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¿Quién tiene la razón en México? Una reflexión filosófica

Reflexiones (im)prudentes por Ari Lázaro Maya Dávila

¿Quién tiene la razón en México? —Pero ¿la razón en qué asunto?, se me replicará. —Acerca de cualquier asunto, responderé. 

Todos tenemos la razón en México. Ese es nuestro gran problema. Pero ¿qué no ocurre que, si todos pretenden tener la razón, resulta que al final nadie la tiene? Por ejemplo: si Fulano cree que la red 5G es la causante del COVID-19; pero Mengano asegura que en realidad éste fue elaborado en un laboratorio de Wuhan; Zutano piensa que este brote viral se produjo a raíz de que una mujer comió una desafortunada sopa de murciélago en China; y Perengano, hombre de ciencia, está seguro de que la causa del coronavirus, si bien no es aún del todo prístina, eventualmente será revelada, puesto que para él todo tiene una explicación perfectamente lógica y ajena a cualquier especulación conspiranoica; resulta que es imposible que todas estas versiones sean verdaderas al mismo tiempo. Puede que uno tenga la razón y que todos los demás estén en el error; puede ninguno la tenga; puede que la verdad se conforme de una parte de cada versión (o de solamente algunas de ellas), y así cada una sería un ladrillo con el que se construye el «edificio de la verdad»; etcétera. El punto es que, dada la cantidad ingente de datos que tenemos, parece prácticamente imposible topar con lo que sería la «verdadera verdad» de los hechos. La verdad es un misterio, y lo único que nos queda es aferrarnos a aquello que creemos que es más posible que sea la verdad, según la cantidad de información con la que vamos contando, que asimismo puede no resultar verdadera. 

Este escenario es el contexto social actual de información y verdad en el que estamos situados y ante el que nos enfrentamos, por lo que me siento inclinado a afirmar que vivimos en la época de la «(des)información», o más aún: la época de la «(sobre)información». Sé que esta idea no es para nada nueva, pero quisiera explotarla un poco más desde mi propia perspectiva de la «sobreinformación». 

Al parecer no podemos aspirar a acceder a la «verdad», sino sólo a «discursos» inevitablemente sesgados y parciales. Pero qué digo discursos ‘a secas’, ¡vivimos una sobresaturación de discursos que muchas de las veces incluso son contradictorios entre sí! Y cuando vemos la contradicción existente entre tantas versiones tan distintas y contrapuestas entre sí que hay sobre las cosas, parece que el único sentimiento lógico que nos queda es la desconfianza, y la única posición intelectual sensata que nos resta es el escepticismo. Diariamente se nos va la vida y se nos agota el tiempo volteando la cabeza hacia todas las direcciones distintas que nos gritan una versión de la verdad. No podemos procesar y existir con tanta sobreabundancia de verdad. Es demasiado ruido. Demasiada carga. Sin embargo, la verdad es que no podemos permanecer suspendidos por mucho tiempo: al final, tenemos que apostar por algo. 

Quizá otra realidad que nos acompaña todos los días pueda ayudar a esclarecer aún mejor todo lo que hasta ahora vamos reflexionando. Hablemos un poco, de manera general, del «fenómeno AMLO».

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La «oposición» se propuso desde la campaña presidencial pasada darnos una imagen de AMLO que diera desconfianza y lo hiciera pasar por ignorante, incompetente e hipócrita. Desde aquél entonces y hasta este momento, al terminar sus conferencias de prensa matutinas, diariamente somos bombardeados por fragmentos cortos de video donde aparece el Presidente haciendo y diciendo, siempre, todas las cosas de la peor y más absurda manera posible. Cuando uno ve estos materiales audiovisuales, pareciera que él siempre personificara todo lo contrario de lo que es un sano juicio. Así, la «oposición» (que en su mayor parte son los mismos sujetos que nos llevaron a esta situación de miseria y caos social; principalmente panistas, expanistas, priistas y expriistas) va consiguiendo su objetivo: parece que, conforme pasa el tiempo, cada vez más mexicanos tienen una mala o peor percepción de AMLO. Pero, por otro lado, existe todo un arsenal de personajes públicos extremadamente caricaturescos que aparecen en distintos medios de comunicación y que se dedican a hacer una apología de todos los gestos, decisiones y propuestas que realiza el Ejecutivo en turno. Cuando uno oye a alguien como Gibrán Ramírez (o a Attolini cuando era representante y vocero de campaña de la coalición ‘Juntos Haremos Historia’) hablar de López Obrador, pareciera que se trata de la mejor persona posible que pudiéramos tener como presidente de México. Ellos no dejan cabos sueltos: todo lo que hizo, lo que hace y hasta lo que hará, así sea una clara estupidez, posee siempre un trasfondo y una justificación basados en una grandilocuencia de su nobleza y brillantez.  

