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Columnas

Los terremotos y la comunicación de hace 32 años y la de hoy en día

Siempre tengo varias ideas para relatar cada fin de semana, le doy vueltas al asunto varias veces, hasta que decido lo que quiero escribir. Esta semana no le di vueltas al asunto, ya que lo vivido y muy visto por todos durante al menos cinco días, es lo relacionado con los terremotos que han azotado a nuestro país.

Créanme que no es para nada lo mismo vivir la desgracia desde lejos, a vivirla en el momento y lugar preciso. Se podrán imaginar tal vez que todos los habitantes de las zonas afectadas comúnmente por temblores y terremotos, están habituados a esto y que a pesar de las grandes desgracias ocasionadas por estos movimientos telúricos, los mexicanos afectados siguen su vida así, como así. Permítanme decirles que esta servidora, que nació y vivió en la Ciudad de México por al menos 55 años, nunca se ha acostumbrado, ni se acostumbrará a esta clase de eventos. Tengo la fortuna de no haber presenciado este último temblor, que ha dejado sin hogar a muchísimas personas, que le ha robado la vida a tanta gente, que ha desaparecido a tantos y que nos ha dejado con una estela de enorme dolor.

En el terremoto del 19 de septiembre de 1985, las cosas se vivieron de manera diferente, la población no se enteró tan rápido de lo acontecido, muchos, la mayoría, no sabían de las magnitudes de este fenómeno; les contaré que yo estaba dándome una ducha en casa, mi pequeña hija que en aquel entonces tenía tres años cuatro meses estaba dormida todavía y más tarde la llevaría a la guardería, ya que yo entraba a trabajar a las 8:30 de la mañana y pasaría a dejarla antes de llegar al trabajo. Me di cuenta de que se iniciaba un temblor de magnitudes nunca antes sentidas, porque los movimientos me hicieron trastabillar en el baño y por poco me caigo, me sentía muy mareada, sentí cómo los movimientos hacían crujir las paredes y por un momento sentí que la casa se podía caer. Salí del baño de inmediato, me envolví en una gran toalla y saqué a mi hija de la cuna, bajé las escaleras trastabillando y chocando con la pared y el barandal; abrí la puerta y ya todos los vecinos estaban afuera; ahí me quedé todo el tiempo hasta que el temblor terminó.

Debo decir que nunca dejé de pensar en mis dos hijos que iban rumbo a la escuela, que estaba como a media hora de casa, su papá los llevaba todos los días y de ahí se iba al trabajo, así que, al acabar el temblor, por un momento pensé que eso había sido todo, los radios y los canales de televisión estuvieron por un rato fuera del aire y ya no nos enteramos los vecinos y yo de lo que realmente había pasado en la ciudad y en el Estado de Jalisco principalmente, lugar donde había sido el epicentro.

Mi casa no sufrió nada, las de los vecinos tampoco, por lo tanto pensamos que todo había acabado en este sentido y cada quien siguió con sus actividades. No le di más importancia, me vestí, arreglé a mi pequeña y salimos, ya no la llevé a la guardería, la dejé con una vecina y me encaminé al trabajo. Me llevé una sorpresa enorme, en el camino me encontré con dos edificios caídos, llegué a las oficinas donde trabajaba y todos comentaban lo difícil de haber vivido un temblor de esa magnitud. Otra de las sorpresas que viví fue que muchos de los archiveros se habían caído en la oficina y que muchos documentos estaban por doquier. Traté de hablar por teléfono a la escuela de mis hijos, me costó mucho trabajo comunicarme, después de como dos horas por fin contestaron y pidieron que fuéramos por ellos, no pude comunicarme con su papá, es claro que él no pudo llegar a su trabajo y no había forma de comunicarnos. Nos dijeron a todos los empleados que nos retiráramos a nuestras casas, que la ciudad había sufrido muchísimos daños y que estuviéramos pendientes de nuevo aviso.

Recogí a mis hijos de la escuela, en el trayecto de mi trabajo a la escuela, pude constatar una gran cantidad de edificios dañados y caídos, no lo podía creer, además ya la gente platicaba de los daños por toda la ciudad; yo sólo había recorrido un poco del sur, zona que no había sido devastada como las zonas del centro, y en especial la zona de la Colonia Roma. Le llevó varias horas a la propia población de la Ciudad de México darse cuenta del daño causado y también le llevó mucho tiempo estar junto a la familia, no era tan fácil enterarse de lo que había sucedido. Fue muy difícil digerir todo lo acontecido, enterarse de los parientes y de cómo estaba cada uno de ellos.

Casi cada familia perdió a un ser querido en esta tragedia, en sus trabajos, en sus casas, en las escuelas, en su tránsito hacia algún lado, etc. Nuestra familia perdió a una de mis primas, quien junto con su pequeña fallecieron al caer y explotar el edificio donde vivían, mismo que estaba justo enfrente del Centro Médico Siglo XXI, sus cadáveres nunca fueron recuperados. Todos los cuerpos encontrados y rescatados se llevaban al Parque Delta (antiguo parque de béisbol, hoy el Centro Comercial Delta).

Con lo acontecido en este 19 de septiembre del 2017, me sentí identificada con la población de las zonas afectadas, sobre todo con la población de la gran ciudad; con todos aquellos que se quedan sin hogar, que se quedan sin algún, o algunos familiares, o seres queridos, es un gran dolor y eso no se cura rápidamente.

La única ventaja en la actualidad, es que los medios de comunicación son mucho más rápidos y que hay una gran variedad de formas para comunicarse con quienes uno conoce y una forma de saber lo que ha pasado a los alrededores.

Uno de los enormes miedos que siempre he tenido es el miedo a los temblores y por consiguiente a las alturas, sé muy bien que ya no volveré a vivir en un edificio con muchos pisos y mucho menos en la Ciudad de México, tal vez regrese algún día, pero no viviré en las alturas de nada. Tampoco subiré sólo con el fin de ver los paisajes, mucho menos trabajaría o visitaría a alguien en un edificio de esa naturaleza. Los temblores y las alturas me ponen histérica.

El haber vivido todo esto y muchos temblores más, me permite estar simbólicamente en el lugar del otro que lo ha vuelto a vivir, o que lo ha vivido por primera vez. No puedo estar con ustedes físicamente, personas que conozco y personas que amo tanto, pero desde la distancia los tengo siempre en mi mente y en mi corazón, sepan que acá, en Torreón, Coahuila, tienen una casa a la que pueden llegar cuando quieran, son bienvenidos. Espero que al menos al saber que pueden mudarse momentáneamente, o para siempre, pueden llegar con alguien que los apoyará para el reinicio de sus vidas en todos los sentidos.

¡¡¡Aquí estoy a sus órdenes cuando lo necesiten!!!

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