Nadie hubiera pensado que una enfermedad concebida en el mercado de una provincia de China iba a modificar la narrativa económica del mundo, pero así sucedió.

La guerra comercial entre China y Estados Unidos forjó un capítulo más titulado “Cómo resolver las crisis”, en éste, el país oriental ha demostrado que tiene el músculo necesario para cerrar sus fronteras y enfocarse en un sólo objetivo: limitar y terminar con la propagación del virus COVID-19 en sus fronteras.

A pesar de haber sido el epicentro de la enfermedad, no pasaron muchos meses para que Estados Unidos, principal competencia económica, pero a su vez su socio comercial más importante, tuviera más contagios.

La historia de las epidemias y pandemias que han azotado al mundo es clara, los dueños del capital, en momentos de crisis, buscaron fortalecerse a través de la compra de acciones y la especulación, sin importar que el resto de la población saliera afectada.

Los daños colaterales, concepto en el que abunda Zygmunt Bauman en gran parte de su obra, son aquellas circunstancias en donde, por una decisión que se toma “en pro del bienestar”, se afectan a más personas sin que nadie se haga responsable.

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En este caso, el daño colateral del virus COVID-19 impacta directamente en las pequeñas y medianas empresas, así como en sus empleados y cadenas de proveedores. No será muy extraño pensar que una buena parte de los empresarios emergentes del mundo que venían en pleno crecimiento, caigan y desaparezcan. Así, el objetivo de las crisis económicas se afianzaría nuevamente: el fortalecimiento de los monopolios.

Por otra parte, Jorge Zepeda Patterson en su columna “Los muertos que no cuentan, la otra pandemia”, relata cómo la crisis por el contagio masivo del virus COVID-19  que aqueja a 192 países del mundo ha tomado más relevancia porque su impacto más fuerte ha sido en naciones de primer mundo, de esta manera, mientras millones de personas mueren en África, Latinoamérica y en las regiones más vulnerables por diarreas infecciosas, tuberculosis y enfermedades relacionadas con la salubridad, éstas no llaman la atención porque no pertenecen a territorios que dominan la narrativa económica mundial.

Al día de hoy, la pandemia por el virus COVID-19 se ha extendido en 747 mil 227 personas en 192 países del planeta, es decir, apenas ha alcanzado al .010 por ciento de la población mundial, tomando en cuenta que se calcula en 7 mil millones de personas.

Además, el 63.70 por ciento de los casos confirmados en el mundo se concentran en sólo cinco países, todos de primer mundo: Estados Unidos, Italia, España, China y Alemania.

Así, la presencia del virus en países prósperos, alejados del subdesarrollo, han implicado algunos retos: poner a prueba su sistema de salud, diagnosticar cuál es su capacidad de reacción ante momentos de crisis y delimitar de qué tipo son las decisiones que están tomando para enfrentar el parón económico que la pandemia conlleva.

En Estados Unidos, al Presidente Donald Trump le fue aprobada una propuesta para inyectar a la economía 2.2 billones de dólares. Esta decisión hizo que ganara adeptos de cara a las elecciones del próximo 2 de noviembre, pero también abonó  a una nueva modalidad para confrontar las crisis, repartir el capital en la población para que ésta reactive la economía desde abajo, desde sus cimientos.

En México vemos que desde antes de las fases de contingencia se aprobaron diversos programas federales de apoyos monetarios directos en favor de los adultos mayores, ninis y jóvenes estudiantes. En Francia vimos que el Presidente Macron también preparó un paquete de 45 mil millones de Euros para evitar el colapso de la economía gala.

En Alemania Angela Merkel previó una inyección de 122 mil 500 millones de euros que se repartirán entre la población; en Italia se aprobó un paquete de apoyo de 25 mil millones de euros para la misma causa. Así, las grandes potencias migraron de la idea de sólo apoyar a los dueños del capital, a inyectar (o invertir) recurso en todos los niveles económicos de sus poblaciones para evitar que sus sistemas colapsen.

La trascendencia del virus COVID-19, lamentablemente, no está en las 36 mil 223 vidas que se han perdido hasta el momento. Esta pandemia trajo consigo un mensaje claro: todas las economías dependen de sus fuerzas de trabajo, de la base, de la población. Si una crisis humanitaria como ésta obliga a los trabajadores a quedarse en sus casas,go la economía se detiene, se colapsa y los dueños del capital comienzan a perder bonos. Por ello, las grandes potencias han decidido inyectar millones de euros en sus economías, no pueden permitir que la maquinaria se agote y se oxide por falta de trabajo y de personal.

 

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