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Voto, privilegio y élite

Todo el mundo quiere estar en el lado correcto de La Historia, aunque esto significa, casi siempre, ser partisano de tu privilegio. Más que defender una manera de entender la realidad, o un estatuto institucional, aquellos que detentan el poder, lo hacen porque precisamente ese poder les significa un privilegio. Hablo, sí, de los grandes apellidos, de los grupos de poder, de grandes empresas o hasta del crimen organizado. Pero también de aquellos que son beneficiados por micro (a veces no tan micro) privilegios: líderes de colonias (pequeños caudillos institucionalizados), sindicatos, contratistas, pequeñas y medianas empresas, o el familiar que le darán un puesto si gana determinado candidato. La campaña -la verdadera campaña- se hace detrás o frente a un escritorio, no en las calles. En la calle el candidato se dirige a sus partidarios pactados en el escritorio, nunca a otros. Y no porque no le importen los otros, sino porque esos otros ya han sido incluidos en otro grupo, que defiende otros privilegios. En este país las políticas públicas no son otra cosa que mecanismos para generar o multiplicar el privilegio de un grupo específico. ¿Cómo votan los diputados y senadores en el Congreso? En bloque. Puede existir, no lo dudo, voluntad política individual, pero no hay autonomía política individual, y ahí reside uno de los principales problemas de la democracia en México.

La fórmula es fácil: mientras más dinero público reciban los partidos, mayor privilegio podrán amasar y repartir. Mientras más tiempo duren en el poder, más contratos, más puertas abiertas, más facilidades podrán darse entre ellos. 80 y tantos años de reparto de privilegios, de una estructura sólida, de sindicatos, empresas, familias, y una narrativa interna bastante robusta nunca se van a derribar si no hay una fractura interna en los que tienen el poder. Ni candidatos carismáticos, ni campañas brillantes, ni promesas mesiánicas. O al menos eso es lo que se ha visto en otros estados en los que se ha logrado la alternancia. Cito a German Petersen, politólogo por el ColMex: “en estados donde nunca ha perdido el PRI, la posibilidad de la alternancia pasa porque hubo fracturas en la élite autoritaria y una parte de ésta se escindió y se sumó a una oposición que decida competir unida. Por eso no hubo alternancia ayer en Edomex ni en Coahuila, ni en Durango e Hidalgo en 2010. Y por eso hubo alternancia en Durango, Quintana Roo y Veracruz el año pasado, y en Oaxaca, Puebla y Sinaloa en 2010. Así, en los últimos años, las primeras alternancias estatales han sido encabezadas generalmente no por los partidos de oposición, sino por ex miembros de la élite autoritaria que la abandonaron por disputas internas. Por los Rosas, Joaquinas, Yunes, Cués, Morenos Valles, Malovas. ¿Cómo entonces abrir a la democracia estos enclaves autoritarios? Ganan los autoritarios o los ¿ex? autoritarios. Ahí está uno de los nudos fundamentales de la democratización subnacional mexicana”.

El resultado en estas elecciones probablemente acabe en las manos de un tribunal. Hay incertidumbre, sí, pero si queremos un país nuevo, tenemos que, en primer lugar, darles menos dinero a los partidos, revisar nuestro privilegio (¿qué tanto de lo que tengo significa que otros no tengan nada?) y agruparnos como oposición que responda a los intereses de todos. No olvidemos, por favor, no olvidemos.

 

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