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El futbol es ya una fuente importante de literatura. De no ficción principalmente —reportajes, ensayos, biografías…—, pero también de ficción, es decir, de textos que apoyan su valor en el plano de lo estético, de lo imaginativo. En este caso último se encuentra Once cuentos rusos (Ficticia, México, 2018, 164 pp.), libro colectivo que, como su título advierte, convoca una alineación de once jugadores sobre la cancha de papel, equipo armado por el narrador y DT Marcial Fernández.

No es el primer libro futbolístico de Ficticia. De hecho, este sello tiene una “Biblioteca del Futbolista” que sin duda es el emprendimiento mexicano más serio en la materia. Entre otros, han publicado aquí el entrenador argentino Ángel Cappa y al ex portero mexicano Félix Fernández Christlieb, y la colección ha sabido deambular entre los géneros del ensayo, la crónica, la memoria y el cuento.

El más reciente título de la mencionada biblioteca es otra buena muestra de lo viable que es el pretexto del futbol para narrar historias. Esto lo digo como adicto al futbol, pues supongo que los cuentos de este libro son más disfrutables en la medida en que el lector es igualmente pica del asunto. No significa, sin embargo, que quien se sienta ajeno a tal gusto vaya a encontrar indignos los relatos contenidos en el racimo. La explicación de esta certeza, lo he dicho siempre, es simple: los cuentos son atractivos porque, como en otras ficciones futboleras, en los Once cuentos rusos este deporte es un detonador, el marco en el que se despliegan historias espesas de humor y vida humana.

Como es un libro múltiple resulta difícil establecer sus coordenadas temáticas en el palmo de este espacio. Baste decir que Naief Yehya narra la insolencia de perderse un partido de la selección por culpa de un perro; que Gustavo Marcovich cuenta un desdoblamiento del personaje protagónico que sustituye a un conserje-fanático futbolero; que Luis Aguilar introduce el tema de la homosexualidad en un sudoroso vestidor; que Federico Fernández Christlieb describe las peripecias de un equipo perfectamente entrenado para perder; que Pedro Serrano reconstruye la vida de la adolescencia y el futbol al aire libre; que Gabriel Martínez Bucio ingresa a la mitología del barrio y sus milagros; que Juan Manuel Orbea arma un mecano en cinco voces; que Eduardo Ruiz Sosa deambula por Brasil y los rescoldos del inolvidable Garrincha; que Jesús Ramón Ibarra nos aproxima a la peculiar existencia de un jugador “decolorado por las lesiones y la falta de estrella”, y que Marcial Fernández urde el más experimental de los relatos, un juego donde acopia mensajes parecidos a los del chat, cartas y otros trucos. Yo colaboré con un cuento, “Mancha sobre mi padre”, sobre un jugador caído en desgracia.

En suma, sé que este libro les hará pasar un buen momento más allá del mundial Rusia 2018. Ya di sus generales. Me dará gusto que lo busquen.

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