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Santería

Ahora mismo hay una veladora encendida frente a un altar. El altar, humildemente construido a lo largo de los años, está compuesto por una imagen de la virgen de Guadalupe, una de la Santa Trinidad, otra del Señor de la Misericordia. Todas estas imágenes constelan torno a una que encuentro inusual. La imagen es un collage: está sobre una luna y un querubín con alas tricolores, como María de Guadalupe. Tiene el cuerpo recortado de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y detrás de todo, el sol formando un aura que vuelve a recordar a la de Guadalupe. Pero lo perturbador es el rostro. Es el de un famoso curandero mexicano: El Niño Fidencio.

Este altar está en casa de una mujer. Llamémosla María. María tiene una hija. Suspira hondo. Mi hija es mamá soltera, me dice, como quien afirma que todo está perdido. Su hija aparece enseguida, con un niño en brazos. Estamos en la cocina. Nos disponemos a cenar, pero María no parece estar dispuesta. Le pregunto cómo está y me dice que la verdad no muy bien. Comienza a hablarme de su familia, de sus hermanos. Dice que está harta de que la traten mal, de que se aprovechen de ella. Mi madre murió y me tuve que hacer cargo de ellos. Yo fui como su madre pero ellos, son ingratos, me tratan mal. Se ponen borrachos con el dinero que les doy. Se ponen violentos. Mi padre está enfermo y se me hace que se muere pronto. Yo estoy harta. Le digo a Dios que me dé fuerzas para seguir pero a veces se me hace que ya no. Ya no. Tengo un hermano y me dice que me resigne. Que Dios me dio esta cruz.

Yo no puedo evitar mirar el altar de santos. La vela bailotea y hay una danza de sombras. María continua, cada vez más desencajada.

La otra vez mis hermanos se pusieron violentos y me maltrataron. A mí no me gusta vernos así, que mi padre nos mire así, enojados. Me gustaría que mi papá se fuera viendo que su familia ya está en paz. ¿Por qué es así la gente, por qué?

María llora. Llora un llanto que arde. Un llanto espeso que intenta sofocar inútilmente. Grita y sale de la cocina. Su hija, antes inmersa en un silencio que me sabe cansado, habla.

Mi mamá está enferma de los nervios. Tiene que tomar pastillas. Nombre, a veces se nos perdía. Se nos salía y no la encontrábamos. Por favor no se asuste.

María regresa y cenamos. La noto más tranquila. Intento hablar de otra cosa, pero es imposible. Vuelve al tema. Solloza, berrea, grita. Mira al niño Fidencio y me pregunta algo que me deja helado.

¿Usted cree en la maldad?

Bueno, creo que la gente hace cosas malas y a eso le llamamos maldad, le respondo.

Eso sí. Pero yo le hablo de la otra maldad. Mire. Yo le rezo al niño Fidencio. ¿Usted cree en eso?

Niego con la cabeza.

Yo tampoco creía en eso. Pero a mi mami le hicieron una brujería y se murió. O la mataron, más bien. Le hicieron un trabajo oscuro. Estaba bien y pa pronto ya se había muerto. Yo por eso le tengo fe a mi santo niño Fidencio, porque él sí me ha ayudado en mi vida, me da fuerzas. El padre de la iglesia nos regaña por que andamos con estas cosas, pero a mucha gente sí le ha ayudado.

Yo creo que cualquier cosa que le haga sentirse bien es buena para usted, le digo. Pero no estoy seguro de mi respuesta. Momentos después me despido y salgo de su casa.

Pienso en el abandono de las comunidades rurales y al mismo tiempo en la fe de esta gente. A la virgen, a San Judas, la santa muerte o al niño Fidencio, nunca a ellos mismos o a su comunidad. Una fe que responde a una situación muy particular: “Siempre le rezan a algo [las clases populares], ¿bueno y por qué? pues porque ellos están en los linderos de la vida y la muerte todo el tiempo. Esta gente le está pidiendo a la santa muerte lo que el Estado Mexicano debería de dar como garantía de derecho: salud, educación, empleo, justicia, seguridad. El Estado Mexicano debería de darle gracias a la santa muerte y a todos estos santos populares de que les está haciendo su trabajo. Porque en lugar de que millones de mexicanos se vayan por la parte de la protesta social, se van por la fe…» declara el periodista José Gil Olmos en este documental.

Para un número de mexicanos más grande que el que nos atreveríamos a aceptar resulta más fácil culpar a una imagen de sus desgracias que a las conductas propias o de la sociedad. La santería como el fenómeno más ¿inocente, triste? de la coyuntura nacional. La santería como el último pedazo de esperanza. Una esperanza retorcida, bruta, delirante, pero esperanza finalmente.

 

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