Por Jaime Muñoz Vargas

Adentrarse en la vida y en la obra de Francisco José Amparán Hernández, Paco Amparán a secas, es ingresar a una de las trayectorias intelectuales más ricas y consistentes de la literatura lagunera. Ricas porque Amparán tocó muchos quehaceres vinculados con el pensamiento y la creación; consistentes porque desde su infancia fue un hombre que organizó su mundo par leer, escribir y transmitir sus múltiples saberes frente a diferentes públicos. Es difícil, por esto, aglutinar una vida tan fructífera en un puñado de cuartillas, y todavía es más difícil hacerlo cuando aún no nos reponemos de la sorpresa que causó su desaparición física la tarde del 4 de julio de 2010.

Paco Amparán nació en Torreón el 23 de octubre de 1957 a las 2.15 de la tarde en la Clínica Torreón. Fue registrado en Gómez Palacio el 6 de noviembre del mismo año. Sus padres fueron Francisco Amparán Hernández, oriundo de Durango capital, y de Josefina Hernández de Amparán, de Chihuahua. Por el lado de sus cuatro abuelos Paco Amparán tenía cepa chihuahuense: los dos paternos de Parral; los dos maternos de Chihuahua. En ese origen quiero imaginar que se basaba la índole de Paco: era trabajador, organizado, incansable como lo son la mayoría de los chihuahuenses. Sé que buena parte de su vida, la parte más fomativa, la vivió en Gómez Palacio, y que desde pequeño mostró una inclinación marcadísima por la lectura, pedestal en el que se apoyaría todo lo que hizo en el futuro.

Era un lector tan constante que ni los estudios en ingeniería química industrial consumados en el Tec de La Laguna lo separaron de los libros humanísticos. Su vocación, si pudiéramos resumirla en una palabra, era la de lector. Leía hasta caminando, como lo recuerda su amiga Asunción del Río al evocarlo como compañero de trabajo y amigo en el Tec de Monterrey Campus Laguna (caminaba, escribe Asunción, “a paso rápido y con la cabeza baja, cuando no metida en un libro”). Tal vez sus primeras lecturas, desde siempre la del National Geographic, gusto que heredó de su padre, despertaron en Amparán la obsesión de imaginar. Eran tiempos sin internet, claro está, pero él ya navegaba por el conocimiento del mundo gracias a su curiosidad sin freno, al contacto permanente con las revistas cultas y los libros igualmente nutricios.

Hay zonas de la vida de Amparán que desconozco, pero por lo que le oí, le leí o supe de terceros, sé que jamás cedió a la tentación de la inactividad. Su inquietud fue inquebrantable y por ello no es extraño que su último día de vida haya coincidido con un día más en la publicación de su columna. En efecto, siempre que lo vi estaba en contacto con un libro y desde que me recuerdo como lector de periódicos y libros por allí rondaba la firma de Paco Amparán. Cerca de treinta años, entonces, han pasado desde que leí algo de su cuño, así que no es exagerado afirmar que el tamaño de su obra completa, incluido el periodismo, constituye uno de los productos más destacados y abundantes de la escritura en La Laguna.

Gracias a mi manía de coleccionar papeles viejos di en mis incómodos archivos con dos entrevistas concedidas por Amparán, una a La Opinión, publicada en noviembre de 1983, y la otra a El Siglo de Torreón, en enero de 1989. Sé que luego le hicieron más entrevistas, pero en las que menciono habita la presencia de un escritor que apenas descuella, un muchacho de 26 y otro de 32 años que en ambos casos habla sobre sus gustos, sus filias y sus aspiraciones.

En el suplemento cultural de La Opinión que coordinaba Saúl Rosales, Amparán dialogó con María Teresa Duarte Salazar. La foto que adereza la página dos de aquel tabloide muestra a un joven de blusa beisbolera, de grandes lentes, fumando y levemente recargado en su librero; el entrevistado muestra allí una sonrisa tenue, segura, confiada. En la entrada la entrevistadora apunta lo siguiente: “confiesa sus afinidades profundas con Borges, Gunther Grass, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Graham Greene”. Como muchos sabemos, el gran salto de Amparán hacia la literatura de ficción se dio gracias al Talitla (Taller literario de La Laguna) que por varios años encabezó el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro en las Casas de la Cultura de Torreón y Gómez Palacio. La periodista le preguntó por ese espacio y el escritor respondió: “Me ha ayudado muchísimo. Considero que este taller literario es un instrumento muy bueno para que la gente que quiera escribir encuentre la manera de desarrollarse. Marco Antonio Jiménez es miembro de este taller. Él ganó el Premio Nacional de Poesía Joven (…) Ceo que este taller nos ha dado la oportunidad de crecer como escritores”.

