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Los escándalos de la Iglesia Católica Mexicana

Hace unas semanas, los que trabajamos en los medios de comunicación en las diócesis de México recibimos una invitación por parte de la Comisión Episcopal para la Pastoral de la Comunicación (CEPCOM) y la Secretaría General del Episcopado Mexicano (SEGECEM), para participar en el «Seminario de vocería y manejo de crisis»; la cita era para la última semana del mes de marzo en Lago de Guadalupe, en la casa de los obispos de México, ubicada en el municipio de Cuautitlán Izcalli.

Éramos más de cincuenta participantes, representando a más de 40 diócesis y arquidiócesis del país y el encargado de comunicaciones de la Arquidiócesis de Nicaragua. Hombres y mujeres, provenientes desde Mérida hasta Nogales y de Veracruz hasta Culiacán, la mayoría sacerdotes, muy pocas religiosas y laicos. Desde el pasado encuentro nacional que se había llevado a cabo en la ciudad de Torreón en el año 2011, no se había realizado un taller enfocado a la tarea del vocero y el manejo de crisis dentro de una institución eclesiástica.

La semana de trabajos fue abierta por Mons. Alfonso Miranda, secretario general de la CEM, donde nos planteó los retos que tienen los obispos para los próximos años y las diferentes problemáticas a las cuales se están enfrentando como pastores de un pueblo que cada día espera más acciones concretas de sus guías en torno a los temas de justicia social, migrantes, lucha contra la corrupción e impunidad, abusos sexuales por parte del clero, etc.

Fueron unos días muy intensos debido a que durante esa semana, habían privado de la vida al padre Felipe Altamirano, de la Prelatura del Nayar, y secuestrado al padre Óscar López, religioso de la Diócesis de Tampico. Anterior a esa semana, la Diócesis de Piedras Negras había emitido un comunicado donde informaban sobre la situación del padre Juan Manuel Riojas, quien era el rector del Seminario de esa diócesis y acusado presuntamente de abuso sexual de algunos seminaristas.

Al transcurrir de los días, los expositores nos plantearon nuevas estrategias para enfrentar las diversas crisis que se presentan en nuestras iglesias particulares y cómo manejarlas desde las oficinas de comunicación. Estrategias, comunicados, ruedas de prensa, entrevistas, boletines, implicaciones jurídicas, hasta la actuación de los ministros de culto en tiempos electorales, etc., todo un cúmulo de teoría y práctica para enfrentarlos con profesionalismo y, principalmente, como hombres y mujeres de fe.

Pero había algo que rondaba en los pasillos de la casa de retiros y que muchos lo platicamos abiertamente en los espacios de diálogo y convivencia: no cometeremos los mismos errores de siempre. ¿Cuáles son esos errores? Cuidar la imagen de la institución y no velar por los derechos de las víctimas y los más débiles. No se puede seguir protegiendo a un delincuente; la así llamada «cero tolerancia», que desde el Papa Benedicto XVI se ha querido implementar en toda la Iglesia católica, resonaba en todos nuestros diálogos.

Algunos piensan que la Iglesia católica no ha actuado de manera evangélica ante los casos de escándalo de algunos de sus miembros. Y muchas veces tienen razón. Muchos de nuestros fieles esperan que se actúe de manera clara y firme. A mí me lo han comentado de manera personal: ¿Qué esperan para actuar, padre? ¿Por qué protegen a los curas? Inclusive, ha habido personas que han llegado a las oficinas del obispado exigiendo que denunciemos la actuación de un cura de nuestra diócesis; en las redes sociales, de manera privada y algunos públicamente, denuncian a algunos miembros de nuestra Iglesia, pero sin aportar ninguna prueba, solo rumores, sin ningún argumento claro para iniciar un proceso judicial.

Los escándalos han hecho mucho daño a la Iglesia católica, muchos de ellos han propiciado una crisis de fe y el abandono de la práctica religiosa. Cuántos hermanos nuestros, hombres y mujeres, niños y niñas, han sido lastimados en lo más profundo de su ser por la maldad de un hombre o una mujer consagrados a Dios. El Papa Francisco ha dado testimonio de que no se tolerarán más abusos por parte de ningún miembro de la jerarquía, hasta los obispos negligentes serán sancionados de manera ejemplar.

El clima de ese encuentro fue esperanzador. Hablamos de casi todos los casos que se han presentado en nuestra iglesia mexicana. Todos los participantes nos llevamos una tarea, hablar siempre con la verdad y buscar el bien de nuestras comunidades. Las víctimas, especialmente los menores y sus familias, merecen todo nuestro respeto, cuidado, ayuda y protección. Los miembros de la jerarquía que han cometido un delito tienen derecho a un debido proceso, pero jamás la protección o el encubrimiento institucional.

Rafael López, pbro.

Director de Buena Nueva, periódico de la Diócesis de Torreón.

@rafalosi

 

 

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