Por Fernando de la Vara

En el relato de la Plaga de Justiniano, narrado por Procopio, al final de la peste la ciudad queda irremediablemente vacía. En el relato de la Pandemia del mundo, narrado por mí, desde el centro de Terror, Coahuila, en medio de la plaga, la ciudad es irremediablemente transitada

He vivido en el centro de la ciudad desde niño, hace casi seis años trabajo en el primer cuadro y desde hace tres lo habito. Vivo a la altura de la Iglesia del Socorro, a una cuadra del Mercado Juárez. A finales del 2018 me dediqué a pasear por el centro y parte del sur y poniente de Tierrón, en busca de migrantes centroamericanos con los que pudiera platicar, pues documenté en un puñado de crónicas su tránsito por la ciudad. Desde ese tiempo creo que soy mucho más consciente de algunas de las calles principales, de sus construcciones, y de cómo se recorren. 

Desde que se declaró la contingencia y obligaron a bares y restaurantes del Paseo Muerelos a cerrar, las noches son mucho más tranquilas. Hasta parecen ser más oscuras. Y no me molesta, al contrario. Hace unas semanas también noté que el pitido de los trenes que atraviesan la ciudad ya no rompen tan seguido la noche. Se escuchan poco. Desconozco si el flujo de vagones también disminuyó, supongo que sí, pero ese ruido no lo extraño. Lo que sí extraño mucho son algunas cantinas.

Debo confesar que cuando empezó la cuarentena me sentí angustiadísimo. Al enterarme de que la gente compraba kilos y kilos de papel sanitario, sólo pensaba en su estupidez y en mi pobreza. Después la calle se comenzó a vaciar de a poco. El Paseo Mortadela fue golpeado de inmediato, no tanto por el cierre de sus bares, sino por la falta de transeúntes diurnos, de por sí pocos antes de la cuarentena. El taco callejero sin estilo, que está en contra esquina de Plaza Mayor, cerró y comenzaron a sacar todo su mobiliario. El señor al que le compro flores dejó de circular, el de los quesos no se aparece desde hace más de un mes, el de los chicles y semillas sigue deambulando por las calles, pero no vende casi nada. Hasta los travestis que arriban normalmente a las nueve de la noche se ausentaron de la Muérelos por la esquina de donde vivo, que según es 24/7, comenzó a cerrar antes de las diez de la noche. 

Al pasar los días la afluencia de gente en el centro bajó muchísimo. Los camiones rojos que van a Gómez Balazo pasan cada vez con menos frecuencia, pero lo que ha llamado mi atención es que, a pesar de que sí ha disminuido notablemente la cantidad de personas en el centro, la ciudad está viva y adaptándose, pero el tránsito no ha bajado lo suficiente como para que algunos miedos de comunicación saquen cada tercer día una nota en donde mencionan más o menos lo siguiente: “A pesar de entrar en la fase 3.1416 de la contingencia, los laguneros se niegan a obedecer la cuarentena”. 

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Y sí, la gente sale a la calle, hay quienes no pueden dejar de hacerlo, pero en las notas anteriores al día del niño o del día de la madre, fechas en las que muchos salieron por la urgente necesidad de comprar pizzas o flores, los periódicos exhibieron fotos en donde la gente esperaba el camión en alguna parada, cargaban bolsas con insumos, hacían filas en los bancos o en Comisión Funeral de Electricidad, es decir, fotografías de personas que tenían que salir por un motivo en concreto. 

En cambio, hasta hace pocos días, los medios comenzaron a reportar que en algunas colonias en donde los vecinos sí pueden hacer una cuarentena con menores angustias económicas, éstos salen con muchas preocupaciones pasear a sus perrhijos, a correr con su cubrebocas y tratar de recordar cómo era el gym, a reunirse en los paseos centrales a tejer con mucho desconsuelo, o sólo a platicar cómo van las cosas y a añorar cuando todo era “normal” y podían salir a la calle.

Cuestionar el trabajo periodístico que están haciendo los medios locales respecto a la movilidad en la ciudad, en especial durante la contingencia, ha sido para mí un buen ejercicio crítico, pues me parece que la mayoría de las notas que han subido son indolentes y hasta hacen mofa de las personas que exhiben (en una imagen aparece un vagabundo sentado en una banca de La Plaza de Armas, con el titular genérico que mencioné líneas arriba), o de plano juzgan a quienes no respetan la cuarentena por una o por otra razón, a nada de adjetivarlos de manera peyorativa, e incitan torpemente a la molestia de la mayoría de sus lectores (basta con leer los comentarios de las notas). 

En un principio esta columna iba encaminada a eso, a criticar ese trabajo periodístico perezoso, pero la verdad, después del diez de mayo, que buena parte de los laguneros salieron a la calle a buscarle una licuadora a sus madrecitas, y de saber que los desplazamientos en el área conurbana de La Laguna han aumentado un 50% en las últimas dos semanas, y sobre todo, que los casos de COVID han incrementado de manera considerable, me dejan sin argumentos. 

Sin embargo, aún pienso que sin trabajo no hay comida y que sin comida no se puede hacer cuarentena, que no podemos juzgar a todos los que salen a la calle, mucho menos desear que les suceda algo malo, menos aún decir que todo lo que nos pase nos lo merecemos. 

Otra cosa que me angustia es que ahora sí, ya hay escasez de Carta Blanca, pero eso es otro tema, de lo que sí estoy seguro es de que cuando todo esto pase, extrañaré el silencio.

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