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¿A poco no…? La falta de conciencia, espíritu de servicio y congruencia

¿A poco tú no le repruebas a la clase política mexicana la abismal distancia que existe entre lo que predican y lo que practican? La diferencia entre lo que prometen y lo que realizan, hace suya las sentencias: “Del dicho al hecho hay mucho trecho” y “Prometer no empobrece; cumplir es lo que aniquila”; lo peor del caso es que, cuando caen en contradicciones o se les reclama por la pobreza de sus resultados que no estuvieron a la altura de las expectativas que ellos mismos ofrecieron, se deshacen en excusas y justificaciones, a lo que reciben como respuesta: “Obras son amores y no buenas -o malas- razones”.

Pero dejando a un lado juegos de palabras y dichos populares, lo cierto es que cada día son más los señalamientos de politólogos, analistas y ciudadanía en general, en contra de gobernantes, funcionarios, legisladores, dirigentes partidistas y demás especímenes de la fauna política que se olvidan de practicar uno de los principios fundamentales de la ética profesional: la congruencia, que según la teoría de la inteligencia emocional se define como “la armonía y el balance que existe entre nuestros pensamientos, acciones y emociones, donde nuestras acciones son reflejo de nuestros pensamientos y emociones, con un elemento importante adicional de conciencia”.

Por su parte, la conciencia política, que es -o debe ser- un elemento vital en todo ser humano que se dedique a la vida pública en el plano ejecutivo, legislativo o judicial, conlleva elementos como nivel elevado de politización –que viene de polis, ciudad o ciudadano, es decir, alto conocimiento de cada una de las necesidades de la ciudadanía y capacidad para satisfacerlas-; espíritu de servicio –tan escaso en la mayoría de nuestros políticos que lo interpretan como la facultad de servirse-; y, por supuesto, una elemental congruencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Estos tres elementos  conforman las patas de una mesa, en la que la falta de uno de ellos impide que se sostenga.

Tal vez ahí radique una explicación de la ausencia de Estado de Derecho y del porqué México no ha podido salir del subdesarrollo en el que se encuentra hundido desde que se conformó como nación ni ha llegado al lugar privilegiado de los países del primer mundo: la falta de conciencia política de la clase gobernante, de espíritu de servicio y de una mínima congruencia. Conviene a la clase gobernante leer a Jesús Silva Herzog-Márquez, quien asegura que “la verdadera naturaleza de la política es la ambivalencia; se define por la intensidad de sus conflictos y la profundidad de sus consensos”, aunque en México sobran los conflictos y faltan los consensos.

Pero también deberían conocer nuestros políticos la visión budista de la gobernabilidad a través de la observancia del Dhamma, que significa “virtud, justicia, ley” y señala: “El Dhamma no da al gobernante el derecho divino de gobernar como desee; se espera que cumpla con los diez deberes, que son: liberalidad, moralidad, autosacrificio, integridad, bondad, austeridad, no enojo, no violencia, soportar y no oposición a la voluntad del pueblo”. En la medida que nuestros políticos asimilen esto, pero sobre todo, actúen en consecuencia, México podrá aspirar a gobernantes con conciencia, espíritu de servicio y congruencia entre las declaraciones y acciones. ¿A poco no…?

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