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Su primer reloj lo recibió en su niñez, era amarillo, con un perrito y los números digitales –Qué lindo se ve– pensó a sus escasos 8 años, aún no se  percataba de lo que llevaba en su muñeca, un reloj que se dedicaba a medir el tiempo, su propio tiempo. A los 13 años,  otra vez más, llegó a sus manos como regalo otro reloj, esta vez, de manecillas, sin números, pero seguía contando las horas, los minutos, los segundos de cada instante de su vida, ella seguía,  sin darse cuenta, siendo guiada por quien llevaba cuenta de los periodos de su propio espacio.

Al paso de los años , en días de su primera juventud, sentada en medio del silencio con el bosque como escenario principal, al ver su reloj, notó que ese simple objeto podía ayudarla a contar las horas de dicha, risas y satisfacción, mirar como pasaban los minutos ante la llegada de una sorpresa, esperar a quienes amaba o las sonrisas que salían cuando el amor se manifestaba en quienes hacían su corazón vibrar.

Observo años más tarde, como pasaba rápido el tiempo, las risas e ilusiones cumplidas, parecían no ser medidas ni por el reloj más exacto, notaba que la felicidad era tan eterna y rápida a la vez, aunque el segundero se movía a la misma velocidad de siempre, así que decidió guardar cada momento de dicha, atesorándolo, detenida en soplos de motivación y sueños al pasar del mismo tiempo.

Un día tuvo que enfrentarse con tiempos tristes, profundamente tristes,  de esos que la hacían sentirse fuera del tiempo mismo,  dónde cada minuto le evocaban incertidumbre y misterio,  vivió con esa intensidad de saber que el tiempo la aprisionaba, pero los dejo ir en cuanto pudo, permitió que cada manecilla barriera cada segundo de miradas grises y mojadas, lo dejo ir.

Cuando el mismo reloj marcó cambio de estación, ella lo miró: -El tiempo no se detiene-pensó en silencio, aun cuando hubiera dejado su reloj guardado u olvidado en algún cajón,  a manera de probar si el tiempo podía ser acelerado o detenido según fuera en ese momento su sentir; no lo logró, se detuvo y decidió caminar junto a cada minuto en cada paso dado, vivir cada etapa, tomó cada momento como prueba de que estaba viva, y así, meditando en la eternidad de las horas, vinieron a ella recuerdos infinitos.

Sentada en aquella plaza en el viejo continente, esperando a que dieran las siete de la tarde, antes de apresurar su propio ritmo, sintió como el tiempo mismo se detuvo y le susurró al oído, en forma de un viento suave y delicado –Soy el tiempo que llevas en esa mirada, que te lleva a viajar en los recuerdos e ilusiones-  fue ahí que respiró hondo, miró su reloj, ahora nuevo y se dijo a sí misma: -Es tiempo….tiempo de mirar al cielo, observar lo que me rodea y agradecer por cada hora, cada minuto, cada segundo, ya que es el tiempo que marca un simple reloj quien me lleva de la mano para construir mi propia historia en tiempo presente.

 

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