Nos encontramos así, nuevamente, ante el problema interminable de dilucidar quién de entre todos ellos nos está diciendo la verdad (o la mentira), y en qué grado lo está haciendo. Nadie parece estar diciéndonos qué es lo que realmente está ocurriendo. Todos nos aseguran tener la razón. Pero sabemos que no es así. 

¿Qué podemos hacer ante esta crisis de tantas razones diciéndonos que ellas tienen la verdad y las otras no?

No podemos creer todo, por el simple hecho de que sería absurdo. Tampoco podemos no creer absolutamente en nada, porque, como dijimos, no podemos soportar por mucho tiempo la suspensión de mantenernos sin postura alguna. ¿Debemos creer entonces un poco de todo? Al parecer esta es la opción más razonable que nos queda, pero hay que explicar bien en qué puede consistir esto. Así, es necesario pensar si existe algo parecido a un método que podamos utilizar para poder discernir qué parte de los múltiples discursos es verdad y cuál no lo es. O resignarnos y aceptar que no podemos salir o ver más allá de la mentira. Y es en este punto en donde descubro el sentido, la razón de ser y la necesidad de tener fe, esto es: creer (aunque no podamos dar plena razón de ello) que, si existe un problema, debe existir una solución. Porque, de lo contrario, nos habremos rendido, y rendirse no debe ser una opción. 

Con esto hemos conseguido una primera verdad de fe: la realidad no es algo que esté ahí «frente a nosotros», sino que «es algo que tenemos que construir». Pero ¿cómo se construye la verdad? Y si dijera que esa respuesta la tenemos hace ya un par de milenios, ¿qué sentiríamos al descubrir que buscamos lo que hace mucho ya tenemos?

Aristóteles nos enseñó que “la virtud es un medio entre dos vicios, que pecan, uno por exceso, otro por defecto” (Ética a Nicómaco, Libro Segundo, Capítulo VI). A esta capacidad de encontrar el punto medio en cada situación Aristóteles la llama Φρόνησις (frónesis o prudencia). Dos ejemplos: el valiente (virtud) es un punto medio entre el temerario (que no le teme a nada) y el cobarde (que le teme a todo); el generoso (virtud) es un punto medio entre el derrochador (que gasta todo lo que tiene) y el avaro (que no gasta nada). 

Siguiendo esta lógica, siempre que percibamos un extremo, debemos sospechar de él. Lo más probable y seguro es que la verdad se encuentre en un punto medio entre dos aspectos contrapuestos. Ver con prudencia las cosas sería por ejemplo pensar que AMLO, el ser tan vituperado y alabado a la vez, para empezar, es exactamente la misma persona que era la opción menos mala (o mejor salida que nos quedaba) de todas hace dos años; pero asimismo no ignorar que no es una persona suficientemente preparada ni muy inteligente, pues suele mostrar en muchas ocasiones un pensamiento maniqueo y simplón que deja mucho que desear en cuanto a su capacidad analítica y reflexiva; que, si bien puede que sea un hombre con buenas y sinceras intenciones por mejorar el país, también debemos reconocer que la moralidad sin inteligencia es, por lo menos, insuficiente para responder a los tantos y tan complejos problemas que aquejan a nuestro país. Ser prudente en este contexto implica también tener muy claro que nada que tenga que ver con el pasado de sangre y corrupción del cual venimos (llámese PAN, PRI, PRD, Calderón, Quadri, etcétera) debe ser una alternativa ni ahora ni nunca más. En pocas palabras, ser prudente es el arte de ver las cosas en su justa medida.

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