Sales de tu casa con la tranquilidad de que todo va a estar bien, de que tu entorno es seguro y que simplemente vas a cumplir con la rutina diaria. Sin embargo, de pronto todo cambia, la vida, en un chispazo, está en riesgo y te despojan de tu patrimonio.

“Yo iba a un domicilio al campestre de aquí de Torreón, a un lugar al que ya había ido antes y a un callejón común y corriente porque no es el de las orillas ni está medio solo, como al filo de las 11 de la mañana, o sea, un día normal a una hora normal”.

La tranquilidad, la seguridad en sí mismo, todo se va a la borda en un abrir y cerrar de ojos.

“Salgo del domicilio y yo había estacionado la camioneta exactamente en la puerta de entrada de la casa y al salir lo único que vi fue que había carros atrás del mío, entonces me subo a la camioneta, todavía no dejaba la bolsa en el asiento del copiloto ni ponía la llave en el switch, al extender el brazo para cerrar la puerta, se me presenta un joven armado y me dice que me baje, entonces yo tal cual, ya con el teléfono en la mano y las llaves y el bolso colgados bajo y me dice que le dé el teléfono”.

Ver el orificio de una pistola cargada frente a la cara hace que la vida se vuelva insignificante, que penda sólo de la voluntad de una persona que, con arrebato e imprudencia, busca sacarle provecho a una posición de poder.

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“Me decía, deme las llaves y no hacía yo ni una cosa ni otra porque estaba en shock. Entonces me hice yo para atrás, y él avanzó un poco y ya no me puso la pistola a la altura de la sien cuando me dijo que me bajara, sino que ahora me la puso frente al cuerpo, pero empezó la mano a temblarle mucho y estaba muy nervioso, entonces pensé ‘caray, se le va a soltar un tiro’, incluso por los mismos nervios o inexperiencia”.

Nada pudo hacer la víctima, su vida pendía de un hilo. Entregó la camioneta, se aferró a su bolsa para no perder sus identificaciones, y el ladrón huyó bajo la vigilancia del clima de impunidad que reina en la región y en todo el país.

“Y luego me dice, ¿sabe qué? Deme su bolsa y entonces volteé yo y pensé rapidísimo, ‘no, pues ya es suficiente con las llaves del camioneta y con el teléfono, entonces dije ‘la bolsa no te la voy a dar’, como si en ese momento pudiera uno convenir un asalto, cosa que no es así, porque la vida no se negocia, ¿verdad?”.

Tras el trago amargo de vivir un asalto con violencia, la víctima todavía es sometida a un proceso largo y tormentoso con los Ministerios Públicos y aunque en el caso de nuestro testimonio no cometieron faltas graves, su vivencia sí mereció una atenta observación hacia las autoridades.

“A las personas yo les diría que tengan mayor malicia, porque para mí era un día normal, un lugar tranquilo, pacífico, ya no era la primera vez que iba, entonces tener un poco más de malicia de no llegar directo a tu auto, sino irte por otro lado para que revises bien, desde otro ángulo, porque muchas de las veces te están viendo, yo considero que en mi caso vieron cuando entré y estuvieron esperando cuando saliera, y a las autoridades que tengan esa generosidad de en que la situación en la que llega una persona que fue asaltada, pues no es la mejor y que tengan la mayor diligencia para atenderla y que sea algo ágil”.

Tras el asalto, de alguna manera, la percepción de la vida ya no fue la misma para la víctima, hoy se anda con más cuidado, analiza periféricamente quien la rodea, quien pudiera estar cerca. Un asalto, no solamente te despoja de un patrimonio, sino que te hurta algo que es invaluable: la tranquilidad.

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