mi asiento vi a una pareja de venezolanos desesperados, a una familia musulmana, a una mujer que adiviné heroica y argelina acompañada de sus hijos, a un grupo de obreros asiáticos, y entre ellos, yo, todos viajando rumbo a algún pueblo de la Costa Brava en un atardecer anaranjado y frío. Frente a mí estaba sentada una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Tenía la piel bronceada, de un tono oliváceo que sólo pueden tener las mujeres que toman el sol en el mediterráneo. Llevaba una falda de terciopelo negro, una blusa sin hombros negra que hacia lucir su cuello como una escultura, y unas botas negras. El pelo, castaño y rizado, lo llevaba recogido en un bello alboroto. Gozaba del tierno arrebato de una mujer desvelada: en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol, Agustín Lara dixit.

Ella había subido al tren en la estación Plaza Catalunya y supuse que sería alguna de las miles de muchachas hermosas que hay en Barcelona y que saben a dónde hay que ir de noche. Pero no. El tren atravesó Barcelona y Badalona; el mar apareció en la ventana (el puro paisaje de los buenos), y yo me puse a rezar por que ella se bajara conmigo en Blanes.

Pero la vida no es muy seria en sus cosas. No recuerdo dónde se bajó. ¿Premia de Mar, Mataró, Arenys de Mar, Canet de Mar, Malgrat de Mar? Los nombres de los pueblos parecen el sueño de los marineros catalanes. Una canción que suena cuando piensan en sus esposas o en sus hijos. En cualquier caso, la mujer de terciopelo negro había desaparecido y yo me bajé en el final de la línea R1 de los Rodalies de Catalunya: El puerto de Blanes.

Llegué a Blanes cuando el sol ya se había metido. La estación del tren está a algunos kilómetros del pueblo, por lo que tuve que tomar un autobús al centro. Había alquilado una habitación en un departamento cercano a la playa. Tras deambular por las calles y pedir un par de indicaciones a la gente que estaba tomando la brisa (¿pero qué coño hace un mexicano aquí?, adivino) pude llegar a mi habitación. Los dueños del departamento, una simpática pareja de ilustradores, me dieron la bienvenida. Aquí está tu cama, aquí está el baño, aquí está la cocina, dijeron ellos. Dónde hay un bar, dije yo, y me dieron un mapa de Blanes con las mejores cantinas debidamente señaladas.

El departamento estaba a cuatro calles de la playa. A pesar de que no era muy tarde, yo era el único en el malecón. La noche estaba fresca y estrellada, y tiritaban, azules, los astros a lo lejos, por lo que apure el paso para refugiarme en La Taberna de N’Esteve. De regreso me senté frente al mar y encendí un cigarrillo. Grabé el sonido de las olas. Mira, así suena el mediterráneo, le escribí a una amiga, y le mandé el audio. Es de mis sonidos favoritos en la vida, me respondió ella. El mío también, el mío también, pensé yo.

Blanes es un pueblo grande o ciudad pequeña que sirve de lugar de descanso para los obreros europeos. No es un lugar demasiado elegante, pero está impregnado de buen gusto. No hay resorts all-inclusive, no hay edificios de veinte pisos. Hay un par de campings y bungalós, discretas pensiones frente al mar, una pequeña sección de restaurantes con terrazas que sirven vino y cerveza fría, y una calle llena de cafés. En la Biblioteca Comarcal encontré un folleto con una especie de ruta. La Ruta Bolaño, de diecisiete estaciones distribuidas cronológicamente. Las visité todas: la estación del tren, una tienda de bisutería devenida en frutería, un bar que servía de picadero para los adictos al caballo (así le dicen a la heroína en la Península Histérica), un videoclub abandonado, su antigua casa, el malecón, y una librería, donde encontré el primer rastro de su presencia en Blanes. Ahí lo habían conocido, en la librería Sant Jordi, regenteada por dos personas. Uno era un tipo muy bolañiano: parecía estar al borde de un colapso mental, pero como si el colapso mental fuera casi tan molesto como la picadora de un mosquito. Tenía las manos llenas de algo que parecía tinta china, y no dejaba de sobarse un brazo. Me dijo que Bolaño iba cada semana, que leía mucho, muchísimo, siempre algo diferente, pero su género favorito era la novela negra, que leía en especial a Don DeLilo, pero que también leyó mucho a Kerouac y a Bukowski. También me dijo que Roberto tenia una voz muy fría, que parecía escritor, de esos que se sientan a observar a la gente.

