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¿A poco no…? Hijos de migrantes: del «sueño americano» a la pesadilla mexicana

¿A poco no es un problema de fondo en México el de la desigualdad? Prueba de ello es que en 200 años de historia, el país ha sido incapaz de crear condiciones de equidad para todos sus habitantes. Peor aún, en las últimas décadas, la brecha que separa a los más favorecidos de los que viven en situación de vulnerabilidad, se ha ensanchado sin que el gobierno haya logrado revertir dicha situación. Uno de los grupos en condiciones de desigualdad que ha sufrido el abandono casi total de las autoridades es el de los migrantes que retornan al país, sobre todo los que se ven forzados a regresar de Estados Unidos, ante las deportaciones que está realizando el gobierno de Donald Trump, y que durante la gestión de Barak Obama, se incrementaron 66.6% en relación a las de su antecesor George W. Bush, con un promedio anual de 300 mil migrantes ilegales retornados a sus países de origen.

Un ejemplo de la inequidad existente es el hecho de que los paisanos enviaron en 2016, 305 mil millones de pesos en remesas, pero las autoridades sólo destinaron el equivalente al 2.5% de esa cantidad a programas de apoyo al retornado que, a diferencia de lo que se piensa, no regresa al país con los ahorros producto de su trabajo; por el contrario, muchos vuelven en condiciones económicas peores a las que tenían antes de partir. Un fenómeno hasta ahora poco documentado es el de las grandes dificultades de adaptación de los hijos de migrantes, que habiendo pasado sus primeros años en el vecino país, se ven obligados a incorporarse al deficiente sistema educativo mexicano, muchas veces sin siquiera dominar el idioma.

Pero además de los servicios educativos, los hijos de padres migrantes son relegados de todos los beneficios que recibe un mexicano, lo que los coloca en condiciones de alta vulnerabilidad. En materia de salud, se violentan los tratados internacionales que nuestro país ha firmado, cada vez que se niega la atención médica a los menores mexicanos nacidos en el extranjero, sin un mínimo de sentido humano que debería existir en las autoridades de los hospitales públicos. Así, aunque la Constitución de nuestro país diga que también son mexicanos los hijos de connacionales nacidos en el extranjero, en el terreno de la realidad, ellos son los sin tierra, los apátridas, los más olvidados. Sin que sus decisiones personales hayan incidido en su situación, son tratados como culpables y se les condena en un acto de profunda injusticia.

Resulta indignante la situación de los migrantes en general y, en particular, de los que habiendo nacido en otro lugar, se ven forzados a venir a la tierra de sus padres, misma que se niega a reconocerlos como hijos suyos. Las autoridades alegan que el país no está preparado para brindarles el apoyo que requieren, pero tampoco parecen muy preocupadas por lograr tal preparación. Se trata de seres humanos que nos les representan ningún voto y por tanto, permanecen invisibles ante un discurso oficial siempre movido por aspiraciones clientelares y no por traer verdadera justicia social, sobre todo a los hijos de migrantes que fueron obligados a abandonar el ‘sueño americano’ para despertar en la pesadilla mexicana. ¿A poco no…?

 

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