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¿Monumento a la Revolución?

Monumento a qué, sino es a la Revolución, al turismo tal vez.

Piensa su pueblo que llamarlo como fue en el pasado satura su significación tan vacía. El lugar está disecado, lo llamamos Revolución como le diríamos a un gato que ha muerto y lo han momificado, le decimos así por cómo se ve, pero ya no es lo que fue. Es un símbolo que debería dolerle al país aristocrático, o debería ser uno que rasque en la herida presente y motive a los sirvientes a armarse de valor y proclamar la quietud de espíritu que todo buen indio mexicano busca.
Monumento a qué, al pasado, al mexicano de sangre y no al que se divierte publicando su anarquismo discapacitado desde un bar donde admira el fútbol y toma
cerveza de marca. Sí, monumento al pasado que representaba patria, ese que rugía en voces morenas cuando les preguntaban de dónde era su madre y que porqué luchaban, imbéciles, si son tan poquitos y los van a matar a todos.

Monumento al pobre, al perdido, al con mugre que no sabe dónde dormir, al güero de ojo azul que paga con dólares; monumento a la contaminación, al corrupto. A ver, símbolo de nuestra nación, quién debe admirarte sino eres ya el gastado concebir de tu país, eres el resultado de una joya fundida hasta derretirse en el olvido; eres piedra, grava que aguanta la lluvia de lágrimas del nacionalista doble cara.

De ninguna manera eres Revolución; no, si no inspiras a tu pueblo, no eres Revolución si no eres más que el espacio de una multitud sin dientes; no, mi buen monumento, eres solamente el suspiro del viejo que recuerda cómo hubo hombres que lucharon por las buenas costumbres. Hazte centro comercial, o mercado, anda, por primera vez representa a tu país.

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