La otra persona de la librería era una señora de unos 50 años que me pareció la dueña del lugar. Ella me dijo que Roberto, siempre que iba por su hijo al colegio. se pasaba por la librería. Que hacia su vida normal.

También encontré rastros de él en una tienda de juegos. Jocker Jocs, regenteada por Santi Serramitjana.

—Ah, con que Roberto, ¿eh?, Roberto fue mi amigo —me dijo—, venía diario a platicar. De todo. Si no sabía de un tema se inventaba cosas. Pero venía aquí en primer lugar por que disfrutaba mucho los juegos de guerra. Yo antes tenía un área de War-Games y Roberto podía pasarse hasta tres horas viendo las cajas y leyendo manuales.  Era un buen tipo, no se metía con nadie. Sí que leía muchísimo. Cuando al fin publicó algo, me autografió varios libros: La senda de los elefantes y La pista de hielo. Yo no les entendía. Y es que él me dijo que a su obra se entra por Los detectives salvajes. Ah, y esa novela larguísima que tiene… 2666, sí, yo le presté un atlas de Estados Unidos cuando la estaba escribiendo. Aquí nadie lo conocía, a pesar de que es un genio, o casi un genio. Siempre viene gente como tu a buscarme. Me he vuelto un poco famoso, es que aparecí en un documental. Han venido desde poetas sicilianos que me dijeron que la obra de Roberto les había mostrado la luz, hasta chicos noruegos que no pueden viajar sin llevar con ellos un libro de Roberto. A él, creo yo, le daría risa todo esto. La fama le deba igual. La gente de la prensa, de la tele, de la radio, lo invitaban a programas, pero él les decía: si quieren hablar, que vengan a verme a Blanes. Él era un tipo muy humilde. Hacía su vida austeramente.

Después de una conversación corta pero apasionada sobre la independencia catalana (nosotros también somos colonia española, me dijo. La independencia se puede, por las armas, pero se puede, le respondí) salí de su local. Santi parecía extrañar a Roberto.

Hacia el final de su vida, que también fue el punto más alto de su carrera, Roberto se mudó con su familia a una de las calles principales de Blanes. A lado de su casa está la papelería Bitloch, donde iba a comprar el periódico. Pude platicar con el dueño.

—Sí, Roberto. Hasta después de su muerte nos dimos cuenta de que había estado un grande entre nosotros. La obra de Roberto me parece para gente que ha leído mucho, yo nunca he podido terminar ése libro de los detectives… ¿cuál era su título?

—Salvajes, Los detectives salvajes.

—Sí, ése. Ya van dos o tres veces que lo he empezado… y no. También he leído

Llamadas telefónicas y el de Cartas de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, pero no me gustaron.

—¿Por qué no lee Estrella distante? Es una obra corta y buena.

Tomó un papelito y anotó el título. No pude evitar sonreír.

—Muchas gracias. Es evidente que usted no es de aquí, ¿es chileno? No, me suena a que es de México. ¿Vive en el DF?

—No, vivo en el norte de México. Y muchas gracias por su tiempo —dije, y salí del lugar.

Ya era de noche. A unas cuadras de la papelería queda el último estudio de Roberto. Una habitación en un segundo piso de un edificio elegante y oscuro. El lugar donde se escribió 2666, novela que Roberto hizo con un pie prácticamente en la tumba. La dejó inacabada. Una novela-río de más de mil páginas con una densidad de agujero negro. No creo que pueda escribirse una novela de ése tipo de otra forma. Había que escribirla así: moribundo. Aferrándose a los últimos momentos. Sujetado a la literatura como quien se sujeta a la mano de un amigo que no nos deja caer al abismo. Me senté en una banca de un parque. La calle estaba muy transitada. Muchachos y muchachas caminaban por la calle, algunos con latas de cerveza en la mano, otros riendo, dándole caladas a un cigarrillo de marihuana. Imaginé a Roberto asomándose por el balcón, fumándose un cigarrillo, sonriente, pensando que esos muchachos y muchachas parecen héroes griegos o romanos, justo como él hace años, caminando por la avenida Reforma de los años 70’s.

Poco después salí del parque y a la mañana siguiente me marché a México.

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