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El primer cazador: Chuck Berry

La situación es la siguiente: en algún lugar de Missouri durante los 40’s una guitarra acaba en las manos de un joven negro. Algo tiene ese instrumento; el muchacho lo nota, algo hay en la manera en que las cuerdas se sienten bajo sus dedos. Un mensaje, una revelación ante la cual el joven solamente puede rendirse y fluir. El muchacho toma clases con un guitarrista de jazz y empieza a tocar en fiestas. Escucha mucho boogie-woogie, mucho swing, y mucho blues. Un día viaja a Kansas y junto a tres amigos roba tres tiendas y un automóvil. Acaba en la cárcel. El típico destino triste de un afroamericano en la América de los cuarentas. Dentro de la cárcel forma un grupo de canto y boxeo. Tras cumplir tres años de condena, el joven sale. He vivido una cosa o dos eh, más vale no meter la pata ahora, piensa el muchacho, mejor Back to basics, y decide dedicarse con toda su energía a lo que sabe hacer mejor: tocar la guitarra.

Pasan los años y el muchacho, buena banda mediante, comienza a hacerse un nombre en el mundo de la música. En 1955, en Chicago, va a un concierto del Maestro Muddy Waters, quien le aconseja grabar un disco ahí mismo, en la entonces capital del blues eléctrico. El muchacho, por supuesto, escucha al viejo Muddy, y acude a una disquera. En un arrebato de genialidad, decide usar lo mejor de la melodía de una vieja canción country sobre una base de rhythm and blues. Un subidón de adrenalina. Un disparo eléctrico. Un furioso solo de guitarra. Chuck Berry.

Sabor ahí. Estaban puestos los cimientos, el esqueleto rojo y vibrante de eso que llamamos rock. Dylan aprendió de Berry la construcción de historias y el fraseo. Los Stones le aprendieron su energía. Los Beatles su genio creativo. Los Beach Boys literalmente se robaron una canción suya. En el principio puso Chuck Berry los solos y las letras. La tierra era de hueva y tedio y buenas costumbres por encima del abismo, y un viento eléctrico aleteaba por encima de las aguas. Dijo Chuck: “Haya rock”, y hubo rock. Génesis, 1-3.

Chuck Berry nos enseñó a cazar. Sacudió de su letargo a la América puritana de Eisenhower, y de ahí a todo el mundo. Porque el rock –bisnieto de la música tribal africana– es algo físico, casi primitivo. Escandaloso y liberador. Chuck entregó esa sensación a la juventud de la posguerra. Vamos a divertirnos. Vamos a bailar. ¿Por qué? Porque somos jóvenes. Y quítenme a Beethoven y de paso díganle a Tchaikovksi la noticia: con tres acordes vengo a sacudirles lo misterioso y lo pendejo.

Sí: eso es el rock. Bailar (o perrear o menearse o saltar o cantar o hacer slam) hasta sacudirse de encima las cadenas.

 

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