No son especialistas, ni científicos, ni tienen doctorados en Harvard o en la Universidad de Oxford. Las y los periodistas en México cohabitan en una comunidad repleta de desventajas, de ruindades, de violencia mediática, de estigmatización y de amenazas de muerte.

La cobertura por la pandemia del covid-19 ha sido un reto en muchos sentidos. En la capital mexicana, acuden diariamente a las kilométricas conferencias de prensa de las 7 y 19 horas, con sus previas filas y procedimientos administrativos. Llegan a la sala de prensa, escuchan las disertaciones de los funcionarios federales. Esperan más de una hora para poder intervenir, y no todos, de otra manera las conferencias durarían lo mismo que la jornada de sana distancia. De pronto están ahí, parados ante el Presidente o ante el Subsecretario de Salud o ante cualquier otra autoridad. Preguntan, a veces con fortuna, a veces con errores, con imprecisiones y con obviedades.

En fin, de pronto, los usuarios de las redes sociales, principalmente, tachan a las y los reporteros de ignorantes, de idiotas, de estúpidos, de incompetentes, de chayoteros. Los adjetivos forman una larga fila a la espera de escupirle en la cara a quien carga la grabadora, el micrófono y la libreta.

No se trata de ponerlos en un pedestal ni de victimizarlos, pero merece la pena dibujar el escenario de un oficio menospreciado que le infla los bolsillos a un pequeño grupo de empresarios marros y miserables.

De acuerdo con la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, el ingreso diario de un reportero de prensa impresa asciende a 275.90 pesos, es decir, poco más de 8 mil pesos mensuales.

La profesionalización del oficio, ante este panorama económico, luce lejana, depende de cada individuo capacitarse, tomar cursos, aprender idiomas, programación, diseño o narrativas digitales.

Es anticuado pensar que el reportero de hoy sólo necesita una libreta, pluma y grabadora. Hoy es necesario, mínimo, dominar un idioma extra al nativo, tener buenas bases de excel, dominar las herramientas de acceso a la información pública, saber construir y administrar portales web, programación, diseño editorial, buena pluma y un largo etcétera.

Te puede interesar: El coronavirus y la crisis de la prensa

Definitivamente, a pesar de la adversidad, hay muchas personas talentosas que sí llenan esos requisitos, sin embargo, definitivamente no van a aceptar un trabajo de ocho mil pesos mensuales, pero el hambre y la necesidad no se fijan en la trayectoria de quien las padece.

Otro escenario adverso que viven los y las periodistas en México es la inseguridad. Tan sólo durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, desde el primero de diciembre del 2018 hasta la fecha, a 15 periodistas les han quitado la vida.

De acuerdo con Artículo 19, todos esos casos, hasta el momento, permanecen en total impunidad.

Cuando pensemos en el periodista chayotero, corrupto y mala leche, también recordemos que la calidad de nuestro periodismo es directamente proporcional a las condiciones que existen en México para ejercerlo.

La novela “El vendedor de silencio”, de Enrique Serna, que escarba en la obra y vida de Carlos Denegri, uno de los periodistas más influyentes de México a mediados del Siglo XX, narra de manera estupenda cómo una persona altamente capacitada, políglota, letrada y con conexiones en todas partes del mundo, puede viciar el oficio para caer en las prácticas más ruines y mezquinas. Pero también, por otra parte, demuestra cómo personajes tan influyentes como Julio Scherer García, desde la disidencia, pueden llegar a destacar aunque el camino sea más largo y tormentoso.

Con salarios de miseria, cero capacitación y condiciones inseguras para trabajar, ¿cómo exigirle a los reporteros de a pie contenido de calidad? ¿Cómo pedirles trabajos de largo aliento si las asignaciones son de 5 o hasta 7 notas diarias? ¿Cómo pedirles propuestas con narrativas digitales innovadoras si no tienen ni tiempo ni dinero ni facilidades para capacitarse? ¿Cómo pedirles que conozcan el mundo, que viajen, su con sus salarios apenas alcanza para pagar una renta de medio pelo en un barrio modesto?

Sí, claro, existen los conductores que ocupan los principales micrófonos del país como Joaquín López-Dóriga, a quien le han documentado sus redes de enriquecimiento con gobiernos anteriores; Ciro Gómez Leyva, Carlos Loret de Mola, Javier Alatorre, Carlos Marín, entre otros, pero ellos forman parte de una división ajena a quienes producen la información, ellos son los rostros de los grandes corporativos de comunicación que se llenan los bolsillos y rocían migajas a quienes verdaderamente se parten la madre en el campo de batalla y en las redacciones.

En México hay grandes periodistas, tal es el caso de Alejandra Xanic (ganadora del pullitzer) Marcela Turatti, Diego Enrique Osorno, Rafael Cabrera, Ernesto Aroche, entre otros y otras reporteros y reporteras de calle que con sus preguntas y sus coberturas ponen los pelos de punta a las autoridades. Sus esfuerzos, sus proyectos y sus historias han trascendido a pesar de las barreras impuestas por un sistema en donde la audiencia no paga por informarse, pero exige como si lo hiciera; en donde los empresarios facturan millones de pesos en tratos, favores políticos y publicidad oficial, pero no mejoran las condiciones laborales de quienes hacen los contenidos y en donde el Gobierno ha dejado desprotegido a un medio que cada vez sufre más bajas producto de amenazas y ejecuciones de muerte.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, haz un comentario
Por favor, pon tu nombre aquí