Hoy como nunca nuestro país está convulso: la inseguridad, la descomposición social traducida en feminicidios y la impunidad que se mantiene intacta desde hace décadas son motivos que vale reflexionar ahora, justo a dos años de que el país eligió su segunda alternancia partidaria.

El primero de julio del 2018 una buena parte de la población escogió la propuesta de Andrés Manuel López Obrador para todo un sexenio, aunque hoy mucho de ese apoyo se mantiene, también creció el descontento hacia el tabasqueño.

Su principal bandera representa también su deuda más grande: el combate a la corrupción. Aunque el presidente repite hasta el cansancio desde hace meses que las prácticas de los regímenes pasados ya pasaron a mejor vida, no es así. El pragmatismo político que en parte lo llevó a Palacio Nacional es su peor enemigo, pues debe solapar figuras de los partidos que durante décadas le hicieron daño al país.

Sin embargo, el mandatario ha optado por algo muy peligroso que es dividir y polarizar a la población como nunca. Como persona está en total libertad de expresar lo que piensa de los que critican su actuar, pero como representante de una nación no ha aprendido a conciliar y eso lo vuelve su peor enemigo.

López Obrador entró en una etapa peligrosa cuando ganó la presidencia, una en la que cree que quien no está su favor es corrupto o es enemigo del país. Sin duda hay figuras que mueven los hilos de movimientos que están en contra de sus políticas públicas, pero mantener a raya a periodistas, activistas y ciudadanía organizada no es una forma en que cualquier tipo de izquierda debe comportarse.

La descalificación a comunicadores que con argumentos presentan investigaciones de actos irregulares en su gestión o relaciones peligrosas entre sus colaboradores, el desprecio a movimientos como el feminismo y soportar a personajes oscuros dentro de su gabinete, pone en duda a muchos que lo apoyaron con un voto de confianza.

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Otros le aplauden sus iniciativas de programas sociales para los grupos más vulnerables y son su sello característico, además de una idea al que el presidente ha sido fiel desde siempre: primero los pobres.

Pero más allá de otorgar bienes o apoyos a los grupos sociales también debe tener claro en mantener un equilibro en otros rubros, aunque  eso no significa cargar todo a los grandes capitales como fue una constante durante más de 30 años.

Andrés Manuel sigue teniendo una oportunidad histórica de cambiar muchas cosas, pero su carácter de opositor del que no se desprendió al tomar protesta amenaza con dilapidar todo.

La pandemia de la covid-19 viene a evidenciar mucho de esto: declarar que lo sucedido sirve como anillo al dedo para su autodenominada Cuarta Transformación es una tontería, sin dejar de lado que los movimientos oportunistas de gobernadores y políticos contrarios parecen ganar más adeptos que en el futuro podrían representar no nada más una amenaza para su gobierno, sino un retroceso si esas figuras recuperan más espacios de decisión.

Seguro más de uno está decepcionado de AMLO, pero sentir añoranza por sus predecesores tampoco parece una respuesta sensata. Lo que queda pensar es qué podemos hacer para que el gobierno actual sienta la presión por las deudas que tiene y articular auténticos movimientos que sirvan en el futuro como opciones diferentes a todo lo que nos ha tocado.

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