El punto débil para encontrar el secreto más guardado de los sujetos más poderosos de México y de los hombres debajo de ellos y de la mujeres debajo de ellos y de los abogados debajo de ellas y de las diputadas abajo de ellos; y así, hasta llegar al que gana menos de los que ganan más en éste país, es irónicamente, el escalón más hasta el principio de la pirámide económica, ese que es la unidad financiera, y que también es la razón del salario mínimo: el obrero.

Platicando con un pintor que no es pintor pero que no puedo decir en qué trabaja, estábamos sentados en la colonia Nápoles, que tampoco es esa pero que no puedo decir cuál era; me enteré de una de esas barbaridades que tienes que decir al oído y susurrando con tal de que ni un alma pueda escuchar:

“Los mantienen conectados con quién sabe qué cosa, con tal de que sigan enfermos y les saquen más lana”.

El pintor y yo hablábamos de un hospital muy conocido en la ciudad, al que van artistas, directores, jefes, empresarios, esposos, esposas, padres de familia, hijos, sobrinos, tíos, amigos de los amigos y conocidos de los vecinos que tienen cuentas estratosféricas de dinero en sus bancos. Al trabajador que conocí le toca, como digo, pintar las paredes de la institución, las pinta de blanco color salud (guiño); trabaja en el hospital asterisco asterisco asterisco y tiene, por ser obrero, acceso a ciertas salas del lugar. Entre otras, a las salas de los pacientes que creen estar siendo cuidados por sus doctores pero que en realidad tienen el catéter conectado al bolsillo y están siendo succionados de toda su plata.

“Les diagnostican cosas que ni son. Mi consejo es que, nunca te enfermes, porque enfermarte sale caro”.

Más caro de lo que uno pensaría. La realidad es que la salud es negocio, como lo es el sexo, como lo es la felicidad, la familia y la infancia. Según dicen los que allí trabajan, que con tal de sustentar bien el negocito, los pacientes terminan dejando hasta sus coches del año en turno con tal de pagar sus deudas con el hospital.

En las cuentas, les agregan el doble de gasas, el triple de guantes y un chingo de medicamentos…”

Y les agregan días y días de estancia en el recinto, y las sábanas que usaron y las veces que fueron al baño. Les cobran las lágrimas que lloraron por creer que su abuelito ya se iba a morir porque sintió un soplo en el corazón y les cobran los pasos que dio el señor queriéndose salir de allí, pero que nunca lo dejaron porque todavía no estaba en la salud óptima y les cobran el número de veces que soñaron que se iban al cielo porque les decían que estaban muy malos del cáncer o del tumor o de la esclerosis o de la diabetes.

Es cuando me doy cuenta que los ricos también lloran, ajá, cuando se enferman y cuando sus cuentas de banco terminan siendo la razón misma por la que les quieren mantener más tiempo internados, y es que siendo uno de esos doctores magnánimos que estudiaron por veinte años, y con su complejo de salvavidas dios griego, piensan que pueden darse la facilidad de inventarse un diagnóstico y de salirse con la suya por la única razón de llevarle al cliente veinte años más de palabras rebuscadas.

No tengo el chisme obrero de decir que ésto sucede en todos los hospitales del país, o si sólo sucede en los hospitales exclusivos de los hamburgueses. La noticia es que está sucediendo, y me entristece que uno ya no puede estar seguro ni en los hospitales de México.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, haz un comentario
Por favor, pon tu nombre aquí