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Columnas

El poder de la capacidad de decisión y acción

¿A poco no existe un límite en el que la capacidad de asombro se pierde y lo absurdo se vuelve cotidiano? ¿Sabemos hasta dónde puede llegar la tolerancia de la sociedad mexicana hacia los interminables casos de corrupción, peculado, tráfico de influencias, irregularidades legislativas, torpezas ejecutivas y deficiencias judiciales que se acumulan día a día, a grado tal que no terminamos de asimilar unos, cuando ya tenemos otros en puerta? ¿Estará probando la clase gobernante el umbral de resistencia de la comunidad nacional para medir hasta donde puede ‘estirar la liga’ sin que se rompa? ¿Creerán los mandatarios que los mandantes aguantan todo porque ya están resignados a su destino?

Estas preguntas deben plantearse quienes nos gobiernan, porque la situación actual no merece su indiferencia. La actitud de “ni los veo ni los oigo” de la mayoría de los políticos no procede en los actuales tiempos de manifestaciones callejeras y protestas en redes sociales, con una ciudadanía que cuestiona y exige respuestas, que está más informada y preparada, con una mejor capacidad de organización y movilización y una mayor capacidad de análisis crítico de la realidad.

Una realidad que la sociedad no sólo es capaz de interpretar, sino de transformarla; para ello, se multiplican los organismos que fomentan la participación ciudadana informada y responsable en la toma de decisiones públicas, que fortalecen las capacidades de grupos organizados para incrementar la efectividad de sus acciones sobre la clase política e impulsan la apertura de mecanismos y espacios de participación para la toma de decisiones públicas a nivel municipal, estatal y federal.

Se ve con optimismo esperanzador un despertar de la ciudadanía sin precedentes en las últimas décadas, producto del hartazgo de la sociedad hacia los problemas económicos, políticos y sociales, derivados de la ausencia de liderazgo y la falta de acciones y decisiones concretas y efectivas de gobierno, pero también de la comisión de ilícitos y de abusos al amparo del poder en las cúpulas gubernamentales.

No es conveniente que la clase gobernante minimice el límite de tolerancia ciudadana ni desprecie la capacidad de organización de la sociedad, ante los errores, deficiencias y corruptelas que se multiplican. Porque, como dijo el filósofo español Fernando Savater, “cuando no se espera la salvación de alguna necesidad histórica, sólo queda la vocación activa de la propia voluntad que no se doblega, pues en una democracia, el derecho a decidir es tan intrínseco a los ciudadanos como el derecho a nadar de los peces”. Y la sociedad organizada conoce muy bien el poder de la capacidad de decisión y de acción, que es el impulsor y propulsor de la auténtica democracia. ¿A poco no….?

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