Te puede interesar: Parábola del Duke

Para entonces, el entrevistado es ya maestro volante de varias escuelas, como declaró a la reportera de La Opinión; daba clases en el Iscytac (donde fue mi maestro, por cierto), en la UIA (donde además dirigía la biblioteca) y en la Pereyra (donde asimismo orquestaba un taller de lectura). Pocos años después fijó su “residencia” magisterial, por decirlo así, en el Tec de Monterrey. Duarte Salazar le preguntó por qué daba clases de materias tan distintas a lo que estudió, y Amparán respondió: “Porque me ha gustado más lo que es la literatura, las lecturas. Me gusta muchísimo impartir clases”.

Más adelante, una pregunta sobre lo que le gusta escribir: “Escribo sobre lo mágico, lo extraordinario que pasa a diario (…) me gusta mucho abordar todos esos temas que implican cierto contenido fantástico”. Al final, la periodista lo interrogó sobre sus quehaceres extraliterarios: “Casi no tengo ratos libres, pero cuando salgo con amigos, voy a fiestas y participo en ‘fandangos varios’. Me gusta el futbol americano y te repito que me encanta dar clases, me gusta la educación, la investigación… y escribir”.

En 1989 lo entrevista Angélica Bustamente Archundia para El Siglo. Tiene allí 32 años y mantiene intacta, y creciente, su vocación de lector/escritor. Escribe la entrevistadora “Ingeniero Industrial Químico, soltero feliz, vive con su madre y su abuelita, tiene dos hermanas (…) siempre ha estado ‘bendito entre las mujeres’, afirmó [Amparán]. Cuando era niño, por ser el único hombre de la casa siempre jugaba solo, platicaba solo, ‘fue entonces que tuve mis primeras ideas de hablar y contestarme yo mismo (…) me gustaba leer, pero no escribía nada, fue hasta los catorce años que empecé a escribir”. Líneas después, Amparán observa: “He llorado la muerte de mi padre, por la injusticia y la impotencia, así mismo, por una novia de la que estaba muy enamorado”.

En esos diálogos asoma en suma la personalidad de Amparán. Ya tenía entonces varios de sus libros y estaba plenamente en marcha su encarrilamiento en tres quehaceres: la literatura, la docencia y el periodismo de opinión. La siguientes dos décadas solidificaron su actividad, Amparán se asentó en el ITESM-CL y ganó un espacio fijo en prensa y radio; además, siguió escribiendo literatura, su pasión máxima. Sus primeros libros fueron La luna y otros testigos, Los once y sereno, Las noches de Walpurgis y otras ondas, títulos que hacían eco de algunos prohijados por el Boom como La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Del amor y otros demonios. El primero libro que conseguí y leí de él fue el que obtuvo el permio nacional de cuento convocado por el diario El Porvenir, de Monterrey. Ese concurso lo ganó en las mismas fechas en las que lo tuve como maestro, entre el 83 y el 84 más o menos. No recuerdo dónde lo compré, y ahora que le he releído encuentro en él tres detalles que deben ser resaltados: Amparán tenía 27 cuando lo publicó; o sea, si le quitamos al menos el par de años que se requieren para escribirlo, tallerearlo, mandarlo a un concurso, ganarlo y editarlo, se puede decir que el autor lo creó a los 24 o 25 años. Digo esto por esto: a esa edad uno suele escribir con titubeos, con ciertas impericias que delatan de inmediato al joven en el gemebundo trance de redactar. Pues bien, los cuentos de La luna y otros testigos acusan una prosa firme, dúctil, rica en matices poéticos y sin los descuidos formales de la juventud. Asimismo, los temas son diversos, no son sólo cuentos de personajes jóvenes, de vivencias cuasicalcadas de la propia experiencia del autor, sino historias en las que conviven adultos, ancianos, jóvenes, incluso niños. En esto veo la precocidad, el ojo afinado de Amparán para detectar los pliegues de la personalidad humana, el conocimiento de la conducta que puede tener, por ejemplo, un cuarentón como el profesor Esquerra del cuento “Sobre un listón solferino” o la añosa señorita Elisa de “Canción de amor pasada de moda”. Otra característica visible en los cuentos, los primeros cuentos de Amparán publicados por el periódico El Porvenir y su certamen literario, es la insistencia del autor por jugar con las estructuras narrativas; invadido por los fantasmas de Cortázar, Fuentes y Borges, Amparán hermana siempre dos historias: una con un cierto corte realista, cotidiano, “normal”, y otra en la que irrumpe lo anómalo, lo mágico, lo extraordinario o sobrenatural, como en el cuento “Chac-Mol” de Fuentes o en cualquiera de Cortázar y de Borges. Es verdad, dicho esto al margen nada más, que los finales lucen un poco flojos, o que a veces la descripción poética le gana demasiado terreno a la acción, pero es un hecho que los cuentos del primer Amparán reflejan la seguridad que iba a adquirir en el porvenir con libros como Cuatro crímenes norteños o Crónica para Hellen.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, haz un comentario
Por favor, pon tu nombre aquí