El 17 de noviembre del 2019, el coronavirus se dio a conocer en la provincia de Wuhan, China. Nació como un brote aislado en un país del lejano oriente, pero llegó para quedarse y formar parte de una nueva enfermedad con la que tienen que lidiar los seres humanos. 

Wuhan, que de acuerdo con el último censo cuenta con casi 12 millones de habitantes, parece un moderno pueblo fantasma.

El vertiginoso avance de la enfermedad, ha generado el cierre de fronteras, el aislamiento de las personas, la parálisis económica. En redes sociales se filtraron imágenes del Aeropuerto de Atlanta, famoso por ser el más conectado del mundo. Sus pasillos, andenes y tiendas, lucen desiertos.

Ni la fe ha salido inmune al coronavirus. En Europa, particularmente en España, los fieles no tomaron con buena voluntad la decisión de suspender las misas y los ritos dentro de las parroquias.

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En el otro extremo, líderes religiosos aprovechan la crisis, el miedo, el pánico y la desinformación, para sacar raja económica de las almas vulnerables, aquí un ejemplo:

Pero no todo es malo, la falta de gente en lugares públicos, como es el caso de los acuarios, dio la oportunidad de que los administradores soltaran a un par de pingüinos para que dieran un tour y conocieran a otras especies. 

Entre crisis económica y sanitaria; desabasto de medicamentos, desinformación y guerras comerciales, el coronavirus llegó para quedarse, para llenar un hueco más de una cartilla de vacunación, por lo que sólo resta que la población y las autoridades respondan a la altura para que el índice de contagio y mortalidad baje drásticamente.

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